Arqueología en Valdemoro, la historia enterrada

Los restos revelan más de 4000 años de actividad en el municipio



Para realizar este viaje en el tiempo nos ayudaremos de la imprescindible aportación del arqueólogo y empresario Juan Sanguino Vázquez. Su estudio de arqueología está especializado en la realización de informes del patrimonio arqueológico para la ejecución de obras tanto públicas como privadas. Gracias a su actividad, Juan y su equipo han tenido la oportunidad de aproximarse al patrimonio arqueológico de Valdemoro, ciudad de la que, a pesar de tener un muy bajo porcentaje excavado, ya se conocen bastantes datos sobre la vida que aquí se desarrolló.

 Los yacimientos de Valdemoro se encuentran en la zona sureste del término municipal y comienzan a estudiarse con la intención de desarrollar el sector industrial perteneciente al polígono Valmor. Conscientes de la presencia de restos arqueológicos en la zona, como indicaba la cartografía, Juan Sanguino y su equipo realizaron en 2006-2007 una campaña de sondeos mecánicos en los que se detectaron tres zonas reseñables: la ermita de Santiago, la Calderona y una última próxima al campo de tiro.


Quince siglos de historia enterrada

 Por su orografía, Valdemoro se encuentra ubicado en una zona elevada respecto al yacimiento. Fruto de este desnivel, el municipio se ha caracterizado tradicionalmente por un conjunto de arroyos, en la actualidad calles, que atraviesan la localidad y confluyen en la zona baja, ocupada en su mayoría por el parque Bolitas del Airón.

 Esta llanura se encuentra divida por un conjunto de cerros que establecen dos zonas diferencias: la zona del arroyo de la Cañada y la zona de El Espartal. Ambas poseen restos abundantes de asentamientos asociados a un poblamiento prehistórico de época calcolítica. 2000 años antes de Cristo, la zona ya estaba habitada y el principal motivo era su importancia como vía de comunicación.

 El arroyo de la Cañada está asociado también como una vía de comunicación principal que ya en época de los romanos era denominada la vía veinticuatro del itinerario de Antonino. Centenares de años más tarde, la misma zona estaría ligada a la tradicional ruta real que cursaban ya en época de los Austrias para viajar desde Toledo a Madrid.

 Durante los 4000 años de vida en esta zona tan concreta de nuestro municipio se pueden identificar tres grandes épocas, en las que la actividad llegó, incluso, a ser mayor que la que hubiera en lo que hoy conocemos como núcleo urbano. Estas tres grandes épocas fueron el Calcolítico, la Época Romana y la Época Visigoda.


Época prehistórica 

La época calcolítica se remonta en torno al 2000 a. C., época en la que la cerámica posee una gran importancia. Es por todos conocidos el hallazgo del vaso campaniforme. Este periodo se caracteriza por dos estilos de vaso campaniforme: el marítimo —característico de la zona Atlántica— y el de interior de la meseta. De este último estilo es el vaso encontrado. También de este tiempo datan una necrópolis y numerosos yacimientos. En esta etapa, y hasta la llegada de los romanos, la ocupación se caracterizaba por una producción ganadera y agrícola que se nutría del arroyo.

 Durante la Edad de Bronce se continúa el hábitat y ya en la Edad de Hierro, los carpetanos —pueblos indígenas de la zona— no dejan importantes restos de actividad. Normalmente, estos pueblos se ubicaban en una zona alta, denominada ópida. Se trataba de una especie de cerro amurallado que tenía una función claramente defensiva. Por las características de la zona se cree que esta ópida fue la actual Titulcia.

Época romana

De los tres periodos establecidos quizás fue el de mayor auge de la zona. El principal motivo tiene que ver una vez más con su relevancia como zona de paso y vía de comunicación romana. Gracias a este hecho, en el área del arroyo de la Cañada se instauró un vicus romano.

 Un vicus es un conjunto agropecuario en el que viven varias familias y en torno al cual se aglutinan una serie de servicios: artesanos, ganaderos y agrícolas. Ubicado en lo que hoy conocemos como ermita de Santiago, el vicus de Valdemoro fue uno de los más importantes de la zona y mantuvo su hábitat hasta época muy tardía (siglo V o VI), ya en época visigoda. En la actualidad se trata del yacimiento más importante de esa época en la Comunidad de Madrid, debido a su excepcionalidad y estado de conservación.

 Una vez más, podemos pensar que su prolongación estuvo motivada por la importancia de nuestra vecina Titulcia, antiguo mansio. Los mansio eran áreas de servicio ubicadas a un día de viaje y donde los viajantes paraban a descansar. En torno a estas áreas se aglutinaban construcciones y viviendas de gente que vivía de atender a los viajeros.

 En este periodo se establece una economía productiva como tal en la que encontramos infraestructura asociada a la producción de vino y aceites, así como hornos para el ejercicio de la alfarería y cerámica. Es muy probable que los primeros olivares que existiesen en Valdemoro daten de este tiempo.


Época visigoda y musulmana

 Con la llegada de los visigodos a la península, la producción se continúa con menos organización. Con la caída del imperio romano la situación toma un matiz anárquico y esto se refleja en la producción cerámica; las piezas dejan de tener un patrón único y nos encontramos con restos cerámicos que denotan una producción artesanal descentralizada y de menor calidad.

 Con la llegada de los musulmanes, los hispanos-romanos que hasta entonces convivían con los visigodos abandonan la zona hacia el norte en busca de refugio en los castillos cristianos. Una vez finalizada la Reconquista y asentadas las fronteras, los reinos cristianos realizan una repoblación de las zonas.


Punto de encuentro entre pasado y futuro

 Una de las preguntas que asaltan a cualquier valdemoreño interesado en este tema es cuál va a ser el futuro de este conjunto de yacimientos. Como ya adelantábamos al comienzo del reportaje, la zona es objeto de una ampliación urbanística del polígono industrial Valmor. Es aquí donde surge una paradójica relación entre urbanismo y conservación.

 El urbanismo puede ser un factor que ponga en riesgo la integridad de los restos; la escueta información que se tiene sobre el terreno hace pensar que una parte de los restos arqueológicos del municipio ha desaparecido fruto de la actividad urbanística y de su proximidad con el núcleo urbano que hoy conocemos. Por el contrario, debemos reconocer que toda la información que tenemos acerca de estos yacimientos proviene de la excavación y estudio privados, que tienen como objetivo la valoración de la zona para una posterior construcción.

 Hasta el momento tan solo manejamos los datos que nos ha arrojado la excavación de entre un 5 % y 10 % de la superficie total, en cuanto al yacimiento de la ermita de Santiago se refiere. Una tasa tan baja de excavación nos hace pensar que aún queda mucho por descubrir de esta zona y que esa labor será tarea de futuros arqueólogos. Mientras que ese día llega, la ciudadanía, y en concreto las instituciones políticas y administrativas, deben ser los órganos que garanticen la integridad de los yacimientos y la conservación del paisaje con el fin de armonizar la actividad de nuestros días con el entorno en el que se han desarrollado más de catorce siglos de historia continuada.





Fuente:larevistadevaldemoro.com

Aulas y raíces educativas


1880 Clase de niñas junto a su maestra de la Fundación Conde de Lerena.

El documento más antiguo correspondiente a la enseñanza en el municipio de Valdemoro se remonta a 1572 y refiere el pago del salario del maestro de niños, Agustín Pérez, estipulado en 4.000 reales anuales, a cargo del presupuesto anual de gastos del concejo. Desde entonces se conservan diferentes testimonios escritos generados por la gestión municipal en materia educativa que permiten trazar un panorama bastante aproximado de cómo han ido evolucionando las escuelas, alumnado y personal docente en el municipio.

1900  Grupo de colegiales del colegio de huérfanos “Duque de Ahumada”

1900 Escuela de párvulas dirigida por las Hijas de la Caridad.

1900 Escuela de párvulas dirigida por las Hijas de la Caridad.

1920  Clase de bordado en el colegio Marqués de Vallejo.

 A la contabilidad de los colegios, inventarios de efectos, memorias anuales de maestros, programas de instrucción, programas de exámenes y registros de niños y niñas, entre otros tipos documentales, se ha ido añadiendo una interesante colección fotográfica que, sin duda alguna, enriquece la visión de la población escolar entre 1880 y los años 70 del pasado siglo XX.



1920  Clase de bordado en el colegio Marqués de Vallejo.

1920 Clase de mecanografía en el colegio Marqués de Vallejo.
1920 Huérfanas del Juncarejo.

Donaciones particulares y de instituciones como el colegio Marqués de Vallejo o el de guardias jóvenes Duque de Ahumada muestran las materias impartidas en sus dependencias.
Los alumnos y alumnas de las Hijas de la Caridad, en las primeras décadas del siglo XX, el grupo de adolescentes que recibían lecciones particulares del maestro don Primitivo, las clases de gimnasia en el antiguo Grupo Escolar Cristo de la Salud o los retratos de escolares que, año tras año, inmortalizaba un fotógrafo profesional con el fondo del mapa de España y el globo terráqueo son imágenes que evocan un pasado donde se fueron cimentando las raíces educativas que acompañarían durante toda la vida a los que en ellas aparecen.



Grupo de colegiales del curso académico 1925-1926.

1926 Grupo de escolares con su maestra Sor Leona.

1926 Grupo de escolares con su maestra Sor Leona.

1932  Grupo de alumnos del colegio de las Hijas de la Caridad.

Seguramente para todos ellos rememoran una época que quedó marcada de modo indeleble en sus vidas porque la escuela representaba uno de los primeros contactos con el mundo exterior, fuera del cobijo familiar. Quizá también muchos encontraran en ella a sus primeros amigos y algunos de ellos les habrán acompañado durante buena parte de su existencia posterior.

1954  Grupo de alumnas en una fiesta en el colegio San José de las Hijas de la Caridad

1955  Grupo de alumnos del colegio San Ignacio junto al maestro Primitivo Moreno.

1958  Grupo de alumnos del colegio San Ignacia junto al maestro Primitivo Moreno.

1959  Alumnos del Aulario Cristo de la Salud con su maestro

1959  Clase de gimnasia en el patio del antiguo Aulario Cristo de la Salud.

1959-60  Alumnos del Aulario Cristo de la Salud




Fuente: valdemoro.es
Música: “Nocturno” - Slavko Fumić

Fiestas Santísimo Cristo de la Salud




Se celebran el primer domingo de mayo después del Día de la Cruz.

1915 - Procesión del Cristo saliendo de la iglesia del convento.

Las primeras fiestas patronales que se celebran en la Villa de Valdemoro son en honor del Cristo de la Salud. Antiguos cronistas remontaron su origen al siglo XV pero hasta 1650 los miembros de la cofradía destinada a su culto no solicitaron al Arzobispado de Toledo el permiso correspondiente para dedicar una fiesta anual a su patrón.

 En 1721 se aprobaron las ordenanzas de la actual cofradía con el propósito de honrar la imagen del Santo Cristo el primer domingo de mayo después de la Cruz y asistir en enfermedades, entierros y todo tipo de necesidades a sus cofrades. La cofradía estaría compuesta por doce sacerdotes y un número indeterminado de seglares, que se iría incrementando a través del tiempo.


 Poco a poco se fueron añadiendo elementos profanos a los actos religiosos que habían protagonizado la festividad en sus comienzos. Junto a la procesión de la imagen que recorría las calles principales entre la Ermita y la Parroquia, sermones y misereres, iban apareciendo otros componentes paganos para engrandecer y popularizar la fiesta. De igual forma que en las cofradías del Rosario, San José y Sacramental, fueron los juegos de cañas y de toros los primeros en formar parte de los regocijos.


 En la segunda mitad del siglo XVIII nuevas diversiones serían incorporadas: los bailes. Danzas de gitanas, de negros y de cintas contribuyeron a dar colorido a los fastos y mermaron en cierta medida el presupuesto para organizarlos, pues solamente el alquiler de los trajes para los danzantes ocasionó un gasto de 20 reales en 1760.


 A finales del siglo XIX con la instalación de la luz eléctrica en Valdemoro, en 1898, la procesión y las actividades programadas en torno a ella adquirieron una mayor brillantez pues todo el recorrido fue iluminado por el nuevo invento de las lámparas incandescentes.


 Más tarde, en los primeros años del XX, serían las comedias las que se integraran entre las diversiones preparadas para el mes de mayo. Conocidas obras del momento como La casa de Quirós, de Carlos Arniches, El sexo débil, de Antonio Ramos, Lluvia de hijos, de Federico Reparaz y La real gana, de Ramos Martín, fueron representadas con gran éxito en el teatro municipal de la Calle Grande (actual Estrella de Elola) durante las fiestas del año 1916, a cargo de la famosa compañía teatral madrileña Delgado y Novillo.


 Pólvora, luminarias, enramadas y la intención de los vecinos de que su pueblo luciera radiante mediante el encalado de casas y arreglo de calles contribuyó en buena medida a que estos festejos valdemoreños se reconocieran más allá de la comarca a través del tiempo. En definitiva, son más de trescientos cincuenta años de una tradición que cada principios del mes mayo aglutina a la población valdemoreña en la conmemoración del Cristo de la Salud.










Fuente de texto: valdemoro.es





El día de San Marcos



Una de las fiestas más populares de Valdemoro es el día de San Marcos.
Ese día, los vecinos, siguiendo una tradición que se remonta a los primeros años del pasado siglo XX, salen a merendar al campo con familiares y amigos.

Las fotografías muestran momentos de celebración en distintos momentos y años.

En las últimas décadas, diversas actividades lúdicas organizadas por el Ayuntamiento, contribuyen a convertir el 25 de abril en una jornada especialmente festiva, siendo el centro principal de la celebración el parque de las Bolitas de Airón.

Grupo familiar merendando en el campo el día de San Marcos. - Años 30

La familia Figueras junto a sus amigos en el campo el día de San Marcos. - Años 30

Grupo de amigos en el campo celebrando el día de San Marcos. - Años 50

Merienda campestre el día de San Marcos. - Años 50

La familia Macías junto a unos amigos celebrando el día de San Marcos - Finales de la década de los años 50

Amigos merendando en el Prado celebrando el día de San Marcos. - Años 60

Familia merendando en el parque Bolitas del Airón el día de San Marcos - Años 60


Grupo familiar merendando en el campo el día de San Marcos - Años 60

La familia Macías junto a unos amigos celebrando el día de San Marcos. - Finales de la década de los años 50

Niños participando en una actividad programada con motivo de la celebración del día de San Marcos. -  1984


San Marcos 2004







Casa de la Inquisición




Situada en la Plaza de Autos, entre las calles Cervantes y Luis Planelles. Se trata de una casa de labor construida en el siglo XVII.


El nombre dado al edificio ha sido objeto de numerosas especulaciones que lo relacionan con la Santa Inquisición. Sin embargo, y a pesar de que no hay datos documentados sobre ello, todo parece indicar que el nombre podría venir de que uno de sus habitantes fuera familiar de alguien relacionado con el Santo Oficio.

 Se tiene constancia de que algunos familiares de inquisidores actuaron en Valdemoro como acusadores oficiales en la ciudad. La posibilidad de que uno de ellos habitara en esta Casa ha sido lo que ha alimentado las teorías sobre su nombre. Además, hay que tener en cuenta que en Valdemoro no llegó a haber un Tribunal inquisitorial debido a sus dimensiones y su población.


Su ubicación también ha contribuido a la leyenda de que el edificio fuera tomado por inquisidores al creer que la Plaza de Autos toma su nomenclatura por haberse llevado a cabo en ella autos de fe.

Lejos de esto, lo que sí se sabe es que en ese lugar se levantaba el Hospital del Corpus Christi, regentado por la Cofradía del Santo Sacramento. Durante la fiesta del Corpus, se celebraban en esta plaza comedias sagradas, también denominadas autos sacramentales, de ahí el nombre de Plaza de Autos.

 Ha llegado a ser asilo y casa de vecindad. Actualmente es una propiedad privada cuyo dueño le ha devuelto su estructura original: un espacio residencial que gira en torno a un patio central porticado.

Tiempo de Vendimia

El cultivo de las vides formaba uno de los puntales básicos en la economía valdemoreña.

En la Biblioteca Nacional de Madrid, en el Archivo Histórico de Protocolos de la misma ciudad, en el Archivo Diocesano de Toledo, en el Archivo Parroquial de Valdemoro y, por supuesto, en el Archivo Municipal se encuentran testimonios documentales de una actividad económica que proporcionó considerables beneficios a sus cosecheros y bodegueros.

En anuncios publicados en la prensa de la época que nos hablan de la subasta de grandes propiedades con magníficas bodegas, en registros fiscales como el Catastro de Ensenada o en inventarios de bienes pertenecientes a testamentarías de particulares o de cofradías se va desgranando la información que nos habla de un pasado glorioso para los caldos de Valdemoro.

 En la fotografía, un conjunto de trabajadores rodea al propietario, Gaspar Figueras Móstoles, quizá en un descanso de la dura jornada laboral de la vendimia. Los niños de la familia acompañan al patriarca.

Desde principios del siglo XVI ya hay noticias de la importancia del vino de Valdemoro, y los gobernantes, ante la calidad de los caldos, fueron aprobando ordenanzas destinadas a su protección.

Los vinos eran reconocidos en la comarca llegando incluso a oídos de Carlos I. El monarca, enterado de la excelencia de las cosechas, concedió un privilegio en 1552 destinado a impedir la entrada de “mosto ni uva” en favor a las buenas propiedades de las viñas y caldos de la villa.

Al mismo tiempo, muchos vecinos, en busca de la protección divina, se fueron agrupando en hermandades bajo santos protectores, que dejaron testimonios escritos desde principios del siglo XVI, indicando también la importancia del viñedo. Hay noticias de la existencia de una cofradía creada bajo la advocación de San Gregorio, antes de 1530, seguramente como consecuencia del renacer de la festividad en muchos lugares de la comunidad madrileña. Este santo concedía una especial protección a los campos pero, sobre todo, al cultivo de la vid, a la que bendecía ante las plagas del escarabajuelo y el cuquillo.


 Está documentado que desde la segunda mitad del XVI Valdemoro contaba con una normativa destinada a "conservar y guardar los panes, viñas y arboledas, prados y dehesas", revisadas con frecuencia para adecuarse a las nuevas necesidades. Sin embargo, será en pleno señorío de Lerma (1605) cuando se aprueben unas ordenanzas divididas en diecinueve capítulos orientadas a proteger sobremanera la agricultura en detrimento de la ganadería, dedicando especial atención a las plantaciones vinícolas.

 El estudio de los documentos contables demuestra cómo la viticultura se convirtió en una fuente de ingresos interesante para algunas fundaciones. Destaca, como uno de los ejemplos más representativos en atención a su antigüedad y envergadura, el caso de la familia Mena, fundadora del hospital de San Andrés, titular de un gran patrimonio territorial destinado al cultivo de viñedos, donado a la cofradía de San Sebastián junto a diversos utensilios relacionados con la elaboración del vino. Tinajas, cubas y vasijas de diferentes tamaños integraban el legado inicial para el establecimiento hospitalario y se convirtieron en elementos imprescindibles en la producción vinatera.

Según consta en los libros de acuerdos del concejo conservados en el Archivo Municipal. Por ejemplo, en los pertenecientes al siglo XVII hay solicitudes de licencia para la construcción de bodegas y lagares.



En el siglo XVIII el negocio vitivinícola seguía ocupando un lugar privilegiado en las economías de las cofradías. La cofradía de la Caridad, una de las primeras terratenientes locales, poseía buenas extensiones de suelo con plantaciones de cepas repartidas por el término municipal:

“[…] posee esta cofradía una viña a Valdesanchuela de caber cinco aranzadas la cual se ha labrado por este Administrador y en el año de setecientos cincuenta importo el fruto bajado por este año mil y sesenta y cuatro mrs.; en el de setecientos cincuenta y uno mil novecientos veinte y ocho; y en el tercero y ultimo de cincuenta y dos tres mil y veinte y seis mrs. […]”.

Durante varios siglos, uno de los rasgos identitarios de Valdemoro fue su producción vinícola. Mencionada por autores como el renacentista Francisco de Rojas Zorrilla, el barroco Quevedo, Galdós, de nuestro siglo XIX, o uno de nuestros escritores más actuales, Arturo Pérez Reverte en las hazañas de El Capitán Alatriste, el cultivo de la vid gozó, en sus inicios, de un gran prestigio y reconocimiento.

A la segunda mitad del siglo XIX también pertenece la figura de Javier de Lara, cosechero y bodeguero valdemoreño que presentó sus productos en la Exposición General de Agricultura celebrada en Madrid en 1857. Lara concurría con vinos, aguardientes y vinagres, obteniendo medalla de plata por un aguardiente seco y menciones honoríficas por los vinos. Pero lo más destacado es la medalla de plata que recibió por la presentación de una nueva variedad de uva, excelente para verdeo y cuelga. Los encargados de redactar la memoria de aquel encuentro decían que la uva de Valdemoro era “toda o casi toda de la denominada Jaén”, que producía un vino fuerte y seco, más propio para los trabajadores que para las clases elevadas, y se exportaba, fundamentalmente, a Castilla.

 En la mayoría de las viviendas existían cuevas donde se almacenaba y conservaba el vino y han formado parte indisoluble de la arquitectura popular hasta el último cuarto del siglo XX.

En los documentos se conservan descripciones de bodegas importantes como la de la casa de Gaviria, ubicada en la calle Alarcón o la de la Hacienda Cánovas del Castillo, en la calle Cristo de la Salud.



En el inventario realizado con motivo de la tasación de bienes de la casa de los Marqueses de Gaviria realizada en 1844, aparecen descritas varias dependencias relacionadas con la viticultura: cuevas, lagares, cocederos y almacenes de aguardiente. Este último equipado con una alquitara con culebrina y trujal. En ellos se almacenaban un total de 223 tinajas de varios tamaños, con una capacidad para 14 138 arrobas o, lo que es lo mismo, 228 093 litros. Los registros fiscales de bienes inmuebles pertenecientes a 1853 conservados en el Archivo Municipal indican que los marqueses de Gaviria tenían plantadas más de 125 000 cepas en diferentes fincas del término municipal. De ellas 83 000 eran blancas y el resto tintas.

También ocupa un lugar importante la hacienda de la familia Cánovas del Castillo, aunque dedicada, principalmente, al cereal y al olivo, cultivó varias de sus fincas con plantación de cepas. En la escritura de venta de la finca a El Corte Inglés, suscrita en 1973, la casa de la calle Cristo de la Salud, aún conservaba la bodega con 24 tinajas grandes y la cueva con 13 tinajas pequeñas y un lagar con prensa, en desuso desde hacía varios años.

La explotación del vino en el municipio se perdió como consecuencia de las epidemias de filoxera que atacaron a la mayoría de las viñas de España. No obstante, algunos cosecheros volvieron a replantar sus tierras con nuevas cepas y siguieron cultivando las vides, aunque únicamente para el abastecimiento familiar. La última viña que se ha labrado en Valdemoro pertenecía a la familia Figueras y estaba situada en actual calle Libertad. La última vendimia llevada a cabo en dicha finca fue en el año 2000.





Fuentes:
  • Archivo Municipal
  • La revista de valdemoro.com 
Música: "La Jota de la vendimia"- El Templete.


Afluencia de Celebridades



En 1891, el médico y cronista Anastasio de la Calle -al que debemos en Valdemoro ese magnífico cartel pseudopalindrómico «Calle doctor La Calle»- intentaba explicar las razones de la afluencia de tantas celebridades en el verano:


«…la situación de esta villa, su aire libre, sus buenos alimentos, urbanización y carácter del vecindario, así como sus aguas, hacen su estancia altamente recomendable.»



A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, Valdemoro, con unos 3000 habitantes, gozaba de una animada vida cultural. En verano, la población aumentaba notablemente gracias a la llegada de una colonia veraniega anual que estaba compuesta por miembros de la burguesía y la aristocracia madrileñas.
El 11 de noviembre de 1914, el periódico La Región publicaba un artículo en el que decía:

  «Valdemoro, por su proximidad a la capital de España, por los Colegios de la Guardia Civil… porque fue y es albergador de hombres ilustres, por el nombre y los títulos de sus primeros contribuyentes, tanto en lo territorial como en lo urbano, por las personalidades que le visitan constantemente, no es un poblacho. Es un pueblo muy importante, digno de cabeza de más relieve, de más ilustración y mayor posición social.» 

En esos años, se crearon tertulias, encuentros y veladas, eran numerosas las representaciones teatrales y prosperaron las «sociedades de recreo». En 1892 se fundó el casino El Círculo de la Amistad pero enseguida coincidieron muchos más como El Círculo del Progreso, La Flor, El Recreo y El Círculo de la Unión.

 De entre las personalidades que vivían o veraneaban en Valdemoro en esos años, encontramos al periodista León Carbonero y Sol, al escritor Manuel Carbonero y Sol y Merás, autor de un libro con un título que promete por lo exhaustivo: Fin funesto de los perseguidores y enemigos de la iglesia desde Herodes el Grande hasta nuestros días (1875); se encuentra en esta lista de personalidades, también, Luis Cortés Suaña, taquígrafo, autor dramático, periodista y director del diario de sesiones del Senado; el prolífico libretista de zarzuelas Manuel Fernández de la Puente; el escritor de obras de tema administrativo Ramón López Borreguero, autor de otro título de vigente actualidad: Ligera indicación sobre la ruina de la Hacienda pública y su remedio (1873). También el arquitecto y filántropo Mariano de Lázaro, el ministro plenipotenciario Fernando Osorio y Elola, marido de Estrella de Elola y Folgueira.

  Manuel Bretón de los Herreros también vivió en la localidad. Dramaturgo, poeta y periodista, nació en Quel, La Rioja, en 1796. Fue también miembro de la Real Academia de la Lengua Española -además de secretario perpetuo- bibliotecario de la Biblioteca Nacional y director de la Imprenta Nacional. Se alistó voluntario en la guerra de la Independencia y fue soldado durante diez años. Se cree que su carrera militar no prosperó debido a sus ideas liberales – llegó a luchar contra los Cien Mil Hijos de San Luis-. En su comedia en un acto Medidas extraordinarias o Los parientes de mi mujer, uno de los personajes de Bretón pide permiso para sentarse porque ha llegado caminando a Madrid desde Valdemoro. Murió en 1873.


Antonio Cánovas del Castillo compró una casa de verano en Valdemoro, posiblemente porque su hermano Emilio (diputado a Cortes, consejero de Estado y senador vitalicio) fijó su residencia en Valdemoro desde 1873 hasta 1910. Fue político, historiador, presidente del Consejo de Ministros y fue asesinado en Mondragón por el anarquista italiano Michele Angiolillo. Su nombre sirvió para acuñar una corriente política, el canovismo, que tenía por fondo la implantación de una democracia no revolucionaria y tradicional al modelo británico. Estaba sustentada en la monarquía y creía en el bipartidismo y la alternancia del poder.




También vivió en Valdemoro su sobrino, el hijo de su hermano Emilio, Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo (1864-1933), conocido como Dalton Kaulak o simplemente Kaulak. Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo fue un famoso fotógrafo. Sus retratos recogieron imágenes de los más importantes políticos de su época como Antonio Maura, escritores como José de Echegaray, compañeros de la Real Sociedad Fotográfica como Guirao Girada, toreros como Manuel Granero y, por supuesto, la familia real.


  Luis Mariano de Larra y Wetoret escribía así en una carta a un amigo en 1870, cuando decidió venir a vivir a Valdemoro:

  «Hastiado de la corte política y literaria de España hace mucho tiempo, decidí levantar mi casa y venir a sentar mis reales y a emplearlos en este rincón pacífico que no envidia por la paz y el silencio a los profundos desiertos del África. Con todo el capital que en 17 años de trabajo incesante logré reunir, lo he empleado en la para mí deliciosa posesión que he construido y la única renta que me proporciona es la tranquilidad con que vivo, la libertad con que trabajo, la quietud egoísta en que vegeto y la salud y alegría de mis hijos.»



Lo único que le pesaban era «recorrer las cuatro leguas que de Madrid me separan». Luis Mariano de Larra y Wetoret (1830-1901) fue, que se sepa, el primogénito del famoso Mariano José de Larra y era rara la ocasión en la que no se le presentaba como tal, como hijo del gran Fígaro – incluso el día de su boda-. Tiene su aquel el ser siempre el hijo de alguien. Consiguió gran éxito literario como libretista de zarzuelas, siendo el autor de una de las mejores obras maestras del género (El barberillo de Lavapiés). Fue, además, periodista, dramaturgo y novelista.


 Sus dos hijos, Luis de Larra y Ossorio y Mariano de Larra y Ossorio, siguieron la tradición familiar de la escritura y también continuaron su vinculación con Valdemoro. Luis de Larra escribió casi un centenar de obras. A pesar de sus constantes giras, siempre encontraba muchos momentos para disfrutar de sus amigos y parientes en su finca familiar de Valdemoro. Mariano de Larra, además de escritor de obras de teatro, fue un actor muy admirado en España y en Cuba, donde recibió el encargo de dirigir el prestigioso teatro Albisú. Murió en Valdemoro en 1926.


  Pedro Antonio de Alarcón, cuyo nombre completo era Pedro Antonio Joaquín Melitón de Alarcón y Ariza- nació en Guadix, Granada, en 1833 y murió en 1891 en Valdemoro, donde vivió una buena parte de su vida. Además de una rica vida periodística y literaria, el autor de El sombrero de tres picos, fue consejero de Estado con Alfonso XII en 1875. Fue también diputado, senador y embajador en Noruega y en Suecia. Además fue académico de la Real Academia de la Lengua Española desde 1877.




Música: Narciso Yepes - Fernando Sor 24 Etudes