Pedro Antonio de Alarcón y Ariza


Entre 1875 y 1925 coincidieron en Valdemoro una razonable nómina de personajes de inquietudes intelectuales. En la pintura y fotografía (Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo, Kaulak, sobrino del presidente del Consejo de Ministros), la música (Manuel Fernández Caballero) y el teatro (Cristina Ossorio, su madre, María Romero, y su hijo Mariano), pero especialmente en la literatura (Manuel y León Carbonero y Sol, Luis Mariano y Luis Larra, Manuel Fernández de la Puente, Luis Cortés Suaña, etc.), pero es mi intención recordar especialmente en este articulo a otro personaje ilustre con el que Valdemoro también contó entre su vecindario, con el célebre narrador Pedro Antonio de Alarcón y Ariza.


Pedro Antonio nació en Guadix (Granada) el 10 de marzo de 1833. Su abuelo paterno fue regidor perpetuo de Granada, contándose entre sus ascendientes a don Martín de Alarcón -participante en la conquista de Granada- y don Hernando de Alarcón, capitán de Carlos V.


Pedro A. de Alarcón era el cuarto de los diez hijos de doña Joaquina de Ariza y de don Pedro de Alarcón. La situación económica de su familia, arruinada a raíz de la Guerra de la Independencia, condicionará los primeros estudios de Alarcón, ingresando en el Seminario a muy corta edad. Después estudia bachillerato en Granada y, más tarde, Derecho, carrera que tuvo que interrumpir por falta de recursos económicos. 
En el año 1853 abandona el Seminario y se traslada a Madrid en busca de la fama y gloria literarias. Con anterioridad, y desde el Seminario, había publicado sus primeros escritos.

Tras un fracaso inicial en Madrid, Alarcón regresa a Granada, donde ingresa en la celebérrima Cuerda Granadina, asociación de jóvenes literatos y artistas, un tanto bohemios en su mayor parte, a la que pertenecieron personas famosas en su tiempo, como Fernández y González, Riaño, Manuel del Palacio, Castro y Serrano, entre otros. 


Alarcón se inicia en el periodismo combativo en la publicación El Eco de Occidente y pronto se coloca al frente de los revolucionarios granadinos con aspiraciones políticas, censurando con no poca virulencia a militares y representantes eclesiásticos desde las páginas de La Redención. 

Vuelto a Madrid, dirige El Látigo, periódico panfletario, antidinástico y anticlerical. En dicha publicación lanzará furiosas diatribas contra la reina Isabel II y su gobierno.  
Alarcón abandona la redacción de El Látigo, pues sufre una grave crisis moral que le obliga a retirarse y a descansar en Segovia. A su regreso a Madrid, Alarcón aparece profundamente transformado, olvidando su faceta revolucionaria, convirtiéndose en defensor del ideario conservador y en modélico católico. 

El 5 de noviembre de 1857, Alarcón irrumpe en la escena española como autor teatral. Su primer estreno corresponde a su obra El hijo pródigo que, según sus biógrafos, especialmente Mariano Catalina, fue muy aplaudido por el público, aunque censurado por la crítica. 

En octubre de 1859 se incorpora como voluntario al batallón de Cazadores de Ciudad Rodrigo . Alarcón actúa como corresponsal de guerra, tal vez como el primero en nuestra historia del periodismo. Sus crónicas, escritas en los mismos campos de batalla, se publicarán, primero, en la prensa; más tarde reunidas en un libro con el título Diario de un testigo de la Guerra de África. Cuando regresa de la Guerra de África, herido y condecorado, su fama y popularidad son asombrosas. El éxito editorial del Diario fue proverbial, proporcionándole fuertes sumas de dinero a la par que una notoriedad singular. A raíz de este episodio emprende un viaje a Italia (1860) que daría como resultado uno de los más interesantes libros de viajes escritos en el siglo XIX: De Madrid a Nápoles.


Famoso y rico se instala en Madrid, donde encuentra decidida protección de O'Donnell, Pastor Díaz y otros prohombres del mundo de la política y la cultura. Interviene activamente en la política y, en 1863, hará campaña en pro de la Unión Liberal. Más tarde funda el periódico La Política y es elegido diputado por Cádiz. 

Contrae matrimonio en 1865, y en el mismo año se le destierra a París. Vuelto a España, toma parte en la batalla de Alcolea y, triunfante la Revolución del 68, que arroja del trono a Isabel II, se le nombra ministro plenipotenciario en Suecia, cargo al que renuncia por un acta de diputado por Guadix. Apoya la candidatura del duque de Montpensier y, fracasada la dinastía de Saboya, aboga por Alfonso XII. 

Tras este periodo político, Alarcón publica un excelente libro de viajes: La Alpujarra, región granadina que conoció en profundidad a raíz de sus actividades electorales. 
La enorme pasión de Alarcón por los viajes le indujo a escribir un mapa poético de España y un segundo libro con el título Más viajes por España, ampliación del publicado con anterioridad titulado Mis viajes por España, pero, por desgracia, no llegaron a publicarse.


En 1874 publica El sombrero de tres picos, tiene cuarenta y tres años de edad cuando escribe esta pequeña obra de arte, su único éxito indiscutido. En tan sólo diez años desde su aparición se llevaron a cabo numerosísimas ediciones y traducciones a más de diez lenguas. El triángulo amoroso, formado por el corregidor, la molinera y su esposo, el tío Lucas, es, sin lugar a dudas, la obra maestra de Alarcón, «el rey de los cuentos españoles», tal como lo definió E. Pardo Bazán.

El 16 de diciembre de 1875 es elegido académico de la Real Academia Española e ingresa en la misma el 25 de febrero de 1877, leyendo su discurso acerca de La Moral en el Arte. En el mismo año presta juramento como senador elegido por Granada. El 1 de marzo de 1881, por el real decreto firmado por Alfonso XII, siendo Sagasta presidente del Consejo de Ministros, se le admite la dimisión como Consejero de Estado. A partir de 1878, contando los 45 años de edad, Alarcón reside definitivamente en su casa de campo en Valdemoro, donde se dedica a escribir sus últimas novelas y al cultivo del campo, afición esta última que siempre quiso de forma entrañable, tal como se constata en su artículo Mis recuerdos de agricultor (1880) inserto en Cosas que fueron. 

Capilla en el jardin de su antigua casa. Años 40 del siglo XX.

En 1882, publica su última novela, La Pródiga, que supuso para un sector de los lectores un sermón sobre las funestas consecuencias del amor ilícito; para otro sector, la novela era una defensa de la moral conservadora al uso. La fría acogida por parte de la crítica motivó el alejamiento de Alarcón de toda labor literaria. 

El 19 de julio de 1891, a la edad de 58 años, a las ocho de la noche, muere en Valdemoro tras haber permanecido hemipléjico desde el 30 de noviembre de 1888, fecha en la que sufrió su primer derrame cerebral. Murió, según la partida judicial, a consecuencia de una «encefalitis difusa».

Valdemoro 26/05/1919.
Homenaje a D.Pedro de Alarcón. 
Descubrimiento de la placa colocada en la casa que habitó y donde escribió algunas de sus novelas.


Valdemoro 26/05/1919.
Homenaje a D.Pedro de Alarcón. 
Niños del colegio de huerfanos de la guardia civil en la plaza cantando himnos.







Edificio y Torre del Reloj



Formalizado con un proyecto previo, todo el perímetro de la plaza se encontraba originalmen­te porticado con pies derechos, zapatas y bases pétreas.

La construcción sigue las recomendaciones realizadas por la villa en 1606 a los vecinos de la plaza para que construyeran los corredores con pilares con la misma proporción, que fueron puntualizadas por Francisco de Mora, arquitecto del rey Felipe III, que dio unas indicaciones tres años después sobre la "forma y orden" con la que se debían realizar.

La torre y el edificio del reloj son los auténticos símbolos de la plaza de la Constitución de Valdemoro. Si bien ambos componen un conjunto arquitectónico único y aparentemente indisoluble, sus orígenes son dispares y entre la construcción de una y otro transcurrieron seis décadas.

Primero, en 1613, fue el edificio. Propiedad de Antonio Correa "El Indiano", su destino era convertirlo en pósito, una institución benéfica en la que se almacenaba grano para cubrir las necesidades de los labradores pobres.

Después, en 1672, fue la torre. El objetivo era que albergara el reloj público de la villa, hasta entonces ubicado en el campanario de la iglesia parroquial. Desde esa remota fecha, ambos forman el conjunto más singular de la plaza de la Constitución, amén de ser uno de los perfiles más emblemáticos de Valdemoro.

Imágen años 40

"Instituto de carácter municipal y de muy antiguo origen, destinado a mantener acopio de granos, principalmente de trigo, y prestarlos en condiciones módicas a los labra­dores y vecinos durante los meses de menos abundancia. Casa en que se guarda el grano de dicho instituto". Así define el Diccionario de la Real Academia de la Lengua el pósito, tam­bién denominado cambra, alhóndiga o alholí, una ins­titución arraigada en Valdemoro desde el siglo XVI y establecida desde siempre en las llamadas casas del pósito, actual edificio del reloj.

Sí bien no se tiene noticia del momento exacto en que se creó el de la villa, la proliferación de este tipo de organismos benéficos en el reino de Toledo durante el siglo XVI, impulsados por el Cardenal Cisneros, hace pensar que date de esa centuria.

No obstante, el primer documento en que se hace refe­rencia a la alhóndiga valdemoreña, el testamento de Antonio Correa "El Indiano", conservado en el Archivo Parroquial de Valdemoro, habla de su fundación por parte de éste en el año 1613.

El Indiano pertenecía a una de las familias de mayor solera del municipio. Era jesuíta y, en una fecha indeterminada, se instaló en la peruana Ciudad de los Reyes (Lima) donde en 1605 se convirtió en el más grande benefactor del noviciado limeño. De este vínculo con el país andino le viene el sobrenombre con el que ha pasado a la posteridad. En Valdemoro, donde fue enterrado en el presbiterio de la iglesia, fundó una capi­lla bajo la advocación de la Santísima Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, además del pósito.

En 1672, casi sesenta años después de que estas casas de la plaza se destinaran a depositar el trigo, se decidió la construcción de una torre sobre las mismas con el fin de dotar a la villa de un reloj público que sustituyera al que hasta unos años antes anunciaba el discurso de las horas desde la torre de la iglesia parroquial, junto al campanario. Las obras de remodelación que se llevaron a cabo en el templo a medíados del siglo XVII, con las que se pretendía despejar la zona de la capilla mayor para que ésta emergiera del conjunto monumental, dribaron al derribo de dicha torre y la desaparición de un instrumento esencial para el desarrollo de las tareas cotidianas: el reloj público.

Los lugareños del Valdemoro del XVII no podían prescindir de un elemento que les marcara el ritmo del tiempo era tan obvio que las autoridades concejiles no tardaron en buscar una solución inmediata. Así fue como el 13 de mayo de 1672 y según queda recogido en el Libro de Acuerdos 1669-1678 (AMV), acordaron la cons­trucción de una nueva torre: 


Acuerdo sobre la construcción de la torre del reloj. 13 de mayo de 1672. Libro de acuerdos 1669-1678 (AMV)

"en las Cassas de los Pósitos de esta villa en la esquina de hacia la parte de ella linde de Cassas de Dª María Cabello y hecha se ponga en ellas dicho relox y así aparecido también seaga. [...] 
Y nombraron por comisario de dicha obra a Alonso Cabello de Mena, rexidor de esta villa"

Dicho y hecho. El mismo documento refleja como 

"este dicho año de mili seiscientos y setenta y dos se hizo dicha torre en dicha parte y lugar y o puesta en ella dicho relox acabada dicha obra en dicha forma"

La torre, de fábrica sencilla, estaba rematada por un tejado de pizarra y los cuatro balcones instalados sobre cada una de las cuatro esferas constituían el único ele­mento ornamental.

Del mantenimiento de la maquinaria se encargó a un vecino de la villa, Baltasar Tudón que, según parece, acumulaba una vasta experiencia en semejantes menes­teres. Un saber que le hizo merecedor de un salario de "veinte ducados, con cada año pagado por los tercios".

Claro que ni siquiera los cuidados de Tudón pudie­ron evitar las averías del artilugio. La primera de que se tiene constancia, según el Libro de Acuerdos 1692­-1695 (AMV), se produjo poco más de dos décadas des­pués de su instalación, en 1694. En su puesta a punto no se escatimaron esfuerzos y el Gobierno municipal solicitó presupuestos a los más afamados relojeros de la corte para, finalmente, encargar a Manuel y Villenos, residente en El Escorial y, a la sazón, maes­tro relojero de Su Majestad, que fabricara uno nuevo "del mismo tamaño y grandor que es el del Real Sitio de Aranjuez".

Pero los delirios de grandeza no casan bien con la penuria económica y visto que las arcas municipales no estaban precisamente en su mejor momento, se acordó la financiación de la inversión "entre todos los vecinos, con­forme a sus caudales".

Si bien las vicisitudes de una y otras no siempre han corrido parejas, el reloj público de la plaza ha estado ahí marcando minuto a minuto el transcurso de los años y las cosechas, en tanto que la institución que fundara "El Indiano" levantaba acta notarial de cómo las épocas de mayor productividad y las de vacas flacas se alternaban periódicamente, dando sentido a su existencia.

A finales del siglo XVIII y con la aparición de un nuevo concepto económico, esta institución fue per­diendo la vocación caritativa con que inició su trayec­toria de la mano de Correa, en beneficio de objetivos claramente lucrativos. Es especialmente revelador, en este sentido, que el reglamento de 1792 regulador de las actividades de los graneros públicos determina que las devoluciones de los créditos de sementera podían efectuarse en metálico, en vez de únicamente en espe­cie como venía haciéndose desde tiempo inmemorial.


El Archivo Municipal de Valdemoro cuenta con un expe­diente de contratación, que data de 1847, para la rea­lización de obras de restauración de un edificio que según el peritaje que elaboraron el alarife o maestro de obras Nicolás Maeso y el carpintero Gregorio Maeso, se encontraba en estado ruinoso.

La propuesta de los expertos pasaba por levantar la armadura del último cuerpo "y volver a colocarla con made­ra y pizarra nueva, cubriendo las líneas con planchas de plomo, for­jando los aleros de ladrillos en la misma forma que están, rebajando el ciprez (sic.) como unas tres varas, guarneciendo y revocando el cuadro que ocupa el segundo cuerpo, debiendo enlucirse por hallarse escamado con otros reparos de bastante consideración cuyo total coste [...] ascenderá a 9.000 reales". 

Pero el maestro de obras José Villar y López presen­tó un presupuesto de 7.168 reales y, claro, se encargó de dirigir la rehabilitación del inmueble.

Todavía en 1891, cuando Román Baíllo escribe su obra recopilatoria, Valdemoro, afirma que el pósito "cuen­ta actualmente de existencias 271,50 hectolitros de trigo, 2.000 pesetas en metálico y algunos créditos, que entre todo puede calcu­larse en 4.000 pesetas".

El 20 de octubre de 1912 el Pleno del Ayuntamiento acuerda la adquisición de una nueva maquinaria con cuatro esferas, una para cada lado de la torre. En la misma sesión se decide también el cambio de ubicación del reloj, un metro y medio por encima del lugar que ocupaba el antiguo, lo que supo­nía de hecho la desaparición de los balcones existentes sobre las esferas.

El nuevo reloj, de la firma conquense Redondo Bonilla, es, según el contrato de venta fechado el 10 de noviembre de 1912 que se conserva en el Archivo Municipal de Valdemoro, una máquina "con las ruedas imperiales de 33 centímetros de diámetro tocando horas, medias y repetición, de 30 horas de cuerda. Provista de cuerdas metálicas, polea, martillo, dos galetes y pesas, además de dos esferas de cristal para ser iluminadas con 1,20 metros de diámetro, dos juegos de ruedas de minutería, un cañón largo con minuteros y horarios y un juego de ruedas para transmisión". Su precio: 1.984 pesetas.

Maquinaria del reloj de Redondo Bonilla que se instaló en 1912.

Fue en 1909, cuando el edificio de alquiler en el que se impar­tían clases de la escuela pública, en la calle Colegio nº 4, empezó a resultar insuficiente e inadecuado para la enseñanza; entonces las autoridades municipales consi­deraron que las casas del granero público, ya en desuso, podrían destinarse a este cometido y se tasó el inmue­ble en 5.500 pesetas.

Niños y niñas esperando la entrada a las aulas.

La finca salió a subasta y el Ayuntamiento pujó por 5.505 pesetas, importe por el que se formalizó la escri­tura. Se estableció que serían cinco plazos a razón de 1.101 pesetas, el primero de ellos abonado el 28 de mayo de 1920 y los siguientes en los cuatro años suce­sivos, con un interés del 4% en cada anualidad. Como garantía del abono de los plazos se estableció una hipo­teca sobre la misma finca.

Las negociaciones de la compraventa fueron arduas aunque finalmente se efectuó la transacción; sin embargo no existe documento alguno que acre­dite la posterior utilización del edificio como escue­la pública.

La escritura a favor del Ayuntamiento se firmó el 23 de junio de 1920 (AMV). En ella se describe la finca como 
"una casa pósito que se destinaba a panera situa­da en esta villa de Valdemoro y su Plaza de la Constitución, señalada en la actualidad con el número cinco y en lo antiguo con el número dos, de piso bajo y principal sobre la que existe la Torre del Reloj, no consta su extensión superficial y linda por su derecha entrando, o sea, al Sur, con otra de Don fosé Navarro López; por la izquierda, o Norte, y por la espalda o Este, con casa y corrales pertenecientes a Don Celestino Pariente Duro, hoy de Don Gaspar Figueras Móstoles; teniendo su entrada y fachada al Poniente, o sea, el frente, por el soportal de la referida Plaza de la Constitución".

Panorámica de la Plaza de la Constitución.

La casa del pósito, que durante tres siglos había teni­do como única utilidad la de albergar el granero públi­co y dar soporte a la torre del reloj, se convirtió desde comienzos del siglo XX en un local de usos múltiples. En este singular edificio se encerraban los toros en la década de los treinta, cuando las corridas de las fiestas se celebraban en la plaza de la Constitución. El resto del año funcionaba como almacén municipal.


La conversión de la plaza en un espacio ajardinado a mediados de la pasada centuria acabó con ese recinto como coso y los "toriles del reloj" fueron reconverti­dos a mediados de los setenta en sede de dos entida­des: la Hermandad Sindical de Agricultores y Ganaderos o Cámara Agraria se instaló en el primer piso, mientras que en la planta baja se estableció la Oficina Municipal de Aguas. El local con que contaba ésta última incluía un archivo, varios almacenes, una sala polivalente y la oficina propiamente dicha.


La primera planta quedó más compartímentada e incluía una sala de reuniones y espacios diferenciados para la Hermandad de Labradores, la Delegación Sindical y el Sindicato Local Mixto, cada uno de los cuales contaba con despachos y archivo propio.

A caballo entre los setenta y los ochenta del siglo pasado, el edificio del reloj hizo las veces de dispen­sario médico durante las obras de reparación del ambulatorio, fue sede del Consejo de la Juventud y espacio de reunión de las asociaciones juveniles del municipio. Después tuvo una utilidad educativa ya que el Ayuntamiento cedió estas instalaciones para que se impartieran en ellas clases particulares y cursos de formación para el empleo del INEM. También estu­vieron allí los Servicios Sociales, los grupos políticos municipales, el Patronato de Deportes y, por último, la emisora municipal de radio.

Recibidor principal del edificio, en la actualidad.

 Los sucesivos cambios de uso supusieron un continuo deterioro y la pérdida de la distribución interior, por lo que se encargó el proyecto de reforma a Adolfo Almagro y José Ramón Tojo (1974) respetando al máximo la estructura del edi­ficio. Se remodeló de nuevo a principios de los noventa del siglo pasado para acoger dependencias municipales como la emisora de radio municipal, Protección Civil, y desde el 30 de mayo de 2000 hasta el 13 de junio de 2006 fue sede de la Policía Local.

En 1997 y para solventar los problemas de man­tenimiento de la maquinaria del reloj de 1912, se sustituyó por una digital equipada con un carillón electrónico.

En los últi­mos años del siglo pasado, la decrepitud del edificio había empezado a manifestarse de forma alarmante, una situación que el Ayuntamiento decidió subsanar en el año 2000 con una rehabilitación integral en la que se invirtieron 25 millones de pesetas. En la res­tauración se privilegió la conservación de los elementos arquitectónicos originales -vigas de madera, muros de manipostería y aparejo toledano, lámparas de hierro forjado...



La obra concluyó a finales de 2002 con la reforma de las cubiertas de teja del edificio y las de pizarra de la torre, además del revoco de los muros de esta última, en la que se saneó la estructura de madera que estaba amenazada por las termitas. Este singular conjunto arquitectónico se ha remodelado para la actividad municipal sin restarle ni un ápice del encanto que le otorgan los más de tres siglos de historia que soportan sus estructuras, mien­tras que el reloj sigue marcando el ritmo de la vida cotidiana de Valdemoro.

Vista aérea de la plaza dela constitución - 2004.








Cerro del Telégrafo


El telégrafo óptico tuvo un desarrollo tardío en España, de forma que se instaló a mediados del siglo XIX. Las turbulencias, el estado de guerra civil casi permanente y el bandolerismo endémico llevaron a que las estaciones repetidoras estuviesen fortificadas, siendo en realidad pequeños fortines. La de Valdemoro es la estación nº 3 de la línea Madrid-Cádiz, que funcionó entre 1848 y 1857. Los restos están bastante perdidos, y el cerro presenta una densa fortificación de la guerra civil, que puede haber contribuido a su deterioro.

Torre de Telegrafía Óptica de Valdemoro 

Aunque restan un montón de escombros del derrumbe de la obra, se conoce su original planta cuadrada y alzado iguales a las otras construidas.


El principal impulsor de la telegrafía óptica en España fue José María Mathé Aragua. Nacido en San Sebastián en 1800, ingresó en el Cuerpo de Ingenieros de la Armada, y aunque sirvió como oficial de Marina, en 1844 era Brigadier de Caballería y Coronel de Estado Mayor. Ese año, Mathé decidió presentarse al concurso que establecía la creación del servicio telegráfico, con un sistema que superaba en mucho al de sus competidores en rapidez y visibilidad.



En realidad el nombre propio de este enclave era CERRO DE LA CABEZA DEL ARENAL, (emplazamiento concreto: Cerro Testigo), pero terminó conociéndose como del Telégrafo, por haberse usado para este menester desde que se empezó a aplicar la telegrafía digital en España, mucho antes de que se inventara el telégrafo eléctrico.

Latitud: 40º 12' 48" n
Longitud: 3º 39' 05" w
Altitud: 678 m

Este cerro también fue protagonista durante la guerra civil española, ya que formó parte de la línea defensiva durante la Batalla del Jarama, y estuvo atrincherado, de lo que todavía se conservan algunos restos. Actualmente solo hay construido sobre el cerro un vértice geodésico.

Vértice geodésico del Cerro del Telégrafo

Como todos sabemos, el telégrafo es un aparato para escribir a grandes distancias. Y básicamente el telégrafo digital u óptico era un utensilio diseñado para ser visto a gran distancia. Colocando torres en las cotas más altas de los cerros, podía conseguirse que cada torre repitiese el mensaje de la anterior, propagándose visualmente y recorriendo grandes distancias en un tiempo muy inferior al requerido por un mensajero a caballo.

Agustín de Betancourt y Molina

En España, Agustín de Betancourt y Molina obtiene de Carlos IV una Real Orden (RO de 17-2-1799) por la cual se aprueba el proyecto de instalación de la telegrafía óptica en España. La primera línea proyectada era Madrid-Cádiz, con unas 60 ó 70 estaciones, dotada con un millón y medio de reales y dirigida por el propio Betancourt. No obstante, de toda esta línea en principio sólo se construyó el tramo Madrid-Aranjuez, el cual comienza a ser operativo a partir de agosto de 1800.

Posteriormente se fueron construyendo nuevas torres, hasta llegar a Cádiz en 1851. Aunque su vida fue muy corta, ya que fueron sustituidos progresivamente por los postes de los telégrafos eléctricos, hasta que en agosto de 1868 se dispuso la enajenación total de los mismos.

Las torres que al principio operaban eran:

1ª.- Convento de la Trinidad Calzada en Madrid.
2ª.- Ermita del Cerro de los Ángeles.
3ª.- Cerro de la Cabeza del Arenal en Valdemoro.
4ª.- Alto de la cuesta de la Reina en Seseña.
5ª.- Cerro de Valdelascasas en Aranjuez.







La evolución económica de Valdemoro (ss XVIII - XX)


Pedro López de Lerena Cuenca

Conde de Campomanes

Durante el setecientos, con el fin de paliar la precaria situación, fue beneficiario de dos grandes proyectos industriales: uno en 1712, mediante la fundación de una fábrica de tejidos por un prócer de la localidad, D. José Aguado Correa, y otro en 1785, gracias al empeño de D. Pedro López de Lerena, ministro de Hacienda y natural de Valdemoro, consistente en revitalizar la antigua fábrica de Correa por medio de la Compañía de Lonjistas de Madrid. Lerena había promovido esta empresa motivado quizá por las doctrinas de su contemporáneo, el Conde de Campomanes, defensor a ultranza del restablecimiento industrial de los pueblos y apesadumbrado por la decadencia financiera de sus paisanos, dedicados únicamente a las escasas e improductivas labores agrarias.

Carlos III

Merced a las Reales Cédulas emitidas por Carlos III, el 20 de diciembre de 1785 y el 11 de septiembre de 1787, se puso en marcha una nueva industria textil especializada en la fabricación de medias, gorros, guantes, cintería y listonería. La manufactura recibió un gran impulso en el comienzo, sus instalaciones demandaban mano de obra artesana al menos en veinte pueblos de los alrededores, además, contaba con almacenes asociados en Madrid, Medina de Rioseco, La Coruña, Aranjuez, Toledo, Sevilla y Cádiz. Mas, pese a los esfuerzos del ministerio en conseguir el beneplácito real y de la importante inversión realizada por la Compañía de Lonjistas materializada en la compra de utensilios valorados en tres millones de reales, no se obtuvo el resultado esperado y la economía local fue cayendo en un declive cada vez más acusado.

Los desastres de la guerra de Goya

La primera contienda bélica contemporánea, la Guerra de la Independencia, ocasionó una gran ruina en la localidad, tanto a nivel material como de bajas humanas. Las cifras demográficas más cercanas al conflicto que se pueden consultar indican una ligera variación en el número de habitantes, teniendo en cuenta la distancia de ambas con los puntos álgidos del enfrentamiento: el censo de Floridablanca, efectuado en 1786, cifra la población valdemoreña en 1.984 habitantes, años después de finalizar la invasión francesa, en 1828, se podían contabilizar 1.826 residentes. El debilitamiento económico generalizado, junto a los desastres de la posguerra, serían causas suficientes para ralentizar el proceso de recuperación.

Plano del núcleo urbano de Valdemoro 1890

El municipio de Valdemoro llegaba al siglo XIX inmerso en una profunda crisis económica que venía padeciendo ya desde la segunda mitad de la centuria anterior. Su economía se había basado, durante todo el Antiguo Régimen, en la producción agraria, extenuada a finales de la Edad Moderna debido a la falta de inversiones y al agotamiento de los terrenos. Unido al cultivo de cereales, vid y olivo se situaban las pequeñas explotaciones de yeso, de rendimiento variable.

Los fracasos empresariales del siglo XVIII dieron paso, en el XIX, a nuevos intentos de pequeños empresarios encaminados a establecer industrias de diverso tipo, con el propósito de contribuir a paliar la baja productividad obtenida en las explotaciones agropecuarias. Fábricas de jabón y lejía, de yeso mate (usado por los doradores), de cal o de cordelerías (aprovechando la materia prima del esparto, de gran abundancia en el término municipal), ayudaron a mejorar, en cierta medida, el precario nivel de vida de la población.

Javier de Burgos

Fernando VII

Con la ordenación territorial llevada a cabo por Javier de Burgos por mandato de Fernando VII, Valdemoro pasaba a formar parte de la recién creada provincia de Madrid en 1822. Los nuevos planteamientos políticos no repercutieron de forma proporcional a la mejora socio-económica y son continuas las peticiones a la Diputación Provincial en demanda de ayuda financiera. Los Libros de Acuerdos concejiles refieren de modo incesante solicitudes monetarias a fin de costear diferentes obras de interés público por no tener el consistorio recursos para ello, igualmente aparecen con cierta frecuencia alusiones al déficit constante del presupuesto municipal. Circunstancia que se veía agravada por las distintas epidemias de cólera producidas en la primera mitad del siglo, siendo de mayor virulencia la de 1834 y la de 1855, ésta última afectó al 16% de la población y provocó la muerte de 152 personas.

Estación de tren - Alzado principal edificio de viajeros 1926

La llegada del ferrocarril en 1851, en contra de un posible avance para el pueblo, como sucedió en otros lugares, no supuso sino una fuente añadida de conflictos con sus habitantes, motivo por el cual su desarrollo urbano se expandió en sentido contrario al camino de hierro, hacia el oeste del término municipal.
V. López y López de Lerena, A. de la Calle Hernández y R. Baíllo, cronistas que escribieron sobre Valdemoro en el último cuarto del siglo XIX, se hicieron eco del efecto negativo que significó el trazado ferroviario entre los pobladores:

“La población en general ha perdido mucho en su riqueza por falta del uso de la carretera de Valencia y Andalucía, consistiendo ésta sólo en sus cereales, viñas y olivares … con la proximidad del ferrocarril, hace que aún sea asiento y descanso de esclarecidos literatos y poetas (Sres. Larra, Zumel, Bretón de los Herreros, Nandin, Cánovas, Frau y otros personajes), de rectos magistrados, de consejeros entendidos y de hombres políticos y financieros…”
V.LÓPEZ Y LÓPEZ DE LERENA: Historia de la villa de Valdemoro, Madrid, 1875, pp. 36 y 37.

“Cuando iba en tendencia de levantar su riqueza con la ventajosa salida que proporcionaba a sus cereales y otros artículos de general consumo, el uso de la carretera de Andalucía y Valencia, vino el ferrocarril a matar su esperanza y a reducir esta riqueza casi exclusivamente a los rendimientos de sus cereales, viñas y olivares”
A. de la CALLE HERNÁDEZ: Op. cit., p. 16.

“La carretera general de Andalucía, que se construyó en tiempos de Carlos III, ha dado a Valdemoro mucha riqueza con la fácil salida de granos y el producto que diariamente se dejaba en sus paradores y posadas, donde diariamente pernoctaban infinidad de transeúntes y trajineros … el ferrocarril, en cambio, mató todas sus ilusiones, razón por la cual no es extraño que los valdemoreños fuesen tan refractarios a su instalación, y que se opusieran (¡triste error!) a que pasase más cerca del pueblo según el primer trazado. Es lo cierto que, desde que se puso en explotación la vía férrea, ha venido acentuándose en notable decadencia la villa de Valdemoro”
RAMÓN BAÍLLO.: Valdemoro, Madrid, 1891, p. 45.

Desde el mismo momento en que se iniciaron los trabajos preliminares, empezaron los problemas con agricultores y ganaderos por el perjuicio que representaba para ellos el paso de la vía por sus tierras. Perjuicio que se traducía en la imposibilidad de atravesarla para realizar sus labores al otro lado de la misma, así como la dificultad del tránsito pecuario que también sufría las molestias del ruido del tren.

 Las fuentes documentales relacionadas con el impacto del ferrocarril, conservadas en el Archivo Ferroviario, son abundantes y muestran multitud de altercados, latentes hasta bien avanzado el siglo XIX, disputas protagonizadas por los sectores económicos más afectados. Por un lado, aquellos que vivían de la agricultura y, por otro, los posaderos y mesoneros cuyos negocios se distribuían en los márgenes de la carretera de Andalucía y, como consecuencia del paso del tren por el término, vieron mermados considerablemente sus ingresos.

Sin embargo, no todo fueron inconvenientes, ya que el trazado de la vía muy pronto sería aprovechado por ciertos estratos de la sociedad en beneficio propio. Unos mediante la compra de grandes fincas de recreo situadas a ambos lados del camino hacia la estación y que, por consiguiente, les otorgaba un lugar privilegiado de esparcimiento, cercano a un medio de transporte rápido para sus frecuentes viajes a la capital. Otros, gracias al establecimiento de fábricas y negocios diversos, en terrenos inmediatos a las instalaciones ferroviarias, conseguían que sus productos tuvieran una distribución al exterior fácil y cómoda, con el consiguiente aumento de ganancias.

Una vez examinados los documentos, podemos constatar la puesta en funcionamiento de importantes empresas dedicadas a la extracción de piedra de yeso, tejares, bodegones y aparcamiento de tartanas destinadas a los viajeros, kioskos de refrescos, etc., muestras indudables del cambio experimentado por la población de Valdemoro a medida que el ingenio del ferrocarril fue confirmando su utilidad, hasta el punto de convertirse en un medio de transporte indispensable para los valdemoreños y así se comprueba en los libros de acuerdos concejiles correspondientes a las primeras décadas del siglo XX.

Vista aérea 1961

El emplazamiento de una gran factoría de productos asfálticos en una vasta extensión de superficie anexa al tendido férreo durante la década de los 60 ratificaba la creciente necesidad que tenían muchas empresas de contar con un medio de transporte para sus productos cercano, barato y ligero.

Pese a la progresiva transformación de mentalidad apreciada en los habitantes de la villa, la lejanía de la estación respecto al casco urbano (un kilómetro) y el impedimento que suponía atravesar la carretera nacional de Andalucía, eje vertebral del caserío, representaron obstáculos insalvables en el asentamiento de nuevos barrios cercanos al ferrocarril. Entre los años 40 y 50 se empieza a apreciar un ligero aumento demográfico, la lenta recuperación de la guerra civil y el establecimiento de las primeras manufacturas de muebles en el municipio hacen inevitable la construcción de viviendas para los recién llegados.

Es entonces cuando el Instituto Nacional de la Vivienda presenta un proyecto destinado a construir treinta y tres viviendas unifamiliares, en el camino de la Estación (sobre la Colonia, "Hermanos Miralles, queda pendiente un futuro y particular capítulo en este blog). Este proyecto,  que resulta novedoso pues hasta ahora se había desestimado la idea de residencia permanente en la zona. Mientras en el centro, norte y oeste de la población se iban edificando nuevos inmuebles de tipo colectivo, será el lustro de 1970 a 1975 el momento de renovado interés a cargo de promotoras inmobiliarias en los terrenos próximos a las vías del tren.

Núcleo urbano 1975

Edificio de telefónica años 70

Fábrica de Composan años 70





Fuente:
María Jesús López Portero - Archivera Municipal de Valdemoro
La estación de Valdemoro en el trazado de Madrid-Aranjuez - Fuentes documentales para la Historia ferroviaria

Pozos de Nieve


Imagen de la calle Pozo Chico desde su confluencia con Alarcón, Nicasio Fraile y Tirso de Molina, espacio conocido popularmente como “Las cuatro esquinas". Años cincuenta del siglo XX 

Los pozos de nieve desempeñaron un papel esencial en la sociedad y la economía no sólo de Valdemoro, sino de toda España, entre los siglos XVII y XVIII. Eran un negocio floreciente que reportaba beneficios a las arcas municipales y también a la Real Hacienda, en unos tiempos en los que la nieve y el hielo constituían el único medio posible para conservar y mantener fríos los alimentos.

Hoy día, la calle Pozo Chico es un topónimo que podría remitir a la existencia de un nevero en esa zona del muni­cipio. Hasta tres llegó a tener Valdemoro, dos de ellos regentados por la cofradía de la Minerva y el tercero por el cabildo de San Pedro.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento. El Coronel Aureliano Buendía recordaba aquella tarde remota en la que su padre le llevó a conocer el hielo”
Cien años de soledad - Gabriel García Márquez 

Se descubrieron sus posi­bilidades terapéuticas en hemorragias, inflamaciones y dolores y la utilidad del frío natural para la conserva­ción de los alimentos y para hacer más llevaderos los rigores estivales. Factores decisivos todos ellos que con­virtieron a la nieve y el hielo en artículos de primera necesidad, casi equiparables al pan.

Con el tiempo su uso se fue extendiendo y dejó de ser una mercadería exclusiva de las clases altas para popu­larizarse. La demanda se incrementó de forma espectacular. Fue entonces cuando el agua congelada pasó a ser sinónimo de bienestar y, claro, objeto de intercambio mercantil sobre el que recaía una elevada presión fiscal y un control exhaustivo de su comercio por parte de las autoridades.

En Madrid y su entorno y también en la Corona de Castilla fue un avispado catalán, Pablo Xarquíes, el que consiguió el permiso del monarca Felipe III, a través de un privilegio real de 1607, para explotar en exclusiva el comercio del hielo y la nieve. Xarquies se hizo así con el monopolio del frío.

Era el punto de partida para que lo que empezó siendo una modesta empresa familiar establecida en la entonces denominada calle Alta de Fuencarral en Madrid, se transformara pronto en todo un emporio con 'franquicias" en un buen número de municipios madrileños y castellanos. Era la Casa Arbitrio de la nieve y el Hielo de Madrid y el Reino, que estuvo ope­rativa entre 1607 y 1863. 

Una de sus delegaciones estuvo en Valdemoro. Xarquíes cedía sus derechos monopolísticos mediante una licencia de arrendamiento que, en el caso de Valdemoro adquirió la cofradía de la Minerva, con sede en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción. Así entraron en funcionamiento el pozo grande y el chico.


Años después fue el cabildo de San Pedro, también establecido en la iglesia parroquial, quien decidió hacer la competencia a la hermandad de la Minerva.

Tanto ésta como el hielo tenían un precio similar que osciló entre los 12 y los 18 maravedíes la libra, aunque en tiempos de escasez llegó a alcanzar los 24 maravedíes.

Claro que no todo eran beneficios. El manteni­miento de los almacenes de hielo y nieve requería de atención constante para garantizar la conservación del agua helada y evitar las pérdidas que ocasionaba su derretimiento. Los libros de cuentas de la cofra­día de la Minerva, que custodia el Archivo Parroquial de Valdemoro, reflejan claramente ganancias y gastos de mantenimiento entre los que -amén de los 330 reales por año que abonaban al titular del privilegio de explotación- se contaban las obras de acondicionamiento constantes.

Catastro de Ensenada 1753, 
menciona la existencia de un pozo de nieve.

Las inmediaciones de Somosierra, Navacerrada, Peñalara, los ventisqueros de Colmenar Viejo y espe­cialmente la casa-solar que Xarquíes poseía en el con­cejo de Chozas (hoy Soto del Real) fueron los princi­pales puntos de aprovisionamiento de hielo y nieve.

Las expediciones desde estas localidades para hacer llegar a la capital cantidades ingentes de producto eran frecuentes y se realizaban con periodicidad diaria a eso de las seis de la mañana.

La época de trabajo más duro comenzaba a finales del invierno o en los albores de la primavera. Era entonces cuando las cuadrillas de hombres que ejer­cían el oficio de neveros recogían en capazos las nie­ves tardías, las más resistentes, y las llevaban a los depósitos en serones especiales donde se las aislaba con paja. El transporte se efectuaba en carros tirados por cuatro mulas en horario nocturno para evitar que las altas temperaturas diurnas transformaran el hielo en agua. Los viajes de nieve eran, en definitiva, toda una heroicidad que se pagaba a 11 reales la carga.

La Casa Arbitrio de la calle Alta de Fuencarral era el almacén central de abastecimiento del imperio del frío montado por Xarquíes y de allí se distribuía a los pue­blos de los alrededores de Madrid, Valdemoro incluido, donde se ponía a la venta en tabernas, abacerías y alo­jerías (establecimientos en los que se comercializaba la aloja, una bebida refrescante elaborada a base de agua miel, canela y otras especias que cada alojero mezclaba a conveniencia).

Sección y planta de un pozo de nieve

Los pozos eran unas construcciones generalmente de planta circular, constaban de una profunda cavidad en el suelo que era la que hacía las veces de almacén, sobre la que se levantaba una bóveda de no demasiada altura construida con piedras, que tenía por objetivo proteger la nieve y el hielo de los nocivos efectos de la luz solar. El acceso de los operarios a esta cripta abovedada se realizaba por una pequeña puerta, mientras que el agua de deshielo salía a través de un desaguadero abierto en la parte interior. Su capacidad de almacenaje oscilaba entre las .000 y las 10.000 arrobas (92.016 y 115.020 kilos)

Tanto la nieve como el hielo se depositaban juntos en la parte subterránea del pozo, separados por capas de paja y cubiertos con sal y, a veces, con estiércol que actuaban como aislantes naturales.

Guando llegaba el verano, cada pozo tenía un respon­sable cuya misión era vigilarlos y vender, siempre des­pués del crepúsculo, el nielo al por mayor a botilleros o abaceros que luego eran los encargados del comercio detallista de agua helada.

Dibujo de los pozos de nieve del Real Sitio de Aranjuez

el pozo grande y el chico

Por lo que se refiere a Valdemoro, con los dos neve­ros con que contó primero y el que luego puso en mar­cha el cabildo de San Pedro estaba bien servido.

Si bien se desconoce la ubicación de todos ellos, pudiera ser que al menos uno de la cofradía de la Minerva, el que aparece en las cuentas de la hermandad con el nombre de "pozo chico", se levantara en la calle del mismo nombre. De hecho, esa vía se llamó por un tiempo Pozo Chico de la Nieve.

El pozo grande fue el primero en construirse (1668) aunque para sufragar las obras, la cofradía hubo de empeñarse con un censo o préstamo por el que debía abonar 150 reales de vellón anuales, en calidad de rédi­tos, al convento de las Descalzas Reales de Madrid.

Sin embargo, el pozo chico -ubicado en un extremo del pueblo próximo al camino real, se compró ya construido, un año después, por 1.325 reales.


No es, sin embargo, hasta 1670 cuando los cofrades tramitan la autorización para comercializar la nieve, comprometiéndose a pagar 330 reales por año durante los tres lustros por los que se les otorga la licencia.

Entre 1674 y 1680 las ventas del pozo grande pasa­ron de 14.228 reales a 22.000, mientras que las del pozo chico descendieron en 1.000 reales, de 5.800 a 4.800.

Ya en los primeros años del siglo XVIII los gestores de los pozos valdemoreños decidieron proveerse de materia prima ahorrándose los costes de transporte de la nieve desde los ventisqueros serranos o, al menos, incrementar la producción. Así fue como se habilitaron en el pueblo unas charcas o balsas para almacenar agua que se congelaba por acción de las bajas temperaturas en las noches de invierno. Según figura en las cuentas de la cofradía la inversión ascendió a 76 reales.

Los dos pozos y este nuevo recurso productor de hielo garantizaron a Valdemoro un abastecimiento de frío natural tan importante que incluso llegó a expor­tarlo a la capital.

Pero en pocos años dejaron de ser necesarias tanto las balsas como los propios pozos. El negocio, en Valdemoro, inició un declive en la década de los veinte del siglo XVIII que llevó a la desaparición de los neve­ros y de todo el entramado económico y comercial que se había desarrollado en torno a ellos.

De hecho, en el Catastro de Ensenada, de 1753, se refle­ja un único depósito de hielo y nieve en servicio: el pozo chico.




Fuente:  Libro "Edificios que son historia"- Valdemoro

"Entre Pinto y Valdemoro", el origen


El significado de la popular frase es estar indeciso, vacilante entre dos cosas u opiniones parecidas o próximas, ambigüedad, indefinición, adoptar una actitud ecléctica, es decir, ni lo uno ni lo otro. Asimismo, también se aplica al que se encuentra en estado de ebriedad, medio borracho o entre dos luces.

Pero, ¿por qué este lugar fue elegido por la tradición oral para metaforizar la indefinición o un pronóstico incierto de futuro? Hay versiones y explicaciones para todos los gustos.

Una leyenda de origen dudoso, es la responsable de la versión más extendida. Habla de una persona amante de la bebida y frecuentador de las tabernas de ambos municipios, saltando un riachuelo que marcaba la frontera entre los dos al mismo tiempo que se jaleaba a sí mismo: “¡Ahora estoy en Pinto, ahora en Valdemoro!… ¡Ahora estoy en Pinto, ahora en Valdemoro!…”, hasta que, una de esas veces, quizá con más vino encima de lo acostumbrado, se cayó en medio del arroyo, viéndose obligado a corregir su frase de ánimo: “¡Y ahora estoy entre Pinto y Valdemoro!”. Hay que decir que entre sus territorio jamás existió un riachuelo lo suficientemente caudaloso como para que ninguna persona, por muy borracha que estuviera, se cayera en él.



Pero esta misma historia, sustituyendo el arroyo por una zanja, fue contada en el periódico político satírico “GIL BLAS” de fecha 16 de febrero de1868. En “Viaje a Andalucía”, Florencio Moreno Godino recordaba la historia de la célebre zanja de esta manera:

“Como yo no sabía la historia de la zanja, supongo que tampoco la saben mis lectores.

Allá va, tal como me la contó el enano.

Al día siguiente de haber sucedido en Madrid el motín llamado de Esquilache (marzo 1766), dos de los principales amotinados, viendo fracasada su intentona, se salieron de la corte y comenzaron a vagar por los alrededores, entrando de vez en cuando en algún ventorrillo, para olvidar sus decepciones, ahogándolas en vino.

Uno de ellos era de Pinto y la querencia le atrajo hacia su pueblo. Su compañero le siguió con esa fraternidad que inspira la bebida, y ambos camaradas se hallaron, sin saber cómo ni cuándo, al lado de la zanja en cuestión.

Uno, el más bebido se sentó al borde de ella, mientras el otro, que era el natural de Pinto y que se encontraba en esa primera etapa de la chispa, en la que la lengua y el cuerpo necesitan moverse mucho, comenzó a saltar del uno al otro lado de la zanja.

Esta zanja servía de línea divisoria entre el término de Pinto y el de Valdemoro, cuya circunstancia daba lugar a que el borracho luciese las galas de su imaginación.

Daba un salto y decía:

-Ahora estoy en Pinto.

Saltaba a la parte opuesta y decía:

-Ahora estoy en Valdemoro.

Repitió los saltos y los dichos, pero en una ocasión se le fue un pie y cayó al fondo de la zanja, en donde se quedó tendido a la larga.

Entonces el compañero, que había presenciado gravemente aquellos ejercicios, le preguntó: -¿Y ahora dónde estás?

–Ahora estoy entre Pinto y Valdemoro."



Varias explicaciones aluden a la fama que tenían los vinos de los municipios de Pinto y Valdemoro. A principios del siglo XVI, hay constancia escrita de que eran muy celebrados los vinos de ambos municipios.

Otro origen etílico de la frase, relaciona como Valdemoro tenía fama de tener uno de los vinos de mayor calidad del reino. El vino pinteño, sin embargo, era inferior al valdemoreño. Por ello, se cuenta que cuando alguien tomaba un vino que no era ni bueno ni malo se decía: «Está entre Pinto y Valdemoro».

También aludiendo a la fama del vino de ambos municipios, “Vino tinto, si no hay de Valdemoro, démelo de Pinto”, es un refrán recogido por Rodríguez Marín en su “Diccionario de refranes” de 1926. Luis Martínez Kleiser en su “Refranero general ideológico español”, de 1953, comentó esta última cita diciendo que “el recuerdo de tales vinos creó la frase entre Pinto y Valdemoro, aplicada a los que se alegran con ellos”.

El hispanista L. Beinhauer afirmaba en “El español coloquial” que la frase comenzó a decirse de la persona que empieza a achisparse, en alusión figurada al que está bebiendo con cierta desmesura.



Pero parece más razonable acudir a versiones menos imaginativas; en concreto, a las que tienen por protagonistas a los reyes.

 Una de ellas es la de los reyes de la dinastía de los Austrias, quienes visitaban a menudo Valdemoro, su lugar de descanso de camino a Aranjuez. Al parecer, entre ambos pueblos había una casa con mala reputación, la cual frecuentaba uno de estos reyes de manera asidua. Así, cuando alguien preguntaba dónde estaba el monarca, se decía que estaba «entre Pinto y Valdemoro», para no aludir al lugar concreto.

Valdemoro es un antiguo feudo de los obispos de Segovia y Toledo que Felipe II adquirió para la corona, y Pinto siempre ha presumido de ser el centro geográfico de la Península Ibérica. De ahí parece derivar su antiguo nombre, Punctum.


Por su parte, el historiador local Gonzalo Arteaga sostiene en el libro "Pinto, este es mi pueblo", que el origen de la frase se remonta al siglo XIII, cuando Madrid y Segovia pugnaban por las tierras de Valdemoro y Pinto. Finalmente tuvo que intervenir el rey Fernando III, quien decidió poner fin a este enfrentamiento asignando Pinto a Madrid y Valdemoro a Segovia.

Esta separación fue llevada a cabo mediante la colocación de 42 hitos en los lindes de ambos territorios, algunos de los cuales permanecen en la actualidad.

Fernando III el Santo de Castilla, según proclama la historia, asistió a la colocación de los hitos, zanjando de esta forma una vieja disputa fronteriza entre ambos pueblos, cuyos monarcas, en sus desplazamientos de ida y vuelta a Aranjuez, solían parar a comer y a dejar que descansasen los tiros de sus carrozas en una venta que había en el punto intermedio del camino, que coincidía con el del recorrido entre Pinto y Valdemoro.


Otras fuentes afirman que el dicho procede de la época de la reconquista. Sostienen que Valdemoro es una villa de origen árabe que fue conquistada por Alfonso VI, mientras que Pinto, también de pasado musulmán, fue tomada con anterioridad. Según esta versión, el dicho habría surgido de la convivencia entre cristianos y musulmanes.


Según Andrés Marín Pérez, en “Guía de Madrid y su provincia”, de 1888, existían dos maneras de explicar el origen de la frase:

“Dícese que un día había un borracho que iba de Pinto a Valdemoro,...... (y el resto ya lo conocemos)

Otros dicen que fue originada esta frase porque los reyes tenían costumbre de ir de caza a los montes de los citados pueblos, y que en una ocasión riñeron éstos por cuál había de ser el preferido para la estancia del Monarca. Este cortó la cuestión disponiendo que le pusieran la mesa en el límite de los dos pueblos y que asistieran a la comida vecinos de ambos. Satisfecho el rey con la solución del asunto indicado, parece que bebió bastante, y su primer Ministro se permitió decirle con el debido respecto: Parece que V. M. se va poniendo entre Pinto y Valdemoro.”


Como hemos visto, no existe consenso respecto al origen de la expresión, por lo que queda en tus manos el decidir con qué versión te quedas.