Asociación Coral Villa de Valdemoro


Más de tres décadas poniendo voz a nuestro municipio.



En 1986, nace el grupo coral de Valdemoro gracias a la iniciativa de Pilar Soler Núñez. Esta abulense de nacimiento, pero valdemoreña de adopción, ya había formado parte de la Coral de Ávila junto a su marido Rafael Martín, Ambos se decidieron a dar el paso de conformar la primera coral de nuestro municipio.

El motivo principal, es que, en el por entonces pueblo donde apenas existían calles asfaltadas, no había ninguna propuesta musical de estas características. Gracias al apoyo del consistorio, a través de la figura de Miguel Sarmiento, se pudo materializar este deseo de aunar un grupo de personas que dieran voz musical a Valdemoro.

Ocho fueron las voces fundadoras que, bajo el amparo de la Universidad Popular, comenzaron la andadura de esta agrupación. La inexistente oferta musical local hizo que no se conociera a ningún vecino con amplios conocimientos y capacidades para la dirección, por ello se optó por elegir a Francisco Grau —director de la Banda de Música del Colegio de Guardias Jóvenes Duque de Ahumada—.

La entonces denominada Coral Polifónica de Valdemoro da sus primeros pasos en el municipio participando en varios conciertos con un repertorio muy marcado por las melodías populares. En el año 1990 toma el relevo en la dirección el profesor Perfecto Varela, con quien la coral cambia ligeramente de denominación: Coro Polifónico de Valdemoro. Perfecto Varela amplió tanto la actividad cultural de la agrupación como su repertorio.


Tres años más tarde, y coincidiendo con la llegada de Alfredo Anduix Rodríguez, el grupo alcanza un punto de inflexión en su carrera al pasar a formar parte de la Asociación de Antiguos Alumnos de la Guardia Civil. De esta manera se consolidaron como el grupo coral de la asociación, lo que les otorgó una dimensión mayor en sus actuaciones. La agrupación dio el salto al nivel nacional, y tuvo la oportunidad de ofrecer conciertos en sitios tan emblemáticos como la Catedral de Santiago de Compostela o la Catedral de la Almudena.

Tanto en sus primeras apariciones en Valdemoro como con su posterior salto al panorama nacional, la Coral fue aumentando sus filas. Los primeros coros no solo sirvieron para poner en marcha un grupo de voces, sino que también sirvió como reclamo para que otras personas fueran poco a poco animándose a participar. Pronto alcanzaron un número de miembros estable, que hasta hoy, se mantiene próximo a cuarenta.

La última etapa de la agrupación hasta llegar a nuestros días la han recorrido de manera independiente, conformándose como una asociación sin ánimo de lucro que se autogestiona. La colaboración con el Ayuntamiento se mantiene a través de la cesión de un espacio para los ensayos. A cambio, la coral está siempre a disposición del consistorio para colaborar en aquellos eventos en los que se le precise.

Antonio Llera, Jesús Quintanar y Gema Hidalgo fueron los directores que se sucedieron en la coral hasta llegar a Emilio José Esteve, actual director, quien ostenta el cargo desde octubre del año 2013.

Concierto Museo del Prado 2014

Hablamos de un coro mixto con integrantes que oscilan desde los dieciocho hasta más de sesenta años en el caso de los más veteranos. Realizan interpretaciones a cuatro voces distribuidas entre sopranos, contraltos, tenores y bajos.

Entre los miembros existe un claro predominio femenino con veintiuna mujeres frente a trece hombres. La agrupación también tiene la suerte de contar con voces de otros municipios vecinos como Seseña, Ciempozuelos o Pinto.

Bajo la dirección de Emilio se ha querido ofrecer un cambio de paradigma, abriendo el espectro del repertorio para abarcar desde los periodos más tempranos, como el Renacimiento, hasta la música más actual del siglo XXI. La coral trabaja repertorios que van desde Tomás Luis de Victoria hasta los más novedosos musicales de Broadway, pasando por grandes grupos de la música pop y rock.

Emilio, ilicitano de nacimiento y madrileño de adopción, llegó a la capital para completar sus estudios de música. En Madrid, Londres y Múnich, cursó los estudios de dirección, lo que le ha llevado desde 2010 a dirigir a diferentes agrupaciones hasta su llegada a Valdemoro.
Una de la las labores destacables es la adaptación del repertorio dependiendo del motivo o temática de su actuación. En el caso de la Feria Barroca, por ejemplo, cada año elaboran uno de corte exclusivo de dicha época.

Parroquia Ntra.Sra. de la Asunción - Feria Barroca

A finales del mes de agosto se realizan los primeros ensayos y la puesta a punto después del parón veraniego, para hacer frente a las primeras apariciones de cada año. Estas suelen ser la misa del Cristo de la Salud y la misa a la Virgen de Nuestra Señora del Rosario.

Desde hace aproximadamente un año, la Coral de Valdemoro mantiene una relación muy estrecha con la Coral de Pinto gracias a Emilio, quien está al frente de ambas agrupaciones. Con la localidad vecina han colaborado en proyectos como el Réquiem de Gabriel Fauré, interpretado en 2016, o el Primer Encuentro Coral entre Pinto y Valdemoro, que se celebró en 2017.


Orgullosos de Valdemoro, han actuado en su nombre en Roma, París, Lisboa, Munich, Rumanía y Praga. Destacan el encuentro coral europeo celebrado en Múnich y el viaje a Rumanía. Gracias al padre Dorin Sas, pater de la comunidad ortodoxa de Valdemoro, tuvieron la oportunidad de viajar al país balcánico, donde fueron recibidos con gran hospitalidad y realizaron numerosas actuaciones.



Fuente: larevistadevaldemoro.com

Edificio y Torre del Reloj



Formalizado con un proyecto previo, todo el perímetro de la plaza se encontraba originalmen­te porticado con pies derechos, zapatas y bases pétreas.

La construcción sigue las recomendaciones realizadas por la villa en 1606 a los vecinos de la plaza para que construyeran los corredores con pilares con la misma proporción, que fueron puntualizadas por Francisco de Mora, arquitecto del rey Felipe III, que dio unas indicaciones tres años después sobre la "forma y orden" con la que se debían realizar.

La torre y el edificio del reloj son los auténticos símbolos de la plaza de la Constitución de Valdemoro. Si bien ambos componen un conjunto arquitectónico único y aparentemente indisoluble, sus orígenes son dispares y entre la construcción de una y otro transcurrieron seis décadas.

Primero, en 1613, fue el edificio. Propiedad de Antonio Correa "El Indiano", su destino era convertirlo en pósito, una institución benéfica en la que se almacenaba grano para cubrir las necesidades de los labradores pobres.

Después, en 1672, fue la torre. El objetivo era que albergara el reloj público de la villa, hasta entonces ubicado en el campanario de la iglesia parroquial. Desde esa remota fecha, ambos forman el conjunto más singular de la plaza de la Constitución, amén de ser uno de los perfiles más emblemáticos de Valdemoro.

Imágen años 40

"Instituto de carácter municipal y de muy antiguo origen, destinado a mantener acopio de granos, principalmente de trigo, y prestarlos en condiciones módicas a los labra­dores y vecinos durante los meses de menos abundancia. Casa en que se guarda el grano de dicho instituto". Así define el Diccionario de la Real Academia de la Lengua el pósito, tam­bién denominado cambra, alhóndiga o alholí, una ins­titución arraigada en Valdemoro desde el siglo XVI y establecida desde siempre en las llamadas casas del pósito, actual edificio del reloj.

Sí bien no se tiene noticia del momento exacto en que se creó el de la villa, la proliferación de este tipo de organismos benéficos en el reino de Toledo durante el siglo XVI, impulsados por el Cardenal Cisneros, hace pensar que date de esa centuria.

No obstante, el primer documento en que se hace refe­rencia a la alhóndiga valdemoreña, el testamento de Antonio Correa "El Indiano", conservado en el Archivo Parroquial de Valdemoro, habla de su fundación por parte de éste en el año 1613.

El Indiano pertenecía a una de las familias de mayor solera del municipio. Era jesuíta y, en una fecha indeterminada, se instaló en la peruana Ciudad de los Reyes (Lima) donde en 1605 se convirtió en el más grande benefactor del noviciado limeño. De este vínculo con el país andino le viene el sobrenombre con el que ha pasado a la posteridad. En Valdemoro, donde fue enterrado en el presbiterio de la iglesia, fundó una capi­lla bajo la advocación de la Santísima Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, además del pósito.

En 1672, casi sesenta años después de que estas casas de la plaza se destinaran a depositar el trigo, se decidió la construcción de una torre sobre las mismas con el fin de dotar a la villa de un reloj público que sustituyera al que hasta unos años antes anunciaba el discurso de las horas desde la torre de la iglesia parroquial, junto al campanario. Las obras de remodelación que se llevaron a cabo en el templo a medíados del siglo XVII, con las que se pretendía despejar la zona de la capilla mayor para que ésta emergiera del conjunto monumental, dribaron al derribo de dicha torre y la desaparición de un instrumento esencial para el desarrollo de las tareas cotidianas: el reloj público.

Los lugareños del Valdemoro del XVII no podían prescindir de un elemento que les marcara el ritmo del tiempo era tan obvio que las autoridades concejiles no tardaron en buscar una solución inmediata. Así fue como el 13 de mayo de 1672 y según queda recogido en el Libro de Acuerdos 1669-1678 (AMV), acordaron la cons­trucción de una nueva torre: 


Acuerdo sobre la construcción de la torre del reloj. 13 de mayo de 1672. Libro de acuerdos 1669-1678 (AMV)

"en las Cassas de los Pósitos de esta villa en la esquina de hacia la parte de ella linde de Cassas de Dª María Cabello y hecha se ponga en ellas dicho relox y así aparecido también seaga. [...] 
Y nombraron por comisario de dicha obra a Alonso Cabello de Mena, rexidor de esta villa"

Dicho y hecho. El mismo documento refleja como 

"este dicho año de mili seiscientos y setenta y dos se hizo dicha torre en dicha parte y lugar y o puesta en ella dicho relox acabada dicha obra en dicha forma"

La torre, de fábrica sencilla, estaba rematada por un tejado de pizarra y los cuatro balcones instalados sobre cada una de las cuatro esferas constituían el único ele­mento ornamental.

Del mantenimiento de la maquinaria se encargó a un vecino de la villa, Baltasar Tudón que, según parece, acumulaba una vasta experiencia en semejantes menes­teres. Un saber que le hizo merecedor de un salario de "veinte ducados, con cada año pagado por los tercios".

Claro que ni siquiera los cuidados de Tudón pudie­ron evitar las averías del artilugio. La primera de que se tiene constancia, según el Libro de Acuerdos 1692­-1695 (AMV), se produjo poco más de dos décadas des­pués de su instalación, en 1694. En su puesta a punto no se escatimaron esfuerzos y el Gobierno municipal solicitó presupuestos a los más afamados relojeros de la corte para, finalmente, encargar a Manuel y Villenos, residente en El Escorial y, a la sazón, maes­tro relojero de Su Majestad, que fabricara uno nuevo "del mismo tamaño y grandor que es el del Real Sitio de Aranjuez".

Pero los delirios de grandeza no casan bien con la penuria económica y visto que las arcas municipales no estaban precisamente en su mejor momento, se acordó la financiación de la inversión "entre todos los vecinos, con­forme a sus caudales".

Si bien las vicisitudes de una y otras no siempre han corrido parejas, el reloj público de la plaza ha estado ahí marcando minuto a minuto el transcurso de los años y las cosechas, en tanto que la institución que fundara "El Indiano" levantaba acta notarial de cómo las épocas de mayor productividad y las de vacas flacas se alternaban periódicamente, dando sentido a su existencia.

A finales del siglo XVIII y con la aparición de un nuevo concepto económico, esta institución fue per­diendo la vocación caritativa con que inició su trayec­toria de la mano de Correa, en beneficio de objetivos claramente lucrativos. Es especialmente revelador, en este sentido, que el reglamento de 1792 regulador de las actividades de los graneros públicos determina que las devoluciones de los créditos de sementera podían efectuarse en metálico, en vez de únicamente en espe­cie como venía haciéndose desde tiempo inmemorial.


El Archivo Municipal de Valdemoro cuenta con un expe­diente de contratación, que data de 1847, para la rea­lización de obras de restauración de un edificio que según el peritaje que elaboraron el alarife o maestro de obras Nicolás Maeso y el carpintero Gregorio Maeso, se encontraba en estado ruinoso.

La propuesta de los expertos pasaba por levantar la armadura del último cuerpo "y volver a colocarla con made­ra y pizarra nueva, cubriendo las líneas con planchas de plomo, for­jando los aleros de ladrillos en la misma forma que están, rebajando el ciprez (sic.) como unas tres varas, guarneciendo y revocando el cuadro que ocupa el segundo cuerpo, debiendo enlucirse por hallarse escamado con otros reparos de bastante consideración cuyo total coste [...] ascenderá a 9.000 reales". 

Pero el maestro de obras José Villar y López presen­tó un presupuesto de 7.168 reales y, claro, se encargó de dirigir la rehabilitación del inmueble.

Todavía en 1891, cuando Román Baíllo escribe su obra recopilatoria, Valdemoro, afirma que el pósito "cuen­ta actualmente de existencias 271,50 hectolitros de trigo, 2.000 pesetas en metálico y algunos créditos, que entre todo puede calcu­larse en 4.000 pesetas".

El 20 de octubre de 1912 el Pleno del Ayuntamiento acuerda la adquisición de una nueva maquinaria con cuatro esferas, una para cada lado de la torre. En la misma sesión se decide también el cambio de ubicación del reloj, un metro y medio por encima del lugar que ocupaba el antiguo, lo que supo­nía de hecho la desaparición de los balcones existentes sobre las esferas.

El nuevo reloj, de la firma conquense Redondo Bonilla, es, según el contrato de venta fechado el 10 de noviembre de 1912 que se conserva en el Archivo Municipal de Valdemoro, una máquina "con las ruedas imperiales de 33 centímetros de diámetro tocando horas, medias y repetición, de 30 horas de cuerda. Provista de cuerdas metálicas, polea, martillo, dos galetes y pesas, además de dos esferas de cristal para ser iluminadas con 1,20 metros de diámetro, dos juegos de ruedas de minutería, un cañón largo con minuteros y horarios y un juego de ruedas para transmisión". Su precio: 1.984 pesetas.

Maquinaria del reloj de Redondo Bonilla que se instaló en 1912.

Fue en 1909, cuando el edificio de alquiler en el que se impar­tían clases de la escuela pública, en la calle Colegio nº 4, empezó a resultar insuficiente e inadecuado para la enseñanza; entonces las autoridades municipales consi­deraron que las casas del granero público, ya en desuso, podrían destinarse a este cometido y se tasó el inmue­ble en 5.500 pesetas.

Niños y niñas esperando la entrada a las aulas.

La finca salió a subasta y el Ayuntamiento pujó por 5.505 pesetas, importe por el que se formalizó la escri­tura. Se estableció que serían cinco plazos a razón de 1.101 pesetas, el primero de ellos abonado el 28 de mayo de 1920 y los siguientes en los cuatro años suce­sivos, con un interés del 4% en cada anualidad. Como garantía del abono de los plazos se estableció una hipo­teca sobre la misma finca.

Las negociaciones de la compraventa fueron arduas aunque finalmente se efectuó la transacción; sin embargo no existe documento alguno que acre­dite la posterior utilización del edificio como escue­la pública.

La escritura a favor del Ayuntamiento se firmó el 23 de junio de 1920 (AMV). En ella se describe la finca como 
"una casa pósito que se destinaba a panera situa­da en esta villa de Valdemoro y su Plaza de la Constitución, señalada en la actualidad con el número cinco y en lo antiguo con el número dos, de piso bajo y principal sobre la que existe la Torre del Reloj, no consta su extensión superficial y linda por su derecha entrando, o sea, al Sur, con otra de Don fosé Navarro López; por la izquierda, o Norte, y por la espalda o Este, con casa y corrales pertenecientes a Don Celestino Pariente Duro, hoy de Don Gaspar Figueras Móstoles; teniendo su entrada y fachada al Poniente, o sea, el frente, por el soportal de la referida Plaza de la Constitución".

Panorámica de la Plaza de la Constitución.

La casa del pósito, que durante tres siglos había teni­do como única utilidad la de albergar el granero públi­co y dar soporte a la torre del reloj, se convirtió desde comienzos del siglo XX en un local de usos múltiples. En este singular edificio se encerraban los toros en la década de los treinta, cuando las corridas de las fiestas se celebraban en la plaza de la Constitución. El resto del año funcionaba como almacén municipal.


La conversión de la plaza en un espacio ajardinado a mediados de la pasada centuria acabó con ese recinto como coso y los "toriles del reloj" fueron reconverti­dos a mediados de los setenta en sede de dos entida­des: la Hermandad Sindical de Agricultores y Ganaderos o Cámara Agraria se instaló en el primer piso, mientras que en la planta baja se estableció la Oficina Municipal de Aguas. El local con que contaba ésta última incluía un archivo, varios almacenes, una sala polivalente y la oficina propiamente dicha.


La primera planta quedó más compartímentada e incluía una sala de reuniones y espacios diferenciados para la Hermandad de Labradores, la Delegación Sindical y el Sindicato Local Mixto, cada uno de los cuales contaba con despachos y archivo propio.

A caballo entre los setenta y los ochenta del siglo pasado, el edificio del reloj hizo las veces de dispen­sario médico durante las obras de reparación del ambulatorio, fue sede del Consejo de la Juventud y espacio de reunión de las asociaciones juveniles del municipio. Después tuvo una utilidad educativa ya que el Ayuntamiento cedió estas instalaciones para que se impartieran en ellas clases particulares y cursos de formación para el empleo del INEM. También estu­vieron allí los Servicios Sociales, los grupos políticos municipales, el Patronato de Deportes y, por último, la emisora municipal de radio.

Recibidor principal del edificio, en la actualidad.

 Los sucesivos cambios de uso supusieron un continuo deterioro y la pérdida de la distribución interior, por lo que se encargó el proyecto de reforma a Adolfo Almagro y José Ramón Tojo (1974) respetando al máximo la estructura del edi­ficio. Se remodeló de nuevo a principios de los noventa del siglo pasado para acoger dependencias municipales como la emisora de radio municipal, Protección Civil, y desde el 30 de mayo de 2000 hasta el 13 de junio de 2006 fue sede de la Policía Local.

En 1997 y para solventar los problemas de man­tenimiento de la maquinaria del reloj de 1912, se sustituyó por una digital equipada con un carillón electrónico.

En los últi­mos años del siglo pasado, la decrepitud del edificio había empezado a manifestarse de forma alarmante, una situación que el Ayuntamiento decidió subsanar en el año 2000 con una rehabilitación integral en la que se invirtieron 25 millones de pesetas. En la res­tauración se privilegió la conservación de los elementos arquitectónicos originales -vigas de madera, muros de manipostería y aparejo toledano, lámparas de hierro forjado...



La obra concluyó a finales de 2002 con la reforma de las cubiertas de teja del edificio y las de pizarra de la torre, además del revoco de los muros de esta última, en la que se saneó la estructura de madera que estaba amenazada por las termitas. Este singular conjunto arquitectónico se ha remodelado para la actividad municipal sin restarle ni un ápice del encanto que le otorgan los más de tres siglos de historia que soportan sus estructuras, mien­tras que el reloj sigue marcando el ritmo de la vida cotidiana de Valdemoro.

Vista aérea de la plaza dela constitución - 2004.







La Raya Medieval de Valdemoro



La linde de Cabeza de Serranos a Carrera de Mata Mediana,  tramo de la Raya medieval acordada en 1239, entre Tierra de Segovia y Tierra de Madrid.


Existió una aldea de repoblación madrileña, llamada Pozuela, que junto a la aldea de Palomero, se ubicaba en el extremo occidental del Sexmo de Villaverde, de la Tierra de Madrid.

En los mapas actuales aún viene señalado un “Raso de Pozuela”, justo donde el arroyo Guatén es vadeado por la Cañada Real Galiana, claro indicio de la ubicación de este despoblado.

A fines del siglo XIX aún citaban la existencia de un trozo de la torre de su iglesia.

Su nombre pudo derivar de Poblazuela-Poblachuela, pero también, de Poza-Hoya en cauce o vega de río.

Valdemoro hoy

Igualmente, encontramos en los mapas modernos, la anotación “Raya de Valdemoro”, inmediata a la linde actual, fórmula medieval adoptada para denominar la línea divisoria.

Modificar o invadir la Raya, sería considerado algo muy grave y reprobable; y aún en nuestros días, es de uso común la expresión “pasarse de la Raya”, cuando se quiere reprender la infracción de una norma o costumbre.

Descendiendo a la vega desde la Cabeça de Serranos, y hasta el Mojón 18, donde se produce una inflexión hacia oriente, la linde consiste prácticamente en una alineación recta, que la nueva carretera M-423, ha sesgado en dos mitades, comunicadas por un par de Pasos Inferiores más alguna alcantarilla tubular también practicable. Atravesando campos de olivos y cereales, siguiendo el camino de servicio de la citada vía moderna y algún que otro resto de caminería histórica, podemos hoy en día darnos el gusto de hacer a pie todo el trazado.

En plena Vega, donde se alza el Mojón 27 moderno, tallado en granito, debió enclavarse el Mojón 14 medieval; lugar donde confluyen, el cauce de un arroyo, la linde actual y el llamado Sendero del Olmo.

Siguiendo la linde, cuesta arriba, llegamos a un pequeño alcor, donde se enclavan próximos entre sí los mojones 28 y 29 modernos.

Cabeza de Serranos, hoy Cerro Batallones

Desde esta altura, mirando al sur, reencontramos la referencia visual del Mojón 13, sobre la Cabeza de Serranos (Cerro Batallones).

Luego, descendiendo unos pasos hacia el norte, encontramos al pie de este cerrillo la Cannada-Cañada, cordel histórico de la trashumancia.

Aquí se ubicó el Mojón 15, “cabo la Cannada”; pero en un punto al otro lado de la nueva carretera M-423, al que debe accederse cruzando por el paso inferior alternativo construido con la nueva pista, dando continuidad a la vía pecuaria.

Vamos encontrando alguna alineación y amontonamiento de piedras sobre la linde, distinta de los clásicos majanos o montoneras de agricultor, que creemos identificar como sencillos rastros de una ancestral línea divisoria, si bien, aún no hemos podido ver cumplido el viejo sueño de dar con algún mojón medieval original.

Ya al otro lado de la carretera, y en dirección norte, podemos seguir la linde por el camino de servicio construido, topando en primer lugar con un cruce de caminos del llamado Camino del Espinillo o de la Culebra. Un mojón moderno de granito numerado M-34 señala el punto.

Confluencia Lindes de Pinto Torrejón y Valdemoro

Según avanzamos, topamos enseguida con un segundo camino, de Torrejón de Velasco, donde se enclava simultáneamente la línea divisoria de los tres términos aquí confluyentes, y debió ubicarse el Mojón 16, “cerca la carrera que va de Pozuela a Gozques e a Sant Steuan, e entrel otro que está cerca la cabeça Espartosa”, nombre que recibió esta vieja senda en aquel tiempo.

Gozques fue despoblado segoviano próximo al caserón del Real Sitio de Gózquez, existente en la actualidad. San Esteban o Santisteban, despoblado también segoviano, se ubicó próximo al caserío llamado en la actualidad Gózquez de Abajo, o Casa de Abajo hasta finales del siglo XIX, dentro del Real Sitio. Ambas aldeas se disgregaron en beneficio de otras aldeas más boyantes que finalmente darían lugar a los municipios que conocemos hoy.

Travertino junto a emplazamiento del Mojón 16

Un bloque amorfo de roca, llamada travertino, trasladado desde algún lugar ignoto hasta aquí, parece amojonar el lugar.

Un paso inferior permite, poco más allá, cruzar la carretera hacia el área de aparcamiento del nuevo hospital.

Vemos como todos los caminos encontrados, trazados de modo radial, convergen en el casco histórico de Valdemoro, germen originario de esta población, en forma de almendra como la gran mayoría de los poblados de repoblación en páramo, que solo una leve valla o cerca envolvía, más con carácter fiscal que defensivo.

Así también sucede con el Camino del Postiguillo, el del Arenalejo, el de las Pilillas y el Camino Viejo de Pinto, que según vamos avanzando nos van saliendo al paso.

Mojones modernos y Cabeza de Serranos al fondo

Llegamos al lugar que presuponemos ubicó el Mojón 17, “cerca la cabeza Espartosa”.

Existe actualmente, así denominada, una Cabeza Espartosa (altura de 626 m), alcor distante de la linde unos tres kilómetros, hacia poniente.

Pero la cita no fue expresamente dirigida a ésta.

Este fitónimo, haciendo alusión al abundante esparto que crece por estos campos, dio lugar a que un número indeterminado de alcores que forman el paraje, recibieran en conjunto tal apelativo.

La alineación de la linde moderna sigue dándonos la pauta de aquella traza primitiva que el Rey Fernando III y su comitiva, pacientemente señalaran en la primavera de 1239, partiendo de las proximidades de Yeles, a lo largo de algunas jornadas, hasta concluir en el Jarama los trabajos de deslinde.

Mojon 18 y linde desde la Espartosa

El Mojón 18, “so la cabeza Espartosa e sobre la carrera que va de Pinto a Valde Moro”, se enclavó junto al cruce con el Camino Viejo de Pinto, también llamado Camino de las Pilillas, al pie, de este conjunto de elevaciones que constituían la Espartosa.

Hemos encontrado una enorme cantidad de piedra de yeso diseminada entre los sembrados, que suponemos apilaban sobre leña, dentro de estructuras de ladrillo, a modo de hornos morunos, para la producción de cal y yeso en el lugar.

Estos hornillos pudieron recibir el nombre de pilas-pilillas, por el amontonamiento o apilamiento de piedra.

La Carrera de Pinto recibió luego el nombre de Camino Viejo de Pinto, tras la construcción de la Carretera de Andalucía en tiempos de Carlos III, a escasos pasos más allá, hacia levante.

Posible ubicación del Mojon 19

El Mojón 19, “en la vega, entrambas las Carreras”, alude a un espacio en hondonada, que se abre entre la Carrera de Pinto antes citada y la Carrera de Mata Mediana que conduce valle abajo, directamente hacia el Jarama.

Encontramos en la actualidad, un lugar donde una vieja higuera junto a los escasos restos constructivos de una casilla, parecen marcar, a modo de guardarraya, el sitio descrito para este mojón, próximo a la vieja traza del Camino Real de Andalucía, desplazado por la moderna Autovía de Andalucía A-4.

Siguiendo la linde accederíamos al Mojón 20 y consecutivos, en dirección a El Riscal.



Mapa de la raya de Valdemoro

El perfil del recorrido es prácticamente horizontal, con suaves desniveles, apto tanto para senderismo como para ciclismo.

La longitud total del tramo descrito no llega a 4 kilómetros, algo menos de una Legua; distancia que antaño se recorría a pie, tras una hora de caminata.

La linde delimitaba territorio, campo abierto, remarcada tanto por hitos naturales-cerros, hondonadas, arroyos,… como por hitos artificiales-mojones, y no llevaba necesariamente aparejado un camino en su trazado, como vemos parcialmente en el caso que nos ocupa.

La comitiva que acompañaba al rey Fernando III (1239), avanzaba a caballo, campo a través, rodeada de una mesnada de peones y escoltada por gente armada.

Recién conquistada Córdoba (1236), se adoptaban planes para debelar la ciudad de Sevilla (1248).

Hacía tiempo que las aceifas musulmanas ya no alcanzaban estos territorios alejados de la frontera, y las pugnas que rompían la armonía y paz en estos campos eran de otro signo.

Un proceso creciente de señorialización daba comienzo, dándose de frente con los intereses de los concejos de estas comunidades de repoblación, pequeñas aldeas y villas, que rápidamente se aprestaron a pasar a la defensiva, buscando la protección y apoyo de la Corona, con irregulares resultados.





Fuente: parquelineal.es

Hermanas Hospitalarias de San José




En 1905 un grupo de mujeres unidas por el deseo de destinar tiempo y recursos a los desfavorecidos del municipio fundaba la Asociación de Hermanas Hospitalarias de San José. Su principal objetivo era velar por el buen funcionamiento del hospital de San José, una institución caritativa cuyos orígenes se remontaban a los últimos años del siglo XVIII. Durante tres décadas gracias a donativos públicos y privados se encargaron de atender las instalaciones y a los enfermos pero la guerra truncó el proyecto y la asociación languideció hasta su completa extinción en 1970.


En junio de 1905 el Ayuntamiento de Valdemoro, propietario del hospital de San José desde 1788, organizaba una suscripción popular para costear el mobiliario, ropas y efectos del establecimiento. La recaudación ascendió a 1.466,50 pesetas que fue invertida íntegramente en la adquisición de los enseres necesarios para el funcionamiento de la institución, según consta en los documentos impresos que se conservan en el Archivo Municipal. A partir de ese momento y hasta el inicio de la Guerra Civil el sostenimiento de pobres y enfermos asistidos en la casa de San José pasaría a depender de la Asociación de Hermanas Hospitalarias, fundada especialmente para semejante fin.

 La Asociación se regía por unos estatutos redactados el 28 de junio de 1905 y aprobados el 8 agosto del mismo año y desde entonces contó con la subvención anual del Ayuntamiento además de otros ingresos procedentes de donativos particulares y de los beneficios generados por representaciones teatrales, bailes de carnaval y celebración de novilladas, fundamentalmente.


 Esta agrupación de mujeres caritativas se mantuvo inalterable hasta el estallido de la Guerra Civil que trajo consigo la destrucción del edificio y la mudanza de muebles, ropas y enseres a los hospitales de sangre creados en otros lugares del término municipal con el fin de atender a los heridos en el frente cercano. Sin embargo la asociación no llegó a disolverse por completo, de hecho en el Archivo Parroquial de Valdemoro se conserva un libro de cuentas que registra los ingresos y gastos desde 1905 hasta 1971.

 En 1954 el Ayuntamiento empezó a realizar las gestiones oportunas para "construir un edificio de nueva planta" destinado a la atención de los enfermos. Y por la escasez de recursos y la certeza de que las Hermanas Hospitalarias tenían un saldo positivo que rondaba las 14.000 pesetas, inició los trámites necesarios para que ese dinero revirtiera en las arcas municipales, amparándose en el artículo adicional que decía expresamente: "Los fondos que constituyen el haber de esta Asociación pasarán a la Beneficencia municipal de Valdemoro en caso de disolución".

 En el Archivo Municipal no ha quedado constancia de si llegó a llevarse a cabo esta transmisión de capital, pero suponemos que las negociaciones no debieron ser fáciles, pese a que la presidenta dirigió un comunicado al alcalde en que ofrecía toda la ayuda precisa en los términos siguientes "todas, con gran entusiasmo, estamos dispuestas a colaborar, en cuanto tengan el edificio, y cooperar con todos nuestros medios a la instalación y sostenimiento del mismo con arreglo al articulado de nuestros estatutos". La prolongación de asientos contables hasta 1971 parece indicar que la asociación tuvo cierta actividad pero no ligada a la beneficencia pública de modo tan estrecho a cómo lo había llevado a cabo en las primeras décadas de su funcionamiento.



Fuente: Archivo Municipal - "Hospital de San José", en Edificios que son historia. Valdemoro, Madrid, Ayuntamiento de Valdemoro, 2007, pp. 212-221. <

Hospital de San José de 1766



El Hospital de San José estaba ubicado al oeste del casco histórico del municipio, en la calle que actualmente lleva su nombre, y estaba dedicado a acoger a personas sin recursos y enfermas.

Se convirtió en un referente hospitalario para los vecinos desde entonces hasta la finalización de la guerra civil. Una vez terminado el conflicto bélico y debido al estado ruinoso en que quedó el edificio, su reconstrucción pasó por diversos avatares para acabar cambiando de uso. En la actualidad es una Casa de Niños.

El plano expuesto está trazado en tinta y coloreado con acuarela por el arquitecto madrileño y maestro de obras de la corte Juan Manuel Martín Vidal en 1766, constituye el documento gráfico más antiguo que se conserva perteneciente a una obra civil del municipio de Valdemoro.


El hospital de San José fue fundado por el matrimonio natural de Valdemoro y residentes en Madrid , José de Miranda e Isidora Maroto en 1788.

Esta pareja había entrado en contacto unos años antes con los Hermanos Obregones, regidores del antiguo hospital de la Concepción desde 1632, que les pusieron de manifiesto la penosa situación económica que atravesaba el establecimiento hospitalario. Las penurias eran muchas pero las más acuciantes eran el estado ruinoso del edificio en el que ejercían la hospitalidad, las exiguas condiciones higiénicas y la falta de medios para repararlo. Los cónyuges, deseosos de poder socorrer en la medida de lo posible tales carencias, decidieron comprar unas casas espaciosas y cederlas para tan encomiable fin, con el único requisito de consagrar el recinto a San José, tal vez en homenaje al patronímico del marido y a las funciones protectoras del santo, uno de los principales abogados para lograr una buena muerte.

 Se desconoce la trayectoria social seguida por los patronos, pero es fácil suponer que ostentaban una sólida posición adinerada basada en la tenencia de bienes raíces; circunstancia que, seguramente, les llevaría a relacionarse con una de las familias más importantes de la villa, los Lerena, y a contactar con Pedro López de Lerena, secretario de Estado y del Despacho Universal de la Real Hacienda, asentado en la corte desde hacía tiempo. Esa presumible amistad hizo posible que el matrimonio Miranda frecuentara los círculos de poder madrileños y deseara plasmar la preponderancia conseguida por medio de la nueva fundación benéfica y así resaltar visiblemente en la comunidad de su pueblo.

El plan ideado por los promotores era ambicioso y también afectaba al antiguo edificio [el hospital de la Concepción, ubicado en la actual plaza de Autos], siempre pensando en favor de los vecinos de pocos recursos, sentimiento encubridor de un marcado afán de protagonismo de los donantes:

"… y que donde está el Hospital antiguo se fabriquen a expensas del mismo caudal [expolios y vacantes] algunas casas bajas con solo un piso, que costaran poco, serán útiles al Pueblo, y su producto cederá en beneficio del Hospital. Interesado S.M. de todo, se ha dignado aprobarlo, y en su consecuencia manda que disponga V.S. lo que halle por mas conveniente, a beneficio y para la mejor asistencia de los pobres y enfermos que acuden a curarse al mencionado Hospital…". 

 Entre los requisitos manifestados en la escritura de cesión, solicitaban que el nuevo hospital estuviera bajo la jurisdicción real ordinaria de la villa y su Ayuntamiento, de cuyos regidores esperaban los otorgantes cuidaran a perpetuidad de la asistencia y engrandecimiento.

 "Por dicha escritura reconocerán vuestras mercedes quedar a la Justicia y Ayuntamiento perpetuamente la misión y solicitud del buen cobro y régimen de ese Hospital, cuyo desempeño debe confiarse del celo y caridad de los individuos que componen y compondrán ese Ayuntamiento".

La ayuda prestada a la empresa por Lerena, que gozaba de gran prestigio ante el monarca, sin duda contribuyó a agilizar los trámites burocráticos e incrementar los bienes iniciales y, poco después del legado dotacional, recibiría la cantidad de 15.000 rs. de vellón: 10.000 procedentes de los caudales del fondo pío beneficial del Arzobispado de Toledo y los restantes como asignación anual a cargo de los fondos de expolios y vacantes (la mitad de los bienes dejados por los obispos a su fallecimiento y de las rentas de obispados vacantes se atribuía a la hacienda regia con el fin de destinarlos a fines piadosos y de beneficencia).


Documento de valoración y tasación 

 El plano mostrado al inicio del artículo, fue dibujado con objeto de proceder a la valoración y tasación económica de los edificios existentes. La propiedad tasada era de buena factura y considerables proporciones, capaz de albergar distintas salas donde poder alojar y cuidar a los enfermos; las cocinas, patios y demás dependencias serían destinadas a ejercer de modo adecuado la sanidad. El edificio se encontraba a las afueras del caserío, en el llamado Barrio de Arriba, presidiendo un lugar alto y venteado, orientado a poniente, reuniendo, así, los requisitos de salubridad mínimos para el propósito elegido. El aceptable estado de la fábrica y sus dimensiones auguraban el óptimo aprovechamiento para el que iban a ser destinadas:

  "…Casa con fachada a Levante, la que tiene de línea setenta pies y, entrando en dicha casa, por la línea de la mano derecha hasta la otra calle de Poniente, tiene de línea ciento y cinco pies; y entrando por la línea de mano izquierda, tiene otros ciento y cinco pies, hasta la calle y línea opuesta a la fachada, que es la calle que cae al Poniente y al campo, cuya fachada opuesta tiene setenta pies, que multiplicadas sus líneas unas con otras con lo que les toca de sus medianerías, hacen pies superficiales siete mil trescientos y cincuenta pies. Y su fachada se comprime de cimientos, algunos machos de ladrillo, las dos fachadas, y la restante bajas y tapias de tierra, y lo restante de sus viviendas en lo bajo, que son las que ocupan el patio primero y jardín, paredes de tierra, y sus viviendas tabiques con sus entramados, bovedillas de madera de viguetas, así en el salón de la planta baja, un suelo de las mismas viguetas; y la vivienda de mano derecha, suelos de lo mismo de maderos de bovedillas: el cuarto bajo y principal con sus habitaciones correspondientes para un señor embajador, y su escalera principal basas; toda esta habitación está nueva, puertas y ventanas y todo lo que tiene. Jardín con su fuente de mármol, pilón y taza, noria, y sigue un patio adonde están viviendas para criados a la mano derecha, bajo, alto, con bovedillas de a seis, y a la mano izquierda, entrando en el jardín, se compone de piezas para graneros y piezas vivideras, y cuadra de catorce plazas, sus dos cocheras y pajar: también sigue su línea en dicha calle de Poniente, con ciento treinta y ocho pies y, entrando por la mano derecha, que sirve de lagar, tiene setenta y dos pies de fondo, y volviendo a la mano izquierda, con la casa mencionada, tiene de fondo setenta y ocho pies, hasta encontrar un codillo, que alarga el sitio con catorce pies, y sigue hasta cerrar su área con setenta pies, que multiplicadas sus líneas, unas con otras, con lo que les pertenezca de sus medianerías, hace pies superficiales, nueve mil novecientos diez y ocho, con lo ha servido de lagar, y donde estaban las cubas, con todas sus piezas correspondientes, cuatro piezas a la mano izquierda, un gran patio con pozo y pila, que, junto con la otra casa, con sus puertas y ventanas, y sus herrajes correspondientes, armaduras de viguetas y algunas tercias, tejas, rejas, antepechos, cocina y todo los demás de que se componen dichas viviendas, en el estado que al presente se hallan, tasa que vale en su intrínseco valor cuarenta y un mil novecientos y ochenta reales de vellón, agregando el corralillo que está a la mano derecha a la línea de la noria, que tiene trescientos y sesenta pies, como una cueva que tiene treinta y nueve sibiles (1) , con tres bajadas…". 

Los responsables de la redacción de estos documentos, seguramente pensando en su mejor conservación, los salvaguardaron en una caja de madera de pino en cuya portada resumieron su contenido:

"Donacion perpetua de Casas principales y otras accesorias, sitas en la villa de Valdemoro, y Dª. Ysidora Maroto, su Esposa, naturales de la misma, y Vecinos dela de Madrid; con destino precisamente para Hospital de Pobres enfermos en ella; cuya Escritura fue otorgada por ante Ysidro Gonzalez Roxo, Essno. de Camara de la Colecturia General de Expolios, su fecha en dicha Corte a 28 de Noviembre de 1788. Se incluye un Quaderno de los Titulos de propiedad de citadas casas, pertenecientes a los expresados Donadores, otorgados por ante Manuel Fernandez Sanchez, Essno. del Numero de la propia Corte, en 6 de septiembre de 1780".



Fuente: Archivo Municipal - Edificios que son historia. Valdemoro, Madrid, Ayuntamiento de Valdemoro, 2007, pp. 212-221.

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Fiestas Nuestra Señora del Rosario





 Las fiestas de Nuestra Señora del Rosario tienen lugar en septiembre, siendo concrétamente el día 8 el día de la patrona. Su origen está ligado a la solemnidad religiosa de la Natividad de Nuestra Señora.
En un principio se conmemoró la festividad del Santísimo Rosario (primer domingo de octubre), pero a partir de la nueva fundación de la cofradía en 1698 determinaron que la fiesta principal tuviera lugar el día que la Iglesia celebra el misterio de la Natividad de la Virgen (8 de septiembre), cumpliéndose el artículo octavo de las reglas, aprobadas el 30 de mayo del mismo año. Norma que sigue realizándose en la actualidad.

 La devoción a la Virgen del Rosario en el municipio de Valdemoro se remonta cinco siglos atrás y desde entonces sus habitantes se han preocupado por simultanear los actos devotos con divertimentos más profanos. Las cofradías encargadas de su culto se esforzaron con el fin de que su patrona consiguiera ser la más venerada y no escatimaron en gastos: un trono de plata y una carroza triunfal fueron las adquisiciones más importantes efectuadas en el siglo XVII para que la imagen procesionara por las calles más importantes de la localidad.

 De igual modo que los devotos del Cristo de la Salud, los cofrades del Rosario, junto al recorrido procesional y otras funciones litúrgicas realizadas en su capilla (construida en 1602), comenzaron a incorporar actividades más mundanas destinadas a entretener al pueblo y también a conseguir beneficios añadidos para engrandecimiento de la imagen. Ya en el siglo XVII son frecuentes los documentos que nos hablan de luminarias, corridas de toros, comedias y danzas que muestran el interés de los valdemoreños por mantener una tradición y una devoción que se remontaba tiempo atrás.



 Una crónica del siglo XIX describía la fastuosidad de la ceremonia, en la que participaban todas las hermandades, congregaciones y autoridades que discurrían por las calles principales ante la presencia de numeroso público, que contemplaba el paso de la imagen en la carroza iluminada con vistosos fanales y faroles que contribuían a darle mayor esplendor.

 Las modas han cambiado mucho a lo largo de quinientos años, pero la esencia ha permanecido prácticamente inalterable. Cada septiembre, pocos días antes de comenzar el otoño, se siguen celebrando las fiestas del Rosario. Procesiones, fuegos de artificio (antiguas luminarias y pólvora), bailes (que han sustituido a las antiguas danzas ceremoniales) y actuaciones de todo tipo, acompañan a los vecinos de Valdemoro en la despedida del verano.