Pedro Antonio de Alarcón, los Cánovas, la marquesa de Villa Antonia, los marqueses de JL Bajamar, Vallejo y Gaviria, Estrella de Elola. Son algunos de los más ilustres veraneantes que hicieron de Valdemoro su segundo lugar de residencia.
Sin embargo y a pesar de estar situado a pocos kilómetros de la capital y bien comunicado con ella a través del ferrocarril, las razones que determinaron la llegada de cada uno de ellos al municipio fueron diversas e incluso, en algunos casos, todo un misterio, dado que las virtudes que adornaban al municipio en aquel entonces eran más bien escasas. Una aparente contradicción que también percibió y dejó escrita el ingeniero industrial Antonio Montenegro Van Halen en la memoria que presentó en 1904 para profundizar en la mina de agua del Pozo Bueno y dotarla de mayor caudal:
Además, el doctor De la Calle describe el municipio como un lugar de "viviendas espaciosas", donde "la vegetación de los muchos jardines y el aire fresco que circula por sus valles laterales" hacen mas tolerable su clima, con una "temperatura media mas grata...., una atmósfera limpia y un cielo despejado".
Claro que los jardines y la vegetación causantes del frescor que destilaba aquel Valdemoro eran, como había percibido Montenegro Van Halen, consecuencia directa de los vergeles en que los veraneantes habían convertido sus espacios verdes particulares. No en vano, la mayoría de los ocasionales vecinos de Valdemoro, más o menos linajudos, habían ido adquiriendo casas de labor que luego transformaron en señoriales caserones, rodeados generalmente por vastos y frondosos jardines.
Pero el posterior aluvión de veraneantes generó una oferta inmobiliaria novedosa, diferente y perfectamente adaptada a la demanda. Respondía a la metamorfosis que estaba experimentando la sociedad española, en la que se percibía la pujanza de una burguesía que pronto incluyó entre sus hábitos el veraneo, un lujo que había sido durante años privilegio de la aristocracia.
El hotel, entendido como casa más o menos aislada de las colindantes y habitada por una sola familia, comenzó a hacer furor en Valdemoro. Eran las primeras edificaciones creadas directamente con el objetivo de ser utilizadas como segunda residencia y lugar de vacaciones.
Los años sesenta del siglo pasado marcaron la definitiva popularización de estas construcciones que empezaron a desarrollarse en Valdemoro. También, en buena medida, a modificar su paisaje urbano.
Y es que mientras las viviendas tradicionales del pueblo tenían el acceso directamente desde la calle y se distribuían en torno a un patio interior que en ningún caso se divisaba desde la fachada, la entrada principal a los hoteles estaba precedida por un jardín, pero eso sí, de dimensiones infinitamente más reducidas que los de medio siglo atrás.
Eran casas generalmente de dos plantas, con porche y en bastantes ocasiones, con una escalera de acceso flanqueada por balaustradas y elementos arquitectónicos decorativos que ponían de manifiesto su inequívoco destino como casas de recreo y esparcimiento.
En la calle Infantas, del número 6 al 12, tenía su remanso de paz Bernardo de Frau y Mesa, marqués de Bajamar, diputado en Cortes y, a la sazón, pariente de Estrella de Elola. El suyo no era, sin embargo, uno de esos hoteles tipo; estaba más bien a medio camino entre las grandes casas señoriales y las residencias más populares de épocas recientes. Eran 1.194 metros cuadrados de superficie repartidos en dos plantas y un gran jardín —que actualmente está protegido urbanísticamente por el Plan General de Valdemoro. El marqués llegó a ofrecerlo al Ayuntamiento en varias ocasiones para albergar las escuelas, aunque en ninguna de ellas se materializó la propuesta.
También en la plaza del Paraíso se levantaba una de estas casas, de dos plantas, y otra en el número 35 de la calle Estrella de Elola, que aún permanece en pie y con un magnífico aspecto. Esta fue construida por Mariano de Lázaro, el mismo arquitecto que proyectó el edificio de las escuelas públicas. Como en éstas, utilizó la técnica de los bloques prefabricados de cemento comprimido.
También en Estrella de Elola, pero en el número 23, exactamente en la esquina con la calle Severo Ochoa, hubo otra casa de veraneo. Tenía una superficie de 435 metros cuadrados en una única planta y en 1907 la adquirió un procurador, Luis García Ortega.
Y es que a pesar de que el paseo de los Hoteles aglutinaba buena parte de las residencias de recreo, poco a poco éstas empezaron a surgir por doquier, junto a las tradicionales casas de los nacidos en Valdemoro.
Algo curioso si se tiene en cuenta que eran muchos los que instalaban su segunda residencia en la localidad precisamente porque habían nacido en ella y luego se cabían trasladado a Madrid, o bien porque sus padres o abuelos les habían dejado en herencia alguna propiedad en el municipio. Y es que, a fin de cuentas, muchos de los forasteros tenían algún vínculo con el pueblo.
El marqués de Bajamar era ejemplo de ello. El periódico La Crónica de los Carabancheles y los pueblos del partido de Getafe, de 25 de agosto de 1897, cuenta cómo "la colonia veraniega de todos los años, se había visto aumentada con nuevos concurrentes de familias que habían perdido la costumbre de veranear en Valdemoro, entre ellos el Excelentísimo señor don Bernardo de Frau y de Mesa"
Así, la demanda de hoteles crecía y la oferta inmobiliaria no siempre era capaz de satisfacerla. Un incremento que no cesó en las siete décadas siguientes. Ésta fue sin duda una de las razones por la que algunas de las viviendas tradicionales empezaron a utilizarse como residencias de vacaciones, como la casa de Estrella de Elola, 25, que actualmente goza de protección estructural. El hecho de que aún conserve intactos en su patio trasero la leñera, el gallinero y la cuadra, con pesebre incluido, es la mejor demostración de que no fue concebida como casa de recreo.
Edificada sobre una superficie de 332 metros cuadrados, tiene dos plantas. En el año 1900 su titular era Ignacio Fernández y tras sucesivas compraventas llegó a manos de un dentista de Madrid, José Perales, que pasaba consulta en la calle Conde de Romanones. Es probable que él fuera el primero en utilizarla como segunda residencia, puesto que contrató a unos guardeses, aunque todo apunta a que finalmente se instaló de forma definitiva en Valdemoro, ya que habilitó una estancia de su casa valdemoreña como consultorio odontológico.
Quizá fuera el mismo Perales quien remodelara la finca para darle un carácter mis recreativo, ya que las dos terrazas con que cuenta -una orientada al Norte y otra al Sur-, la magnífica barandilla de zinc que remata ésta última y la azulejería talaverana del muro que da al patio no son precisamente propias de una casa de labor de finales del siglo XIX.
La sociedad continuó su evolución y en la década de los setenta del XX el chalé sustituyó a los hotelitos. Así fue como algunos de los jardines que rodeaban estas casas de vacaciones, especialmente las de la calle Estrella de Elola, comenzaron a ser explotados como terrazas estivales de tapeo, donde corrían las gambas y las cervezas.
Así las cosas, la moda, de los hoteles inició su declive en los años ochenta del pasado siglo. Algunos veraneantes establecieron su residencia habitual en la localidad y comenzó a surgir el actual Valdemoro de los adosados. La red de transportes públicos contribuyó de manera definitiva a que llegaran al municipio nuevos residentes fijos.








































