La festividad del Cristo de la Salud no está asociada a una fecha concreta; se celebra el primer domingo después del 3 de mayo, cuando se conmemora la Santa Cruz.
Grabado a buril sobre cobre - Lorenzo Martín Menor, 1763
Antiguos cronistas remontaron su origen al siglo XV, pero su patronazgo sobre Valdemoro se remonta a 1650, año en el que la Cofradía de la Vera Cruz solicitó al cardenal arzobispo de Toledo el permiso para la celebración de una fiesta anual en su honor, autorización que le fue concedida, creando así una tradición que continúa.
Por
tanto, se puede decir que la hermandad de la Vera Cruz fue la precursora de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Salud, la cual canaliza hasta la actualidad la devoción de la población de Valdemoro por su patrón.
Procesión del Santísimo Cristo de la Salud,
saliendo del convento de las monjas Clarisas, año 1915
El año 1721 fue el de su fundación, fecha en que se aprobaron las ordenanzas de la actual cofradía con el propósito de honrar la imagen del Santo Cristo el primer domingo de mayo después de la Cruz y asistir en enfermedades, entierros y todo tipo de necesidades a sus cofrades. La cofradía estaría compuesta por doce sacerdotes y un número indeterminado de seglares, que se iría incrementando a través del tiempo.
Ermita del Santísimo Cristo de la Salud, sobre 1900
Se desconoce el momento de la erección ni origen de la Ermita del Santísimo Cristo de la Salud. Se sabe de su denominación inicial, Ermita del Cristo de la Sangre, del Santo de la Sangre, de la Veracruz. Su origen sería un humilladero que, según testimonios históricos, obtuvo indulgencias del Cardenal Mendoza en el siglo XV y diversos historiadores de la villa fechan su nacimiento en este momento y le asignan como la primera iglesia de Valdemoro. Seguramente a finales de este siglo o comienzos del XVI se construiría el primer santuario. A finales del siglo XVI, en 1575, recibe un legado para su "engrandecimiento" y en 1614 una herencia para su reparación, ambas realizadas por la familia Correa. La capilla actual es una construcción sufragada por la Cofradía de la Veracruz, tras la aprobación de sus ordenanzas en 1650 por el arzobispo de Toledo.
Ermita del Cristo de la Salud, antes Cristo de la Sangre, 1942
El retablo barroco-neoclásico que preside la capilla mayor, conservado con camarín y estructura de columnas salomónicas y estípites, fue restaurado recientemente por la cofradía Cristo de la Salud y alberga la imagen del Santo, reconstruida en 1939 tras su desaparición en la Guerra Civil.
Fiesta del Santísimo Cristo de la Salud
Poco a poco se fueron añadiendo elementos profanos a los actos religiosos que habían protagonizado la festividad en sus comienzos. Al final, estas celebraciones se convirtieron en las primeras fiestas patronales que se celebrarían en la Villa de Valdemoro. Más de 350 años de tradición abalan el arraigo que Valdemoro siente hacia su patrón. Junto a la procesión de la imagen que recorría las calles principales entre la Ermita y la Parroquia, sermones y misereres, iban apareciendo otros componentes paganos para engrandecer y popularizar la fiesta.
De igual forma que en las cofradías del Rosario, San José y Sacramental, fueron los juegos de cañas y de toros los primeros en formar parte de las diversiones.
En la segunda mitad del siglo XVIII serían incorporados los bailes de todo tipo, que contribuyeron a dar colorido a los actos organizados y que mermaban el presupuesto, pues por ejemplo, solamente el alquiler de los trajes para los danzantes ocasionaba un gasto de 20 reales en 1760.
Procesión por la plaza de la Constitución, 1954
A finales del siglo XIX con la instalación de la luz eléctrica en Valdemoro, en 1898, la procesión y las actividades programadas adquirirían una mayor brillantez, pues todo el recorrido fue iluminado por lámparas incandescentes.
En procesión, saliendo de la ermita, años 60
Pólvora, luminarias, enramadas y la intención de los vecinos de que su pueblo luciera radiante mediante el encalado de casas y arreglo de calles, contribuyó en buena medida a que estos festejos valdemoreños se reconocieran más allá de la comarca a través del tiempo.
Este año 2021, el Ayuntamiento de Valdemoro, siguiendo la recomendación emitida el pasado 27 de enero por la Mesa de Trabajo Covid de la localidad, ha decidido suspender por segundo año consecutivo las fiestas de mayo en honor al Santísimo Cristo de la Salud, debido a la situación sanitaria provocada por el Covid-19, en busca de “proteger la salud de la población” ante el previsible incremento del contacto social que podría producirse.
Los oficios religiosos se podrán celebrar en el interior del templo, cumpliendo las medidas anticovid, pero las cofradías de Valdemoro, en acuerdo con orden de la Diócesis de Getafe y el ayuntamiento, decidieron la suspensión de las procesiones.
Si la suspensión en el año 2020, de todos los actos, fue triste y doloroso, este año existe el añadido de que se trata de una fecha especial, principalmente para la Cofradía del Santísimo Cristo de la Salud, ya que cumple 300 años. Valdemoro no podrá celebrar, como merecería la ocasión, tal acontecimiento histórico.
A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, Valdemoro, con unos 3000 habitantes, gozaba de una animada vida cultural. En verano, la población aumentaba notablemente gracias a la llegada de una colonia veraniega anual que estaba compuesta por miembros de la burguesía y la aristocracia madrileñas. El 11 de noviembre de 1914, el periódico La Región publicaba un artículo en el que decía:
«Valdemoro, por su proximidad a la capital de España, por los Colegios de la Guardia Civil… porque fue y es albergador de hombres ilustres, por el nombre y los títulos de sus primeros contribuyentes, tanto en lo territorial como en lo urbano, por las personalidades que le visitan constantemente, no es un poblacho. Es un pueblo muy importante, digno de cabeza de más relieve, de más ilustración y mayor posición social.»
Entre 1875 y 1925 coincidieron en Valdemoro un notable grupo de personajes, de todos ellos los que mayor impronta debieron dejar en los círculos culturales del municipio, tanto por su dilatada permanencia, como por sus relaciones sociales fueron los Larra.
Dos de sus descendientes, Jesús Miranda de Larra y Onís y Paloma Barrios Gullón, pusieron a disposición de investigadores y estudiosos en general una selección documental de sus archivos personales a través de la red y gracias a la consulta de este fondo y al conservado en la Biblioteca Nacional se pudo conocer el estrecho vínculo de los Larra con Valdemoro. A partir de ese momento una profunda labor de investigación en la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional, en el Archivo Municipal, en el Registro de la Propiedad y en el Archivo Histórico de Protocolos de Madrid llevó a recopilar numerosa información.
Los Larra en un estudio fotográfico - finales del siglo XIX
De izquierda a derecha: Luis Mariano de Larra, Luis de Larra, el fotógrafo y Mariano de Larra.
El vínculo de los descendientes de Fígaro con Valdemoro se remonta a 1865 cuando su primogénito, Luis Mariano, aparece en la documentación municipal como propietario de una casa en la calle de la Salud, circunstancia que le llevó a dirigirse al Ayuntamiento para solicitar la construcción de una acometida de alcantarillado al colector general.
"Se dio cuenta de una exposición hecha con fecha primero de junio pasado presentada por D. Luis Mariano de Larra, vecino de Madrid, dueño de la casa calle de la Salud número primero para que se le permita hacer una alcantarilla para dar salida a las aguas tanto llovidas como de riego para introducirlas en la general de la calle Grande y el Ayuntamient acordó concederle el permiso en las condiciones de ser de su cuenta la construcción, teniendo tres cuartas de alto y media vara de ancho, dejando libre la calle...”. (ARCHIVO MUNICIPAL DE VALDEMORO).
Poco después, a fin de mejorar la disposición de la finca volvió a dirigirse al Consistorio para que le vendiera una parcela de terreno sobrante y alinear la propiedad. Son varios los documentos de estas características que entre 1865 y 1867 muestran una presencia en el pueblo de manera más o menos continuada.
Luis Mariano de Larra en su despacho
Luis Mariano de Larra y Wetoret escribía así en una carta a un amigo, cuando decidió venir a vivir a Valdemoro:
«Hastiado de la corte política y literaria de España hace mucho tiempo, decidí levantar mi casa y venir a sentar mis reales y a emplearlos en este rincón pacífico que no envidia por la paz y el silencio a los profundos desiertos del África. Con todo el capital que en 17 años de trabajo incesante logré reunir, lo he empleado en la para mí deliciosa posesión que he construido y la única renta que me proporciona es la tranquilidad con que vivo, la libertad con que trabajo, la quietud egoísta en que vegeto y la salud y alegría de mis hijos.»
A partir de entonces los Larra se convirtieron en visitantes asiduos y, con el devenir del tiempo, llegarían a pasar largas temporadas y estrecharían el contacto con la cultura local, como lo demuestra la donación de un buen número de obras a la Biblioteca Popular, dirigida por Matías Bravo de la Zarza, entre 1870 y 1873.
Pero pronto la familia se trasladó a otro lugar alejado del centro, casi a las afueras del caserío, quizá porque en 1876 los suegros de Luis Mariano, Rafael Ossorio Martinengo y María Romero Ortiz, decidieron adquirir una finca en la calle de las Monjas con el importe de una herencia recibida por la esposa. La vivienda, situada en uno de los lugares más atractivos del casco urbano, entre la iglesia parroquial y el convento de franciscanas fundado por el duque de Lerma, estaba “compuesta de planta baja y principal, distribuida en varias habitaciones con pozo, cueva, patio, leñera y otras dependencias, ocupando una superficie de once mil trescientos veinte pies superficiales”. Fue valorada en 45.000 reales, según aparece especificado en el Registro de la Propiedad de Valdemoro. El inmueble, que con el tiempo llegaría a tener el sobrenombre de “la casa Larra”, se convirtió en un referente familiar para la familia Larra-Ossorio.
A principios de siglo Luis Mariano compró la vivienda colindante, seguramente para acoger con más comodidad a los nuevos miembros que se iban incorporando, vástagos de sus hijos María y Luis, o para recibir a sus innumerables visitantes, no sólo los que también pasaban el verano en la villa, sino los que llegaban esporádicamente desde Madrid.
Probablemente, uno de los que con mayor frecuencia asistiera a la residencia de la calle de las Monjas fuera el compositor Manuel Fernández Caballero, colaborador de Luis Mariano en algunas de sus obras "José María" (1851) y "El atrevido en la corte" (1872), pero sobre todo su hijo, Manuel Fernández de la Puente, coautor de muchos de los libretos de Luis, también autor teatral y cuyos lazos de amistad llegaron a ser tan grandes que De la Puente fue el padrino de su nieta Felisa. Otro incondicional, Luis Cortés Suaña, taquígrafo y director del Diario de Sesiones del Senado, además de adaptador de obras de la dramaturgia francesa, debió acudir también asiduamente y tal vez participara con frecuencia en sus veladas teatrales y literarias; las relaciones entre ambas familias llegaron a ser tan fuertes que acabaron en parentesco, cuando su hijo Ricardo se convirtió en el segundo esposo de María, la única hija de Luis Mariano.
En 1918, años después de la muerte de Luis Mariano, Cristina, su viuda, decidió vender la mitad de la casa, justo aquélla que heredara de su madre, María Romero, para conservar la parte que adquiriera con Larra a principios de siglo. La segunda generación de descendientes de Fígaro, siguió frecuentando el municipio, que era elegido como lugar preferido de descanso por sus hijos Mariano y Luis; al primero le sorprendió la muerte en Valdemoro en 1926. Pero el lazo se mantuvo más allá de nuestro ámbito cronológico y, pese a que la familia debió vender la antigua residencia de veraneo quizá con motivo de los desastres de la Guerra Civil, los nietos, bisnietos y tataranietos de Luis Mariano y Cristina no quisieron perder el contacto con la localidad. Precisamente, el hijo de Luis, Carlos de Larra Gullón, afamado crítico taurino bajo el seudónimo de Curro Meloja, se casó con una valdemoreña y fue nombrado hijo adoptivo de Valdemoro, según acuerdo plenario del 30 de abril de 1955.
Luis Mariano de Larra y Wetoret
Hijo de Mariano José de Larra y Sánchez de Castro y su esposa, Josefina Wetoret Martínez, nació en Madrid el 17 de diciembre de 1830 y fue bautizado en la iglesia de San Sebastián de la calle Atocha el día 26. Fue un niño inteligente que vivió con el padre y los abuelos paternos más que con la madre. Larra no le vio cumplir los 7 años. Asistió al Real Colegio de Escuelas Pías de San Antonio Abad, como en su día lo hizo el padre, y fue un autor dramático y de libretos de zarzuela renombrado, muestra de ello su obra más conocida, "El barberillo de Lavapiés".
Luis Mariano de Larra y su mujer Cristina Ossorio - 1856
En 1856 se casó con la actriz Cristina Ossorio Romero, hija y hermana de actores. Su boda fue objeto de interés para las crónicas sociales. Los hermanos Ossorio, Fernando y Manuel, fueron acreditados intérpretes del mundo escénico. El primero también publicó algunas obras, entre ellas la compuesta con Ricardo Puente y Brañas titulada Entre Pinto y Valdemoro o La doble vista (1860), estrenada en el teatro de la Zarzuela de Madrid. Del matrimonio Larra-Ossorio nacieron tres hijos: Mariano (1858), María (1859) y Luis (1863).
Manuscrito de Luis Mariano de Larra
Antes de su matrimonio, Luis Mariano ya había empezado a trabajar con la pluma como oficial de La Gaceta de Madrid (1847) y en 1856 ocupaba el cargo de redactor jefe. Colaboró en los periódicos Las Novedades, La Iberia, La Patria, La Época, El Teatro, El Semanario Pintoresco, La Ilustración Española y Americana y otros muchos. Pero el reconocimiento le llegó a través de las más de un centenar de obras dramáticas escritas desde muy temprana edad (en 1851, con tan sólo veinte años, puso en escena en el teatro del Circo de Madrid, "Un embuste y una boda", ópera bufa en dos actos), muchas de ellas libretos de zarzuelas editadas con la participación de compositores de la talla de Barbieri, Gaztambide, Fernández Caballero y Arriola y programadas en las mejores salas de España con gran éxito de público y crítica. Sería muy prolijo para estas líneas relacionar las innumerables publicaciones que llevaron su firma, pero no se puede dejar de recordar las más conocidas, desde las obras más juveniles como La Virgen de Murillo (1854) o La oración de la tarde (1858), hasta las escritas en plena madurez, como las zarzuelas El barberillo de Lavapiés (1874), Chorizos y Polacos (1876) o Las campanas de Carrión (1888), pasando por las novelas publicadas en la última etapa de su vida: La última sonrisa (1891) o Si yo fuera rico (1896).
Su trayectoria también recibió una recompensa institucional; el 14 de diciembre de 1872 le fue otorgada la Gran Cruz de la Real Orden de Isabel la Católica. Pero la prensa se hizo eco en el momento de su muerte del olvido en que había sucumbido: “Madrid pierde con D. Luis Mariano de Larra uno de sus hijos más populares en la escena dramática durante la segunda mitad del pasado siglo XIX, a cuya generación de hombres ilustres tan mal está tratando en sus principios el siglo XX” (22 de febrero de 1901, El Liberal) . Luis Mariano murió de una angina de pecho en su casa de la calle Atocha, 122 de Madrid, el 20 de febrero de 1901.
Luis de Larra y Ossorio
El tercer hijo de Luis Mariano y Cristina nació en Madrid el 31 de mayo de 1863 y después de obtener el grado de bachiller y aprobar varios cursos de Medicina decidió dedicarse a la literatura, siguiendo la estela familiar. Sin embargo, quizá para asegurarse un futuro económico que la afición literaria presumía incierto, comenzó a trabajar en el ministerio de Hacienda donde desempeñó diferentes
puestos de responsabilidad que le llevaron a viajar por varias capitales europeas en comisión de servicios (1886) y a la isla de Cuba (1897); allí le sorprendió el desastre del 98 y debió ingresar en el cuarto batallón de voluntarios de La Habana.
A su regreso a España se dedicó por completo al mundo teatral, en 1900 ocupaba el cargo de director artístico del teatro Cómico de Madrid y al año siguiente era nombrado vocal de la Junta directiva de la Asociación de Actores, Compositores y Propietarios. Escribió casi un centenar de obras, desde que triunfara en el teatro Eslava con uno de sus primeros títulos, Salirse con la suya (1882), hasta pocos días antes de su muerte en 1914 cuando se puso en escena La catedral , escrita conjuntamente con su inseparable amigo Manuel Fernández de la Puente, como tantas otras que firmaron entre los dos. De Herodes a Pilatos o El rigor de las desdichas, Los dineros del sacristán, El fantasma de fuego, Hace falta un caballero… fueron aplaudidas por un público entregado cada vez que se ponían en escena, a tenor de los columnistas de los diarios más prestigiosos.
Luis de Larra y Osorio con su familia, nieto de Mariano José
Se casó con Felisa Gullón Fernández de Terán y tuvieron tres hijos, Carlos, conocido con el seudónimo de Curro Meloja, que continuó la tradición familiar y fue un reconocido periodista y crítico taurino y Pilar y Cristina, aficionadas a la farándula, como buenas herederas de los Ossorio y los Larra, participantes asiduas en las veladas teatrales y literarias organizadas en el municipio.
Luis de Larra y Osorio
con el maestro Manuel Fernández Caballero
Ese tipo de vida no fue obstáculo para que los intermedios entre una gira y otra y los momentos de descanso los quisiera disfrutar con sus parientes y amigos en la posesión familiar de Valdemoro. Aquí eligió retirarse una temporada para recuperarse de la enfermedad que le tenía postrado desde hacía tiempo, la tuberculosis, que le había obligado a distanciarse paulatinamente de la vida literaria. Ante la gravedad de su dolencia y desahuciado por los médicos pensó que quizá la vida tranquila y los aires sanos campestres podrían devolver a su cuerpo las fuerzas perdidas, y así, con el fin de conseguir tan ansiado objetivo, se trasladó a la casa de Valdemoro. Pero por desgracia no encontró mejoría y volvió a la capital para intentar recuperarse. Murió en Madrid el 19 de mayo de 1914 y la noticia de su fallecimiento causó tan hondo pesar en los medios periodísticos y literarios que ocupó varias columnas en los principales diarios del país.
Mariano de Larra y Ossorio
Nació en Madrid el 15 de agosto de 1858 y su infancia transcurrió entre literatura, artistas eminentes y todo cuanto con el teatro se relacionaba. Después de cursar el bachillerato en las Escuelas Pías de San Antón estudió tres cursos de Arquitectura, fue alumno de la Academia de Caballería, pero abandonó la carrera militar para ingresar en la redacción de La Época. Siguiendo la tradición literaria familiar estrenó en Madrid varias obras teatrales, algunas de ellas representadas por él mismo. Más tarde, se lanzó de lleno a la profesión de actor, debutando en el teatro de la Comedia el 25 de septiembre de 1883. A partir de entonces empezó su verdadera carrera profesional, figurando en las principales compañías y actuando como primera figura y director en los teatros de Recoletos, Maravillas y Príncipe Alfonso. Después de recorrer las ciudades españolas más importantes, entre abril y septiembre de 1893 cruzó el océano con una gira que le llevaría a actuar en las salas más afamadas de Montevideo, Buenos Aires y Rosario de Santa Fe.
Fotografía de Mariano de Larra caracterizado como actor - Museo Nacional
Volvió a España en donde permaneció cosechando éxitos hasta 1902, fecha en la que retornó a América. Cuando sus compañeros dejaron La Habana (1903) él permaneció en la capital caribeña donde recibió el encargo de reorganizar y dirigir el prestigioso teatro Albisú. Allí llegó a ser considerado el mejor director y el actor más querido y popular de cuantos habían pisado el suelo cubano desde las épocas de José Valero y Ricardo Zamacois, hasta el punto de ser nombrado profesor de declamación del Conservatorio Nacional habanero (1903). Pero el clima tropical hizo estragos en una persona de salud delicada y debió regresar a la patria en 1904.
En la Biblioteca Nacional de Madrid se conserva un documento curioso, se trata de una autobiografía escrita por Mariano de Larra y Ossorio, primogénito de Luis Mariano y Cristina; en realidad más bien resulta ser una necrológica porque, según sus propias palabras:
“Ante la posibilidad de que al ocurrir mi fallecimiento los principales diarios de Madrid y quizá alguno de provincias deseen dedicar unas líneas a mi memoria, he recopilado los principales pormenores de mi vida pública formando esta especie de autobiografía, para que la prensa, utilice de ella, lo que crea digno de publicarse…”.
Con cierta sorna añadía: “De ilustre abolengo literario y artístico procedía el célebre actor recientemente fallecido cuyas dotes, premiadas con general aplauso durante cerca de cuarenta años, son desconocidas por la presente generación…”.
El testimonio, sin fecha, debió redactarlo muy poco antes de morir (1926), quizá sospechando su inminente fin. Su vida profesional agitada, constantemente viajando de un lado para otro, no le impidió que pasara temporadas de descanso en su residencia familiar de Valdemoro, donde murió, según dejó escrito el reportero de ABC: “En su casa de Valdemoro, donde, hace algún tiempo vivía, retirado de la escena, ha fallecido, víctima de cruel dolencia, el notabilísimo actor D. Mariano de Larra y Ossorio, cuyas dotes artísticas, premiadas con general aplauso durante cerca de cuarenta años, son desconocidas por la presente generación” (9 de octubre de 1926).
"Escribir es llorar, es buscar voz sin encontrarla…” Mariano José de Larra
Fuente principal:
Los Larra y su tiempo - Ayuntamiento de Valdemoro (2010)
Textos y documentación: María Jesús López Portero Archivo Municipal Registro de la Propiedad de Valdemoro Paloma Barrios Gullón, tataranieta de Luis Mariano de Larra Biblioteca Nacional Museo Nacional del Teatro Universidad de Valencia
Música: Ruperto Chapí: Preludio de "Música clásica" (1880)
El convento de Franciscanas de Santa Clara de Valdemoro se encuentra situado en el límite sudeste del casco urbano, en la plaza de las Monjas, uno de los puntos de confluencia viaria de mayor trascendencia al coincidir en él la calle de ronda, Luis Planelles, y el importante eje del antiguo Camino Real por la calle Duquesas. Dicha ubicación atrajo un grupo de grandes casonas nobiliarias y de labor que ofrecieron sus fachadas al realce del conjunto urbano, todavía hoy sugestivo.
En la parte superior del terreno, en declive hacia mediodía, se sitúa el edificio, muy cercano al casco urbano; la iglesia se abre a la villa y el convento se adosa a su paño meridional, con dos niveles cerca del templo y tres en la zona más alejada, con la ladera sostenida mediante dos gruesos muros de contención de sillería. Se accede al templo directamente desde la vía urbana y al convento a través de un pequeño patio separado de la plaza de las Monjas por una construcción de dos plantas que conforma un angosto atrio con el crucero, hoy vallado en la portada principal del templo.
Sección, 1989. Arq. José M. González. Archivo de la Consejería de Educación.
Alzado principal, 1989. Arq. José M. González. Archivo de la Consejería de Educación.
Originariamente el conjunto tenía una traza muy compacta que sucesivas ampliaciones han desdibujado. El convento primitivo se componía, básicamente, de la iglesia, el cuerpo principal alrededor del claustro con un nivel semisótano equivalente a la planta baja que no es vaciado en su parte norte debido al desnivel existente en la parcela; en él se situaron el refectorio, cocina, lavaderos, leñeras, cámara para los alimentos y bodega con 15 sibiles o nichos para cubas excavadas bajo el claustro y sin revestir -después de la Guerra Civil sólo quedaban 11- así como dos escaleras: la principal, de tres tramos, y otra menor de servicio. Dos puertas permitían la comunicación con la huerta.
A nivel de calle, que sería la planta primera y principal, encontramos una forma prácticamente cuadrada con el claustro en posición central y la iglesia al norte, colindante con el caserío, hecho que permite su uso por los fieles de Valdemoro. El templo se adapta al conjunto del convento mediante unos pequeños ajustes entre el crucero y el claustro con la introducción del comulgatorio y confesionario de las monjas, pero la figura perfectamente regular se rompe al ser un poco mayor la longitud de la iglesia que el ancho de la crujía occidental, lo que provoca un pequeño quiebro en esa fachada. La escalera principal tiene una salida al claustro bajo en uno de sus dos ejes de simetría. En esta planta se sitúan la puerta reglar con el torno y locutorios a los pies de la iglesia, así como la sala capitular, enfermería, sacristía y otras dependencias. Desde dicha puerta reglar se accede a los tornos y locutorios y después a la iglesia en un trayecto de directriz quebrada típico de la arquitectura hispanomusulmana, comunicado a su vez con el paseo del Párroco Don Lorenzo. Desde el convento no existe comunicación directa con el piso de la iglesia. En el siguiente nivel se encuentra el coro sobre los locutorios y torno, frente al altar mayor, más las celdas de la comunidad, distribuidas alrededor del claustro alto. En la planta bajo cubierta se encuentra una cámara o desván.
Planta baja, 1989. Arq. José M. González. Archivo de la Consejería de Educación.
Planta primera, 1989. Arq. José M. González. Archivo de la Consejería de Educación.
Los componentes principales del complejo conventual son la iglesia y el claustro. La primera tiene planta de cruz latina con una sola nave y crucero en cuyo punto de encuentro se sitúa una cúpula fajeada de media naranja sobre pechinas, buen ejemplar de la carpintería de armar del siglo XVII. La nave se divide en tres tramos con bóveda de cañón y lunetos -con un solo hueco exterior en la nave, otro en el coro y uno más en el crucero-; sencillas pilastras toscanas sostienen un arquitrabe -solución, al parecer, muy usada por Francisco de Mora- que marca el arranque de la bóveda y sirve de apoyo al hueco enrejado del coro. Además de vanos retablos modernos sustituidos tras la Guerra Civil, destaca el del altar mayor, dorado y ensamblado -de estilo barroco-, que se compone de dos cuerpos más ático apoyados en el basamento de mármol y una calle, que aloja un gran lienzo de la Encarnación y otro menor de El Calvario en el ático del retablo, rematado por dos entretalles con sendas hornacinas de venera. El coro antiguo, sin uso actual, se quiere reutilizar como museo.
El claustro es cuadrado, de dos plantas y tiene cinco huecos con arcos de medio punto en cada panda y nivel, el piso alto, de menor altura, se cierra con un antepecho. Se realiza de ladrillo visto con machones de pie y medio, sencillas basas, zapatas y arco formado con piezas de medio pie a sardinel más una hilada superior, la imposta y la cornisa se hacen asimismo a sardinel, como la albardilla del antepecho. Todas las pandas se encuentran decoradas con un importante conjunto pictórico referido a la Pasión de Cristo y al santoral franciscano.
Vista interior de la iglesia hacia el altar mayor.
La simplicidad espacial se traslada al exterior directamente, cuyo volumen más característico es el de la iglesia, especialmente desde la calle del Párroco Don Lorenzo, mientras que visto el conjunto desde el valle meridional se subraya el propio convento, que en esta orientación -como ya se ha señalado- tiene tres plantas frente a las dos de la fachada contraria. El edificio se cierra con aparejo toledano, es decir, cajas de mampuesto encerradas entre rafas de ladrillo con esquinales y recercados de huecos de este material. En la iglesia destaca la portada de piedra de Colmenar, obra representativa del barroco madrileño del siglo XVII y similar a las existentes en los Monasterios de Carmelitas de Yepes (Toledo), Medina de Rioseco (Valladolid) y Lerma (Burgos), edificios donde trabajó el carmelita Fray Alberto de la Madre de Dios. Se formaliza con un gran hueco adintelado con moldura de orejas superpuesta a un orden apilastrado posterior con arquitrabe, friso y cornisa. Un frontispicio remata dicho conjunto -como señalaba el pliego de condiciones de la obra del año 1613- que alberga un nicho y estatua de Santa Clara rodeado de pilastras toscanas que sostienen un frontón curvo, acompañadas lateralmente por dos plintos con bolas en relieve y sendas volutas para unir ambos elementos. Dos escudos -uno perteneciente a la Casa de Lerma- escoltan dicho remate superior. El tratamiento de los alzados está cercano al convento de San José de Ávila, de Francisco de Mora, y al monasterio de la Encarnación de Madrid, de Juan Gómez de Mora y Fray Alberto de la Madre de Dios. Otras dos puertas menores, una a cada lado, se construyen del mismo material -piedra blanca- que el resto, compuestas simplemente de dos jambas y dintel superior con arco de descarga de ladrillo a sardinel; la occidental, cegada, se abre a la iglesia, mientras que la oriental, en uso, sirve al pasillo de acceso a la misma desde la puerta reglar .
La cabecera en la actualidad muestra el juego de volúmenes interior de la capilla mayor, los brazos del crucero y la cúpula, así como las habitaciones laterales -que albergan unas escaleras-, en fotos de principios de siglo se puede ver como la esquina nordeste crece en una planta para enrasarse prácticamente con la cornisa del templo, situación que acepta Fernández-Urosa, arquitecto restaurador del conjunto después de la Guerra Civil, pero mejora con una cubierta común a dicho elemento y capilla mayor. A los pies encontramos una sencilla espadaña encalada de dos cuerpos con un hueco de campanas de medio punto. El pequeño y alargado espacio que conforma la fachada de la iglesia, la nave del crucero y el cuerpo revestido de yeso añadido posteriormente fue cerrado con una verja de obra de fábrica y cerrajería que desmerece dentro del conjunto.
Vista interior de la iglesia hacia los píes.
El cuerpo del convento, hoy con diversos añadidos, se realiza con el mismo aparejo toledano que la iglesia, con huecos abiertos -con arcos adintelados de ladrillo a sardinel- en los machones de obra de fábrica que se suceden verticalmente. En el lado occidental se le añadió antes de mediados del siglo XIX dos alas perpendiculares: una algo retranqueada en fachada y otra que unía con el bloque principal un cuerpo de características constructivas y formales similares, pero de menor altura. En la fachada oriental, en cambio, se construyen otros dos cuerpos encalados y formalmente conectados con la arquitectura popular, paralelos a la calle del Párroco Don Lorenzo y que conforman un patio de acceso al convento; se les adosa un pequeño cuerpo en L con el ala más antiguo, abierto a dicha calle y a la plaza de las Monjas -anterior a 1851—- El otro cuerpo, que es el meridional, integra varias aulas con grandes huecos y, según sus características formales, debió erigirse en los años 40 del siglo pasado, o bien constituye una de las partes de la reconstrucción de esta fecha. Otro elemento perpendicular a éste, con fachada a la calle del Duque de Lerma, ha desaparecido.
Estructuralmente el edificio está organizado mediante dos tipos de muros de carga: los de tapial o mampuesto concertado y rafas de ladrillo, para el cerramiento exterior -al modo del aparejo toledano -, y los de fábrica de ladrillo, en el claustro, todos ellos sobre cimientos de piedra y yeso y zócalo de cantería de piedra blanca bien labrada. Los forjados de planta baja se realizan sobre bóvedas de cañón y los restantes de viguetería de madera y bovedillas de yeso y lanchas con pavimentos de ladrillo, a excepción de las habitaciones secundarias con tendidos de yeso. La escalera principal también se hace sobre bóveda de cañón y el peldañeado es de madera. La cubierta se realiza a dos aguas con armaduras de par e hilera y entablado que sostiene la teja curva árabe; sobre la cúpula del crucero de la iglesia se organizan cuatro aguas con una excelente armadura de carpintería de armar -dibujada por Cervera Vera-.
Las tres fachadas sur, este y oeste, propiamente las de la zona claustral, con tres plantas, tienen una composición autónoma respecto al alzado principal, el de la iglesia. Los huecos se ordenan en dos niveles: el inferior, en planta baja, sobre un zócalo que va perdiendo altura según ascendemos por la ladera, que se separa del superior por una imposta, cuyos huecos, pertenecientes a la planta de acceso y primera, presentan curiosos ventanucos intercalados entre ellos. La fachada principal, la septentrional, tiene un eje en la única portada y consigue movimiento dentro de su austero desarrollo gracias al brazo del crucero sobresaliente y el juego de volúmenes de las cubiertas. La unión entre este alzado tan abstracto y sobrio con los más pragmáticos y variados del resto del convento se realiza mediante la homogeneidad de los materiales, tratamiento de los paramentos y volumetría general.
Noticias de la fundación del convento
Archivo del Monasterio de la Encarnación de Valdemoro
El esquema del monasterio es el clásico de esta tipología edificatoria a primeros del siglo XVII: iglesia de cruz latina en dirección este oeste con acceso por el norte a la calle, claustro de tres crujías al sur prácticamente encajado en la fábrica de la iglesia, que constituye uno de los elementos más interesantes por su concepción y formalización de ladrillo.
En un primer momento, en 1609, se estableció el grupo fundador proveniente de las Descalza Reales de Madrid en el hospital de San Andrés de la villa, situado en la calle Grande y propiedad de la cofradía de San Sebastián, hasta la conclusión del convento en 1616 bajo el patrocinio del duque de Lerma, valido de Felipe III y hombre poderoso de la monarquía española en este momento. Precisamente el rey y la reina, Margarita de Austria, asistieron al traslado de las religiosas y las honraron con diversas dádivas. En un primer momento la comunidad se componía de ocho monjas, cuatro de ellas nobles -tres familiares del duque -.
El duque compró los terrenos para la erección del convento en las afueras de Valdemoro en el entorno de la fuente de la Villa. Para financiar la construcción negoció con la villa de Valdemoro una serie de beneficios a cambio de la exención de varios servicios, como el de carros de guía de la corte; asimismo Paulo V le permitió enajenar los bienes de la Cofradía de San Andrés a favor de la construcción.
El tratamiento de las fachadas, similares a las del convento de la Encarnación de Madrid y de las trazas de la Zarzuela y otras casas madrileñas, han hecho atribuir la autoría de las del convento de Valdemoro a Juan Gómez de Mora, al que se requirió como experto para el desarrollo de la obra, aunque es posible que continuara las realizadas por su tío Francisco de Mora -fallecido en 1610, un año después que definiera los corredores de la nueva plaza pública-, como sucedió en el resto de obras del arquitecto fallecido. La redacción de las condiciones del contrato y ejecución de la misma se realizaron por Pedro de Lizargárate, aparejador, y Fray Alberto de la Madre de Dios, técnico e incluso tracista de algunas obras del círculo del duque de Lerma. El constructor Fernández Hurtado, que no puso los materiales, firmó el contrato en 1613 y en 1616, prácticamente acabada, instaló las vidrieras de las ventanas de la iglesia, la cerrajería y las esteras de pavimentos.
Antigua vista desde el camino de lllescas. Memoria de Valdemoro I. Fotografías.
El propio duque de Lerma organizó la provisión de los materiales de construcción, entre los que reseñamos 15.000 carros de piedra de mampostería con 40 arrobas cada uno, 400.000 ladrillos, 64.000 tejas y 18.000 fanegas de cal. Procedía de canteras de Pinto la piedra blanca en sillares bien labrados, solados de ladrillo de Valdemoro y madera de Cuenca para carpintería. Encargó el duque al escultor Antonio Riera los dos escudos laterales de la portada de la iglesia, terminados en 1615, y quiso traer el agua a una fuente en la huerta desde la "fuente vieja", situada en el camino de Illescas -fuente de la Villa-, para lo que se requirieron 4.000 caños de cerámica, además de los necesarios de plomo y llaves de bronce; los trabajos duraron tres años, de 1616 a 1617, y fueron realizados por el fontanero que el duque contrató para su casa y huerta de la Carrera de San Jerónimo, Felipe González. Se localizó también en la huerta del convento un estanque y se cercó con tapia, ambas obras realizadas por Fernández Hurtado y terminadas en el año 1618.
Los Reyes inauguraron el convento y se procedió a entoldar y engalanar las calles para trasladar a las monjas en procesión. A mediados del siglo XVIII tenía 19 religiosas y una novicia.
La comunidad contaba con magníficas propiedades, entre las que se incluían casas, molino de aceite, tierras, eriales y viñas. Su patrimonio se vio mermado tras las desamortizaciones, aunque el convento se mantuvo en funcionamiento.
En 1809 los dos conventos de la villa, el de carmelitas calzados y el de franciscas descalzas, son suprimidos por orden real, pero no se hace efectivo en la comunidad religiosa que estamos tratando.
Valdemoro. Litografía de Pie de Leopold, dibujo de J. Mieg, 1851. Reales Sitios.
Desconocemos en qué fecha se amplía el núcleo de la edificación, pero a mediados del siglo XIX y en una vista meridional del convento de J. Mieg litografiada por Pic de Leopold, se puede divisar la huerta, con su muro y pequeñas edificaciones, así como el cuerpo del convento y los muros de contención laterales, tras los cuales se aprecian diversas construcciones adosadas que deformaron la imagen exterior del conjunto. El cambio más significativo es el patio de acceso desde la calle Duque de Lerma, cerrado por un cuerpo en L adosado al alzado este de la fábrica primitiva y desarrollado a escuadra al norte lindando con la plaza de las Monjas, otra edificación nueva al sur y una tapia con portalón de dos hojas protegido por un soportal. El primer cuerpo se dedicaba después de la Guerra Civil a vivienda de la demandera y huéspedes, en la planta baja, y alojamiento del capellán en la segunda, y la edificación meridional que cerraba el patio, también originariamente en L y de una planta a modo de galería sobre el denominado patio de vacas, se componía en este momento del siglo XX de diversas aulas abiertas al sur al patio de las vacas, en un nivel inferior y que daba servicio a los establos, gallineros, porquerizas y dependencias relacionadas con la actividad agropecuaria. Asimismo, en la nueva fachada a la calle Duque de Lerma se desarrollaba otra nave y en la fachada occidental del convento un grupo de habitaciones auxiliares. El tratamiento de estos nuevos edificios se intentaba adaptar a las pautas estéticas del original utilizando aparejo toledano y cubiertas de teja curva cerámica; las aulas se formalizan con muros revestidos de yeso, grandes ventanales y cubierta a dos aguas de teja cerámica curva, y el cuerpo de la plaza de las Monjas tiene una imagen similar, seguramente por ser los elementos más cercanos al casco urbano. Dicha ala norte que prolonga la fachada principal del templo es, sin duda, la construcción que ha proporcionado un mayor cambio de la imagen urbana del convento, pues si originariamente se abría al espacio creado por el ensanchamiento de la calle del Párroco Don Lorenzo para ofrecer la potente esquina nordeste de la iglesia y su espadaña a la villa, esta arista se oculta con dicha edificación añadida, que constituye la primera visión del conjunto retrasando definitivamente la fachada principal del convento a un segundo plano.
En la parte suroeste del conjunto se realizó el denominado patio del lavadero, que contaba con lavandería y fosa séptica en su plano inferior, mientras que en el superior había una enfermería asimismo abierta a otro patio septentrional, el de la ropa, con unos cobertizos; en un tercer nivel de dicho cuerpo se introdujeron varios roperos y los retretes, según la distribución de la centuria anterior, pero en 1851 los volúmenes principales ya estaban construidos
Sección longitudinal de la iglesia. Reconstrucción de L. Cervera Vera. Boletín de la Sociedad Española de Excursionistas
Desde 1900 establecieron las monjas Clarisas una escuela femenina gratuita con unas cien alumnas anuales hasta la Guerra Civil, atendidas en las aulas del patio de acceso nororiental.
Durante la Guerra Civil fue saqueado el convento y posteriormente sufrió la cercanía del frente y su habilitación como cuartel de las fuerzas nacionales hasta después de acabada la guerra, lo que supuso la destrucción de la mayor parte de sus solados por permitir la entrada de las caballerías, que llegaron a alojarse en el desván subiendo por la escalera principal, que quedó prácticamente derruida. Toda la madera fue utilizada por las tropas, por lo que desaparecieron gran parte de los forjados, armaduras de cubierta, carpinterías y solados. Además, el claustro central perdió parte de los tímpanos de fábrica entre las pilastras, se derruyó la galería del noviciado y su cubierta y la iglesia fue alcanzada por un proyectil en la cúpula. El estado del edificio, en general, era lamentable, razón por la que Dirección General de Regiones Devastadas encarga al arquitecto Luis Fernández-Urosa el proyecto de reconstrucción del mismo, presentado en 1940 y centrado principalmente en la parte escolar, que se tuvo prácticamente que reconstruir, aunque se intervino en todo el conjunto.
En este momento el edificio tenía casi 2.000m. divididos en sótano, plantas baja y principal y desván. La distribución era la siguiente: en los sótanos se instaló el Refectorio, cocina, claustro, lavadero y dependencias de servicio con almacén y acceso a las cuevas, patios y huerta con gallinero, establo, porqueriza, etc.; en planta baja, la iglesia, pabellón de clases, ropero de la escuela, Sala Capitular, enfermería y anexos. Sacristía, claustro, coro bajo y vivienda de la demandera y huéspedes, con el patio central a nivel de esta planta y otro de servicio; en la planta principal o primera se encontraba el noviciado con su capilla y galería, celdas de la comunidad, segunda altura de la Iglesia, antecoro y coro alto, claustro con diversas capillas y sala de labor, locales, vivienda del capellán, ropero general y retretes; en la cubierta, la Tribuna de Vistas y la cámara o desván con acceso al campanario. Los tres niveles se comunicaban mediante una escalera principal y varias secundarias.
La construcción que reseñó Fernández-Urosa, describiéndola como muy cuidada, es similar a la original del siglo XVII con algunos cambios mínimos: documentó fábrica de ladrillo con entramados de madera, seguramente en muros de partición; algunas escaleras menores se reconstruyeron a la catalana, así como varios solados, rehechos con mosaico, baldosa, entarimados y cemento continuo; asimismo, al exterior algunos revestimientos se sustituyeron por enfoscados de cemento.
En el año 2000 fue aprobada la reforma de la cubierta por la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid.
El Convento de las Clarisas está incluido dentro del Bien de Interés Cultural del conjunto de Valdemoro.
Música:
Concierto de Villancicos Clarisas Valdemoro - 27 de diciembre de 2016 (IV Centenario convento de las Clarisas de Valdemoro 1616-2016)
Documentación Archivo General de la Administración. Regiones Devastadas, sigs. 2.734 y 20.123. Proyecto de reconstrucción del edificio de la Iglesia, Colegio y Convento Rds. Madres Clarisas Religiosas Franciscanas de la Villa de Valdemoro, 1940. Arqto.: Luis Fernández-Urosa.
Bibliografía AYUNTAMIENTO DE VALDEMORO. Plan General de Ordenación Urbana. Memoria. Valdemoro: Ayuntamiento de Valdemoro, 1999, págs.30-35. - Valdemoro. Conózcalo paso a paso. Guía descriptiva. Madrid: B.P. EDITORES, 1991. AZCÁRATE, J. M. Inventario artístico de la provincia de Madrid. Valencia: Ministerio de Educación y Ciencia, Dirección General de Bellas Artes, 1970.
BAÍLLO, R. Valdemoro. Madrid: Rubiños, 1891. CERVERA VERA, L. "El Señorío de Valdemoro y el convento de Franciscanas fundado por el duque de Lerma", Boletín de la Sociedad Española de Excursionistas, 1954, págs. 27-89. FEO PARRONDO, F. Fincas rústicas desamortizadas en la Provincia de Madrid (inédito). Madrid: Consejería de Ordenación del Territorio, Medio Ambiente y Vivienda, 1984. MARÍN PÉREZ, A. Guía de Madrid y su provincia (tomo 2). Madrid: Escuela Tipográfica del Hospicio, 1888-89.
MUÑOZ JIMÉNEZ, J. M. Fray Alberto de la Madre de Dios, arquitecto (1575-1635) Santander: Ediciones Tantin, 1990.
La Iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora de Valdemoro, orientada este a oeste, se encuentra localizada en el punto más alto del casco histórico, en la parte meridional del mismo, dominando la campiña que se extiende a sus pies tras un amplio paseo de ronda. Esta ubicación, en el perímetro del núcleo y en un altozano, podría estar asociada a una función defensiva original, como parecen indicar los contrafuertes troncocónicos de la fachada sur, que apoyan un recinto si no fortificado -se desconoce si estuvo la villa amurallada- al menos cercado .
El acceso principal por los pies se efectúa a través de un espacio irregular conectado a dicho paseo y a la plaza del Rosario, donde se encuentra la portada septentrional, de uso habitual. Este ámbito urbano, uno de los más representativos de Valdemoro, está dominado por la magnífica torre campanario de la iglesia. El conjunto se encuentra en una parcela urbana, antes entre medianerías, cerrada a la calle por un muro de mampuesto y sencilla reja. Más interés tiene la calle estrecha oriental -denominada de la Torre- que proporciona una imagen intocada del casco urbano, con el alzado de la cabecera y la gran torre.
El conjunto presenta una gran heterogeneidad, por lo que muestra diversas etapas constructivas que se reflejan en la planta, técnicas edificatorias y materiales utilizados.
La iglesia consta de una nave de gran tamaño (60x28 m) y no excesiva altura que se cubre por bóveda de cañón con lunetos y se acompaña de capillas laterales cupuladas, cinco a cada lado y dos de ellas enfrentadas que sirven de atrio de acceso, capilla mayor con ábside y cúpula encamonada con tambor bajo y linterna, coro alto y torres a los pies, así como sacristía, antesacristía y demás dependencias en la cabecera, junto a otra torre de mayor tamaño.
Entorno de la Iglesia parroquial a finales del siglo XIX.
La planta sigue el modelo jesuítico, según el cual se sustituyen las naves laterales por capillas separadas por contrafuertes.
Según Ronce de León las trazas prevén una nave crucero no construida a ambos lados de la cúpula principal, en lugar de las sacristías y otras habitaciones, como parece indicar el arranque de un gran pilar con un orden arquitectónico diferente al del resto de la iglesia situado en la antesacristía, al sur de dicha cúpula, por lo cual los accesos se desarrollarían en este crucero y no en los puntos actuales, que más asemejan a capillas laterales. Las pilastras de piedra existentes en la antesacristía han sido fechadas a mediados del siglo XVI.
La nave se organiza con cinco tramos iguales cubiertos por bóveda de cañón y cuatro capillas laterales a cada lado más el acceso, como ya se ha dicho. Los soportes de los arcos que separan los tramos consisten en grandes pilastrones adosados de importante sección, con órdenes en los tres lados, entablamento con modillones geométricos y gran cornisa acodada que recorre todo el perímetro sobre decoración de ovas y pequeñas ménsulas pareadas. Los arcos de las capillas son de medio punto sobre pilastras toscanas y portan rejas, algunas de gran valor; sobre ellos se dibuja otro arco que alberga el vano de iluminación -hoy cegados por el desarrollo de la cubrición de las capillas- y el consiguiente luneto en el cañón. Todo ello se decora con sencillas fajas cajeadas y, en los capiteles, definidos de sexto orden por el hermano Bautista, piezas sobredoradas que dibujan las hojas de acanto, tipo utilizado repetidamente por el fraile en su obra.
La capilla mayor, cupulada con tambor sobre pechinas pintadas al fresco por Vandepere -los Cuatro Evangelistas- , se decora en el anillo con modillones pareados y en el arranque de la cúpula, así como en el interior de la linterna, con festones sobre huecos y pilastras cajeadas, que son similares a las de la iglesia del Colegio Imperial de Madrid. La cúpula tiene sencillos nervios pareados y cajas.
Planta del proyecto de restauración, 1990. Arq. P. Ponce de León. Archivo Central
El ábside es curvo y se cubre con un casquete esférico donde se alberga el retablo mayor, de corte neoclásico, realizado de estuco imitando mármol y madera sobredorada siguiendo el perímetro del ábside y alcanzando la bóveda superior Se compone de un solo cuerpo y tres calles separadas por pilastras de orden compuesto con capiteles dorados y cornisa acodada rematada por esplendor dorado sostenido por dos ángeles con orlas laterales. El cuerpo central es de mayor tamaño y contiene un gran cuadro con arco de medio punto con el tema de la Asunción de la Virgen, mientras las calles laterales, adinteladas y más pequeñas, albergan otros dos lienzos. El altar se encuentra sobreelevado varios escalones, originalmente acompañado de una cancela que lo rodeaba y separaba de la nave. A los pies de ésta se encuentra el coro alto, situado sobre el pórtico de acceso y cubierto por la bóveda de cañón de la nave central, que se pinta al fresco y alberga un órgano introducido en 1737.
Dicha bóveda de cañón de la nave se subdivide en cinco compartimentos por los arcos fajones y en su parte central, donde terminan los lunetos, se conforma una gran banda de cinco pinturas al fresco realizadas por Antonio Vandepere, con los siguientes temas: Asunción, Martirio de San Sebastián, Degollación de San Juan Bautista, Nacimiento de Jesús y Adoración de los Reyes. Tanto las pinturas como arcos fajones y lunetos se decoran con sencillas bandas geométricas.
Las cuatro capillas laterales a cada lado -una sirve de atrio de acceso- se dedican, en el lado del Evangelio, a Nuestra Señora del Rosario, San José, Virgen del Carmen y subida al coro; y en el de la Epístola, al Cristo del Amparo o de la Agonía, Amor Hermoso, Concepción y San Pedro Apóstol.
Se cubren con cúpulas semiesféricas o vaídas, a excepción de una elíptica, la del ingreso meridional, sin tambor ni linterna -salvo las del Rosario, San José y Cristo del Amparo-.
Las más interesantes son las de Nuestra señora del Rosario, patrona de Valdemoro, y la del Cristo del Amparo, ambas cupuladas con tambor sobre pechinas decoradas con fajas y cajeados, pero la primera con linterna y mayor decoración barroca realizada con modillones y festones, similares a los de la gran cúpula del presbiterio, situada en los arranques de las costillas y anillos; la segunda, más sencilla, tiene un aire clasicista cercano a la sobria decoración de la nave -el resto se realiza de escayola imitando mármoles, a excepción del entarimado, de mármol auténtico, y las columnas y adornos dorados simulando bronce-.
Tiene el templo tres puertas: la de los pies con pórtico exterior, bajo el coro alto, y la meridional y septentrional, cada una con un atrio similar a las capillas laterales, con sencilla cúpula de media naranja la septentrional.
Al exterior encontramos una serie de trazados superpuestos que muestran las diversas vicisitudes constructivas del templo: el alzado sur es el más heterogéneo, con restos de la primitiva construcción de la iglesia, mientras que la fachada principal, la occidental, se realiza ex novo y de forma continua en el siglo XVIII, la septentrional presenta varios elementos yuxtapuestos pero ordenados, yes la oriental, de nuevo, una amalgama de piezas de diferentes épocas y estilos.
En el alzado meridional encontramos cuerpos de mampostería alternados con los de ladrillo a diferentes cotas. Destaca en la gran capilla sur dedicada al Cristo del Amparo un saliente con base rectangular con torreones a modo de contrafuertes de mampostería -uno de sección circular-y en el segundo nivel, remate curvo con arco de medio punto y contrafuertes troncocónicos de ladrillo como los existentes en la iglesia de San Martín de la Vega-. Las distintas volumetrías se intentan homogeneizar mediante una cornisa cerámica realizada con hiladas de piezas en distintas disposiciones -en forma de gola, ladrillos a sardinel formado aleros, fajas, etc.-, que recorren las capillas laterales y el cuerpo bajo del saliente citado de la capilla del Cristo del Amparo, para desaparecer en la antesacristía y sacristía, ambas de sillería de piedra con restos de muro que indicaban una continuidad mayor en el conjunto no realizada; ambas presentan imponente cornisa y salientes a modo de pilastras toscanas en los ángulos.
Antigua vista de la fuente de la Villa e Iglesia parroquial.
La portada principal, abierta a poniente y a los pies del templo, se compone de un atrio abierto con tres arcos de medio punto que generan otras tantas calles separadas por pilastrones y con salientes cuadrados sobre los arcos, concluidos mediante un frontón con hueco central, y todo ello situado entre dos torres bajas con bóvedas de falsas aristas sin campanario y cubierta de teja curva a cuatro aguas. Mientras estos elementos simétricos se realizan con mampostería y encadenados en esquina de sillería, el cuerpo central es de ladrillo. A pesar de ser la única fachada realizada ininterrumpidamente no presenta unas proporciones acertadas: el frontón es excesivamente alto y pesado para el cuerpo bajo con tres calles, y las torres, demasiado chatas transmiten, aún más, una imagen pesada. Forma parte de un conjunto de fachadas madrileñas muy características provenientes de la obra post-herreriana y de Francisco de Mora, pero con pórtico, elemento nada usual en esta tipología.
La fachada septentrional, comúnmente la de acceso, se encuentra definida, como la meridional, por los volúmenes de las capillas -con el contraste vertical de la gran torre campanario-: destacan las de Nuestra Señora del Rosario, con cubierta a cuatro aguas de pizarra, gran cornisa de ladrillo con diversos dibujos y chapitel con elementos de ventilación, linterna octogonal y, sobre ella, bola, veleta y cruz de forja, y la de San José, de volumen similar pero simple linterna de obra; entre ambas se encuentra la portada norte, dentro de un arco rebajado.
El alzado restante, el oriental, presenta un escorzo acusado en la estrecha calle de la Torre, en el que se aprecia en primer término la torre y, tras ella, el ábside.
La torre campanario se localiza en el extremo nororiental, en la cabecera del templo. Consta de cuatro cuerpos de fábrica con revoco que imita ladrillo visto sobre basamento de piedra y remate con gran cornisa, chapitel de pizarra y cinc, bola, veleta y cruz de forja. Tiene pequeños huecos en el primer nivel, saeteras en los dos siguientes y en el cuerpo de campanas vanos de medio punto en los cuatro lados similares a los proyectados por José Pérez en 1752. Los cuerpos se separan por impostas y en los esquinales se introducen encadenados de revoco imitando sillería. Este modelo fue muy utilizado en la arquitectura castellana del siglo XVIII.
Estructuralmente funciona mediante muros de carga construidos con mampostería y refuerzos de encadenados de sillería en las esquinas, aunque algunos paños se erigen completamente en piedra de Colmenar bien labrados, como el ábside poligonal, la base de la capilla del Cristo del Amparo y los muros de la sacristía; no se revocan los muros ni recubren superficialmente, a excepción del acceso septentrional: el ladrillo queda visto, principalmente, en el cuerpo central de la fachada principal, en la parte superior de la capilla de Cristo del Amparo y en el añadido oriental del ábside. Se cubre con armadura, tablazón y teja cerámica curva en la nave y capillas, a excepción de los chapiteles, de pizarra y cinc. La torre, como ya se ha descrito, es de ladrillo revocado con base de piedra. Las cornisas se hacen de ladrillo visto y otras piezas cerámicas, algunas revestidas como la de la torre y capilla de San José; pétrea es la de la sacristía, de orden toscano. Los huecos se dibujan con piezas de sillería en los cuerpos de piedra -algunos más modernos con ladrillo y en los de muro de fábrica se utiliza el ladrillo a sardinel o las fajas sobresalientes.
Valdemoro. Litografía de Pie de Leopold, dibujo de J. Mieg, 1851. Reales Sitios
En su interior, a pesar de los incendios y sucesivas adversidades, se custodian todavía bienes muebles de gran riqueza. Así, se conservan cuatro tablas de Pedro de Cisneros, seguidor de Juan de Borgoña dentro de la escuela de pintura toledana del siglo XVI, y un conjunto de platería de Celestino Espinosa, director que fue de la Real Fábrica de Martínez. Desaparecido, pero visto por Baíllo a finales del XIX, destacar el tabernáculo de piedras y maderas preciosas donado a finales del siglo XVIII por el primer conde de Lerena, Ministro de la Real Hacienda y patrono de la capilla mayor.
No resta ningún retablo original, pues debieron perderse en el incendio y la posterior reforma neoclásica; los realizados para la capilla mayor -los colaterales por el escultor José de Ratés en 1679 y el altar mayor por José de Acedo dos años después- también han desaparecido. El retablo principal actual, erigido a finales del siglo XVIII, está dedicado a la Asunción de Nuestra Señora, con cuadro sobre el mismo tema de F. Bayeu y dos pequeños laterales dedicados a San Pedro Mártir y San Julián, de R. Bayeu y Goya, respectivamente. Los altares colaterales están destinados a San Juan Bautista y a Sta. Ana, acompañados de otros de estilo barroco y neoclásico en las capillas, entre los cuales destaca el barroco en arcosolio de la capilla de Nuestra Señora del Rosario, que albergaba una imagen venerada desde al menos el siglo XVI, quemada a mediados del XVIII en un incendio -la actual está realizada por el escultor José Miranda, expoliada por los invasores franceses- y cuya magnífica carro/a se adquirió en 1671 y restauró en 1777 y 1862. Muy interesante también el retablo con arcosolio de la capilla de San José, de un cuerpo, tres calles y ático, y el del Cristo del Amparo, de estuco imitando mármol de estilo neoclásico y compuesto por un cuerpo con cuatro columnas corintias bajo entablamento muy decorado y rematado por grupo escultórico.
Los cuadros, casi todos pertenecientes al desaparecido convento de Carmelitas, se custodian en el museo de la parroquial, con obras de Claudio Coello, Carducho, Tristán y otros, así como vanas tablas flamencas del siglo XVI y esculturas del XVII.
En la visita al arcedianato de Madrid ordenada por el arzobispo de Toledo en 1427 la iglesia de Valdemoro aparecía como importante en la región, pues poseía vasos sagrados y cruz de plata, 23 libros litúrgicos y numerosos ornamentos, así como diversas propiedades rústicas, dos tinajas y una cuba. A esta iglesia original y sus posteriores reformas y añadidos, asociada seguramente a la repoblación cristiana de los siglos XIV y XV, parecen pertenecer una serie de restos posiblemente mudéjares que todavía se conservan, consecuencia de un incendio acaecido en el siglo XVI que destruiría el templo primitivo, que son los cuerpos cilíndricos de la fachada meridional y el aparejo de ladrillo de la misma distinto del resto y de fecha muy anterior, así como el alfarje-resto de un artesonado mudejar de par y nudillo- perteneciente, seguramente, a la antigua cubierta, así como las pilastras de piedra situadas también en la antesacristía.
Existen libros parroquiales desde 1518 -fecha que algunos autores consideran de su fundación tras la destrucción de la iglesia primitiva-. A finales del siglo XVI ya estaba construida la torre, pues se conserva documentación de obras realizadas por Francisco Alonso en la misma y campanas de los años 1586-88; un año después se hace referencia a la construcción de la sacristía nueva, siendo terminada en 1593 por Nicolás de Ybarra -seguramente la localizada simétrica a la torre, en la esquina sudeste- Tres años después, una vez realizada la cubierta por Pedro Corral, se emplaza la cruz en el chapitel y en 1607, Juan Cabello trabaja en la capilla de la sacristía, que termina dos años más tarde, y en el bienio 1643-4 se arregla el chapitel de la torre. El duque de Lerma fue un impulsor de las obras tras la compra de la villa en 1603, fecha en la que Antonio Correa funda la capilla denominada de la Santísima Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, dotada con una renta y ornamentada con rejas de hierro doradas, retablo, servicio de altar, ornamentos, cajones y lámpara, que en su realización requirió fortalecer un arco para mejorar su estructura ante la erección de una bóveda. En 1602 se concede permiso para realizar la capilla de Nuestra Señora del Rosario, cuya obra se comienza un año después dirigida por Pedro Correa. La reja se colocó en 1663 y hacia 1670 se rehicieron las cubiertas y decoró la capilla, actuación finalizada en 1691 con la pintura de la cúpula.
La parte principal del conjunto se realiza en el siglo XVII, seguramente por el hermano Bautista, que aparece junto a otros en referencia a las trazas de la obra de la iglesia, considerada el ejemplo más puro de espacio vignolesco en la provincia de Madrid Según Corella, sus características estilísticas muestran una datación de la segunda mitad del siglo XVII y diversos elementos, como los capiteles de la nave y de la cúpula del crucero, han sido comúnmente utilizados por el maestro religioso. Diversas similitudes encuentra esta autora entre la iglesia de Valdemoro y la del Colegio Imperial de Madrid, destacando el trazado de tipo jesuítico con una nave, capillas laterales entre contrafuertes y cubierta de cañón con lunetos ciegos, pero diferenciándose en las tribunas de la iglesia madrileña que no son utilizados por inútiles en la parroquial de Valdemoro; asimismo, encuentra la autora concomitancias con la puerta de Mariana de Neoburgo en el Buen Retiro y el patio del Colegio Imperial en las decoraciones de los anillos de las cúpulas de la capilla mayor y de Nuestra Señora del Rosario. En todo caso, si las trazas fueran del hermano Bautista no es probable que la dirección lo sea, pues no aparece documentada: según Tovar, el maestro Melchor de Bueras sustituiría en la obra al fraile tras su muerte acaecida en 1679 y de ahí la declaración del mismo en su testamento, donde afirmó ser autor de la obra y artífice de todos los detalles ornamentales, por lo que Tovar lo propone como constructor y segundo tracista muy influenciado por Bautista.
Para los redactores del Plan General de Valdemoro, las primeras trazas y condiciones fueron dadas por el maestro mayor de la catedral de Toledo, Cosme de Peñalacia y Castillo en 1656, organizando, básicamente, la reconstrucción de la nave desde los cimientos, la fachada occidental con su pórtico y el coro a los pies, que se encontraban en estado ruinoso, añadiendo reparaciones en las capillas y la puerta meridional, comenzando las obras en 1658.
Si estos datos son verídicos, la construcción del conjunto se acercó a unas cuatro décadas, pues en 1690-2 Antonio Correas realiza reparaciones en la linterna de la capilla mayor y el campanario y limpia las bóvedas. Otros autores consideran el comienzo de las obras hacia 1670, pero es conocido documentalmente que el pintor Antonio Vandepere pinta éstas en los años 1660-1; otro dato a tener en cuenta es que la torre estaba recién derribada en 1672. Según Corcha la fachada principal se podría fechar en este momento, el último tercio del siglo XVII.
Vista de Valdemoro, de P. M. Baldi, 1668-69.
Viaje de Cosme III por España (1668-1669). Madrid y su provincia.
En estas fechas, 1668-9, se dibuja la iglesia, junto al caserío de Valdemoro, por Pier María Baldi, artista que viajaba con Cosme de Medicis por España. La imagen se obtiene desde el antiguo camino real de Toledo, entrando en Valdemoro por septentrión, es decir, el punto más alejado de la iglesia; aun así, podemos ver la nueva fachada occidental y sus dos torres con chapiteles. En este documento gráfico la torre -con dos huecos por lado- aparece no en el vértice ME sino en la fachada norte, cerca de la capilla del Rosario -que se representa detrás de la nave- y se dibujan airosos chapiteles en dos torres simétricas en el alzado occidental, que no deben ser las actuales, pues se puede ver el frontón de la nueva fachada sin cubrir en el propio dibujo. Por tanto, la nave de la iglesia llegaba hasta el comienzo del coro y se amplió la bóveda de cañón para cubrir dicho coro situado sobre el pórtico y, derribando las antiguas torres -sobre las capillas de subida al coro y de San Pedro Apóstol , se construyen las que hoy vemos.
Entonces, tenemos una iglesia con bóveda más corta sin coro alto a los pies y dos torres con chapiteles en fachada sobre dos capillas, la torre mayor podría haber estado situada en el espacio inmediato entre la capilla mayor y la del Rosario, pues el grueso de los muros lo permite. Se derrumbó en 1751 provocando graves daños; rotura de la cúpula de la capilla mayor, sacristía y "ochavo de nuestra señora", daños que explicarían esta cercanía; un año después se proyecta una nueva torre en el mismo lugar de la anterior por el Maestro Mayor de la Catedral de Toledo, José Herranz, que no sólo incluye la Torre sino también la reconstrucción del resto del templo reaprovechando los materiales del edificio anterior. La obra final no coincide completamente con las especificaciones del proyecto, custodiado en el Archivo Parroquial de Valdemoro, especialmente el tamaño y decoración do los huecos de los tres primeros cuerpos y los contrafuertes circulares del basamento; este documento utilizaba el llamado "Marco de Madrid", un sistema de medidas de escuadrías y secciones de las armaduras, como señala Ponce de León. Se utilizaron en la construcción materiales de calidad mediana que se revocaron imitando fábrica de ladrillo visto y cantería en los ángulos.
"Plan de la torre que se a de construir en la Parroquial
de la Villa de Val de Moro,...", 1752. Arq. Joseph Herranz.
El Arte en las Cortes Europeas del siglo XVIII.
Cuatro años después, en 1755, el terremoto de Lisboa provocó todavía más desperfectos en las fábricas y especialmente en las cubiertas, por lo que se tiene que reedificar en parte, comenzando por la capilla mayor, sacristía y tejados, para continuar con la nueva torre y la fachada occidental, proporcionando la imagen actual -con las diversas reparaciones y reconstrucciones de la Guerra Civil y posteriores-. Según Baíllo la torre es de 1764 y se construyó de ladrillo, quedando restos de la antigua.
Las reformas realizadas en el siglo XVIII, centradas en la capilla mayor, fueron costeadas por el conde de Lerena para establecer su lugar de enterramiento. El primitivo ábside se derribó en la segunda mitad del siglo XVIII y se construyó el actual con el altar existente de estilo neoclásico, encargado a José Ballina en 1788 y rematado por Domingo Mª Palmerani. Las pinturas fueron encargadas por dicho noble a Maella, pero finalmente se confiaron a Francisco Bayeu, que fue ayudado por su hermano Ramón y su cuñado Francisco de Goya, realizadas entre 1786 y 1790. El conjunto completo del altar mayor fue sufragado por el conde de Lerena, vecino de la villa.
La nueva cubrición de la nave parece que se superpuso a los restos de la anterior, artesonada, por lo que la altura de la misma no está proporcionada con la superficie en planta.
En 1791 el retablo de la capilla de la Inmaculada se erige por Pablo Caprani, italiano, con planta y diseño de Ignacio Haan, arquitecto del Arzobispo de Toledo -algunos autores se refieren al de la capilla del Santísimo Cristo del Amparo. La sacristía fue una de las últimas realizaciones del conjunto, aunque todavía a finales del siglo XIX se construyó en la capilla mayor la capilla de la Dolorosa. En 1918 fue restaurada la capilla de los Correa.
Vista del acceso a la Iglesia, 1954
Tras la Guerra Civil, se procede a su reparación bajo proyecto del arquitecto José Fonseca y Llamedo, auspiciado por Regiones Devastadas; el párroco solicita la reparación de la iglesia al haber estado el pueblo en línea de fuego y alegando su valor artístico. Los daños sufridos se centraron en la cubierta y algunos superficiales en la torre, así como diversas grietas en las bóvedas, goteras en los frescos de la nave y destrozos en los altares, al arquitecto recomienda en un informe de 1940 reparar los daños imprescindibles y deponer los impactos no estructurales -como los de la fachada principal, que considera de poco mérito arquitectónico-Respecto al interior cree necesario esperar a disponer de los medio económicos necesarios para acometer su restauración, por ser de gran valor artístico y cuantía. Resalta, además, los daños que asimismo ha sufrido la vivienda rectoral, así como se habilita en dicho edificio y dentro del mismo proyecto un local para domicilio de Acción Católica, así como otras obras menores.
Vista aérea del casco histórico, 1961
Vista aérea, 1961
En el año 1979 se requiere auxilio económico a la Diputación Provincial de Madrid en apoyo a las obras de restauración de la Iglesia, en situación de ruina inminente; las mismas se realizarán bajo la inspección del Servicio Provincial de Arquitectura de dicha Diputación con proyecto del arquitecto municipal.
En la explanada de la iglesia se situó tradicionalmente la picota. El templo había estado rodeado completamente por un espacio vallado con dos accesos desde la plaza del Rosario, por lo que la calle de la Torre pertenecía a este ámbito -no se relaciona en el viario de finales del siglo XIX- y el muro de contención a la ronda, calle Luis Planelles, era continuo; ya en la segunda mitad del XX se reformó el entorno creando dicha calle de la Torre entre la plaza del Rosario y Luis Planelles, y se abrieron otros dos accesos, uno desde dicha vía, tras un transformador eléctrico, y otro desde la de Luis Planelles. El conjunto fue reformado recientemente con la mejora de las entradas y eliminación de dicho transformador.
Un pequeño museo parroquial, conservado hoy en la antesacristía y sacristía, reúne las principales piezas del templo
Eduardo González Mercadé, arquitecto de la Dirección General de Bellas Artes del Ministerio de Cultura, realizó en el año 1985 sendos proyectos para las obras urgentes del chapitel de la capilla lateral y del chapitel y consolidación do la bóveda centrales.
Alzado sur del proyecto de restauración, 1990. Arq. P. Ponce de León. Archivo Central
Así mismo, bajo proyecto del arquitecto Pedro Ponce de León y dirección conjunta con los técnicos municipales comenzó en 1987 la primera fase de la restauración del edificio, dedicada a la torre y su chapitel, y finalizada en 1989; en una segunda se restauraron la fachada principal y parte de la cubierta, entre 1989 y 1991, y en una última, de 1992, se reparó el resto de las cubiertas y rehabilitó el interior. Fue realizado para el Centro Regional de Conservación y Restauración del Patrimonio Histórico Inmueble de la Dirección General de Patrimonio Cultural; esta institución restauró en 1993 las bóvedas del coro, dos años después las de la nave central y pechinas de la cúpula del altar mayor y en 1996 el retablo mayor.
La restauración de la torre ha consistido, básicamente, en el desmontaje del chapitel y su reconstrucción con el criterio de mínima sustitución. Posteriormente se revocó imitando ladrillo de tono rosado con aparejo de medio pie y se introdujo un encadenado imitando sillería en los ángulos, inexistente en el proyecto del siglo XVIII ni en las imágenes que poseemos de la torre hasta su restauración.
Durante el proceso de levantamiento del solado se encontraron restos de cuerpos exhumados en la nave, así como las huellas de un ancho muro.
Hasta la construcción de los bloques de vivienda colectiva en el entorno del casco histórico la iglesia constituía un hito paisajístico de primer orden dentro de la Comunidad, aún conservado -aunque desvirtuado- en la silueta meridional de la villa.
En 1980 se declaró Bien de Interés Cultural como Monumento Histórico-Artístico.
Vista del interior hacia los pies.
Protección
Declarado Monumento Histórico-Artístico en 4-12-1980- BOE 27-1-1981
dentro del BIC Conjunto histórico artístico; integral en el PGOU
Fechas
Base: finales del XVI Conjunto: 1658 Capilla Rosario: 1602 Torre: 1752 Restauraciones 1940, 1985, 1987-92; Restauración bienes muebles: 1993-96.
Arquitectos
Trazas: Cosme de Peñalacla y Castillo, Hermano Bautista y Melchor de Bueras. Terminación: Antonio Correas. Capilla Rosarlo: Pedro Correa. Torre: José Herranz. Restauraciones:
1940: José Fonseca y Llamedo
1985: Eduardo González Mercadé
1987-92: Pedro Ponce de León
Documentación
Archivo Central. Ministerio de Cultura, Secretaría de Estado de Cultura, Gabinete, sig. C.87.706. Reg. 2.055. Informe relativo a la propuesta de declaración de Monumento Histórico-Artístico a favor de la Iglesia Parroquial de Valdemoro, 1980 [Textos de Emilio Lafuenle Ferrari y Paloma Jiménez].
Archivo Central. Ministerio de Cultura, sig. 80.714. Obras urgentes en el chapitel de la capilla lateral, 1985. Arq. Eduardo González Mercadé. Archivo Central. Ministerio de Cultura, sig. 80.716. Obras urgentes en el chapitel central y consolidación de la bóveda central, 1985.Arq. Eduardo González Mercadé. Archivo Central Consejería de Cultura, sig. 1725. Proyecto de Restauración Integral de la Iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, Valdemoro, para el Centro Regional de Conservación y Restauración del Patrimonio Histórico Inmueble, Dirección General de Patrimonio Cultural, 1987. Arq. Pedro Poncede León Hernández.
Archivo Central Consejería de Cultura, sig. 64/1. Proyecto de Restauración de las cubiertas de la Iglesia
Archivo de la Dirección General de Arquitecturade la Consejería de Obras Públicas, Urbanismo y Transporte. OCRE, 1989
Archivo General de la Administración. Cultura, Medios y Prensa Gráfica, sig. 682. Iglesia de
Valdemoro, 1954
Archivo Regional. Fondo de la Diputación Provincial de Madrid, Sección Cultura. Valdemoro. Solicitud de ayuda económica con destino a las obras de restauración de la Iglesia parroquial de la localidad, 1979.