Mariano, manchego de nacimiento, pero valdemoreño de adopción y corazón.
Mariano, el menor de 5 hermanos, nació en Huélamo (Cuenca). Su madre era panadera, su padre era el cartero del pueblo y antes había sido minero. La familia trabajaba las tierras que arrendaban. Mariano además de ayudar a su padre a repartir el correo, pasaba los veranos recolectando o ayudando con los forestales.
"El cartero es esa figura familiar en la que el vecino confía. El cartero era una de las figuras más importantes del pueblo. Ni mucho menos toda la gente sabía leer; yo he visto a mi padre leerle las cartas a la gente”
En 1973, con una beca del ejército ingresó, durante cinco años, en el Instituto Politécnico del Ejército en Carabanchel Alto, realizando tres de estudios de mecánica y dos de cabo primero.
Estando en el servicio militar, los fines de semana se acercaba a ver a su hermano, que era guardia civil en Valdemoro.
"Era aproximadamente el año 1976, y Valdemoro era un pueblo muy pequeño, y eso a mí me gustó mucho. Había pasado varios años en la gran capital y casi había olvidado lo que eran las fiestas de los pueblos, las bandas musicales, etc. Llegar a Valdemoro supuso reencontrarme con todas estas cosas que había vivido desde pequeño. La música, el baile y las relaciones sociales le daban un toque de auténtico pueblo."
En ese tiempo conoció a Mari Carmen, su mujer, por lo que comenzó a visitar Valdemoro más a menudo.
Quizás por las añoranzas de su padre, el segundo año de servicio comenzó a prepararse las oposiciones para entrar en Correos.
Mariano empezó a trabajar de subalterno en Correos con solo 18 años, cargando las sacas con las cartas en la estación de Atocha. El 1982 consiguió su primer puesto como cartero en el distrito 21 de Madrid que comprendía las zonas de San Cristobal, Ciudad de los Ángeles y Villaverde -un distrito complicado en aquella época, donde le llegaron a atracar tres veces. Posteriormente, consiguió una plaza en Valdemoro, donde formó su familia y su vida.
"Repartía un tramo de la calle Grande, el Colegio de Guardias Jóvenes, Río Nilo, Brezo y las casas que hay en frente de la ermita. Cada día viajaba a las afueras del pueblo, porque después de esos barrios no había nada, solo campo e incluso una vaquería."
“El oficio de cartero hace que establezcas una relación continua con los vecinos y que se tiendan lazos afectivos que te hagan preocuparte por cómo está su familia y su vida”, confesaba Mariano. Un cariño recíproco que han demostrado tras la triste noticia de su fallecimiento los que han sido sus vecinos durante casi medio siglo.
Mariano Adillo, el ilustre cartero de Valdemoro, tras más de 40 años de servicio, falleció el pasado 7 de febrero de 2021.
En su última etapa laboral, muchos le recordarán como ese funcionario amable que atendía tras el mostrador de la oficina de Correos.
Tras el anuncio del fallecimiento, los vecinos de Valdemoro colmaron las redes sociales de mensajes de pésames y mensajes de cariño y afecto para Mariano y su familia, coincidiendo todos en su simpatía, amabilidad, alegría y buen hacer.
“Ha conseguido ese reconocimiento sin tener que ostentar un puesto de poder o de gran proyección pública, lo que otorga a su dimensión personal un valor que entendemos, debe ser reconocido por la ciudad a la que sirvió tantos años” El pleno municipal acordó reservar un espacio público de la ciudad para llevar el su nombre, organizando además un pequeño homenaje a su figura en la oficina de correos de la calle Real, en la que trabajó sus últimos años de servicio.
“Es una voluntad mayoritaria del pueblo de Valdemoro ofrecerle a él y su familia un merecido homenaje que perdure en las calles de nuestra localidad”
“Todos los que hemos conocido a Mariano
sabemos de su amabilidad y su disposición a ayudar a los demás,
siempre con una sonrisa,
lo que ha trascendido de su profesión como empleado de Correos
Fiestas del Cristo de 1944. Película de la colección de la familia Amer.
Ofrece testimonios inéditos del desarrollo de la tradición lúdica de Valdemoro. Contiene la llegada del tren a vapor de Aranjuez, paseo por los prados de la estación con reses sueltas y festejos taurinos en honor al Cristo de la Salud en la plaza de la Constitución de Valdemoro.
(Película recatada por el archivo histórico del Ayuntamiento de Valdemoro)
En el afán por el dominio de la tierra surgido después de la Reconquista, diferentes instituciones de carácter laico y eclesiástico protagonizaron numerosas pugnas por conseguir posesiones más extensas de territorio arrebatadas a los musulmanes. Luchas que afectaron de igual forma al lugar de Valdemoro y que protagonizaron los obispos de Segovia y Palencia como los más interesados en esta franja territorial de la Meseta; al final, sería el concejo segoviano, con gran preocupación por extender su amplia Comunidad de Villa y Tierra, el que conseguiría vincular Valdemoro a su dominio patrimonial en 1190, mediante un privilegio del rey Alfonso VIII y contando con el arbitraje del Papa Clemente III.
Alfonso VIII de Castilla
Con la incorporación de Valdemoro al concejo segoviano alcanzó cierta importancia y se convirtió en cabeza de sexmo, uno de los más importantes de la Transierra, con una superficie de 347,77 km2, donde se agrupaban los lugares de Chinchón, Bayona, Valdelaguna, Villaconejos, Seseña, Ciempozuelos y San Martín de la Vega.
"Entre ellas, destacan las concedidas por Alfonso VIII en materia de definición de límites territoriales y libertad de tránsito de los ganados. Las más relevantes para el territorio que nos ocupa son la donación de seis yugadas de heredad en Seseña para incremento de las cañadas (1182), la merced de 19 villas al este del que sería el sexmo de Valdemoro (1190), un privilegio de libre pasto por todo el reino (1200) y la vasta concesión de límites territoriales y vías de tránsito ganadero en los extremos meridionales (1208). Sobre las últimas cabe mencionar la explícita concesión de la cañada de Alcorcón a Valdemoro, con una milla de ancho, que comunicaba los sexmos segovianos de Casarrubios y Valdemoro por medio del territorio madrileño." Pastor de Togneri, 1973; Martínez Moro, 1985, pp. 63-70; Asenjo González, 1986b.
Dentro de este territorio al sur de Madrid, Valdemoro debió tener cierta importancia; los territorios concejiles de las ciudades castellanas estaban divididos en sexmos (el origen de la palabra es que varias ciudades tuvieron su territorio dividido en seis partes). Pues bien, este territorio segoviano al sur de Pinto recibió el nombre de Sexmo de Valdemoro, nombre que conservará durante siglos. Esto indica cierta importancia de la aldea pues se eligió su nombre para designar a todo el Sexmo.
Música: QUANTAS SABEDES AMAR AMIGO (Cantiga de Amigo V) - Martín Codax (S. XIII/XIV)
El 13 de enero de 1603 el rey Felipe III firmaba en Valladolid el documento por el que otorgaba un privilegio de feria a la villa de Valdemoro, en esa época bajo el señorío jurisdiccional de su valido el duque de Lerma.
La feria tuvo una duración inicial de ocho días, cuatro antes del 15 de agosto y cuatro después. Pero muy pronto se convirtió en uno de los encuentros mercantiles más bulliciosos de la comarca, hasta el punto de que el duque hubo de dirigirse a la corona para cambiar el tiempo de celebración y no perjudicar a otros lugares vecinos.
La fecha elegida se trasladaba a octubre, cuatro días antes de San Simón y San Judas y tres después, teniendo en cuenta la ausencia de otros mercados anuales en ese tiempo, firmándose el nuevo documento el 26 de septiembre de 1612 en Madrid. Quizá en esta decisión también influyera la coincidencia con la época de finalización total de las labores propias de la cosecha y, por tanto, momento del cobro de las rentas del año agrícola; además, la recolección a fines del verano permitía cancelar en las ferias de octubre las deudas contraídas en las de mayo.
La convocatoria fue ampliada durante el reinado de Fernando VI a veinte jornadas debido a la gran concurrencia de mercaderes.
Duque de Lerma (Rubens)
La feria de Valdemoro durante la primera mitad del siglo XVIII fue una de las más importantes de Castilla, siendo la más señalada de la provincia de Toledo.
En 1720 acudieron cuarenta comerciantes provenientes en su mayor parte de Madrid, Toledo y Segovia, aunque también se encontraba alguno de la apartada región valenciana. Su actividad produjo ese año la cantidad de 1.115 reales de vellón pagados por el uso de los claros de la plaza a la Real Hacienda.
Pese a la pujanza comercial, en las últimas décadas de la centuria la villa se sumió en un preocupante declive económico. Las influencias cortesanas actuaron en consecuencia y el monarca concedió un privilegio de mercado franco de alcabalas a celebrar cada domingo del año en perpetuidad.
En un principio resultó muy concurrido, posiblemente debido a las pocas expectativas de la zona, pero como a los mercaderes se les impedía mantener el género de una semana para otra custodiado en lugar seguro dejaron de asistir por el desembolso añadido al acarrear las mercancías una vez tras otra. Sin embargo, la feria siguió manteniendo unos buenos indicadores de crecimiento, manteniendo prerrogativas reales, reflejo de la importancia adquirida a lo largo del siglo y medio de su existencia.
En la segunda mitad del XVIII los beneficios se habían triplicado pues, a tenor de la respuesta dada a la pregunta número veintinueve del interrogatorio del Catastro de Ensenada, la feria produjo tres mil seiscientos noventa y seis reales y quince maravedíes de vellón en concepto de alcabalas.
La calidad de los productos de intercambio fue considerable, incluso la Junta de Comercio y Moneda se vio obligada a dictar algunas disposiciones para controlar el peso preciso de objetos tan valiosos como el oro y la plata. Acaso fuera éste uno de los pilares que logró estabilizar los recursos valdemoreños en un periodo prolongado hasta la Guerra de la Independencia.
2017
2018
2018 - Feria 360º
2019
Fuentes:
LÓPEZ PÉREZ, María del Mar: "Una aproximación al sistema fiscal del Antiguo Régimen. La recaudación de tributos en ferias y mercados en Castilla en el siglo XVIII", Documentos, nº 27-mayo 2001, Madrid, Instituto de Estudios Fiscales LÓPEZ PORTERO, María Jesús: "El privilegio de feria de Valdemoro (1603): estudio preliminar", en Ferias y mercados en España y América. A propósito de la 550 Feria de San Miguel de Zafra, Badajoz, 2008, pp. 457-470.
El 13 de enero de 1603, bajo el señorío del todopoderoso duque de Lerma, el rey Felipe III otorgaba el privilegio de una feria anual a la villa de Valdemoro. Con una duración inicial de ocho días, cuatro antes del 15 de agosto y cuatro después, poco después sería trasladada al mes de octubre y durante el reinado de Fernando VI ampliada a veinte jornadas.
La feria de Valdemoro durante la primera mitad del siglo XVIII fue una de las más importantes de Castilla, siendo la más señalada de la provincia de Toledo.
El documento mostrado en este artículo, es un auto dictado en 1720 sobre la cobranza de los claros de la feria para ese año. Los claros, según la definición del Diccionario de la Academia de 1780: "es el espacio entre columna y columna, y el que hay entre dos pilastras, o machos que forman la puerta o el arco". En este se refiere a los lugares que ocupaban los mercaderes cuando acudían a la feria anual que se celebraba en Valdemoro desde 1603.
Los comerciantes que asistían a la feria, cuyo núcleo se concentró en la plaza principal del municipio.
En ese año de 1720 acudieron cuarenta comerciantes provenientes en su mayor parte de Madrid, Toledo y Segovia, aunque también se encontraba alguno de la apartada región valenciana.
El documento o expediente está firmado por el licenciado Félix Sanz del Negro, abogado de los Reales Consejos y juez y administrador de alcabalas y propios de la villa de Valdemoro y refrendado por el escribano Francisco Rodríguez. Consta de ocho páginas y en ellas aparecen relacionados los claros de la feria, el propio auto, el padrón fiscal de los distintos mercaderes y la cantidad que debían abonar.
Con la rúbrica de Simón de Andrade y Rojas, depositario de los fondos de propios y alcabalas, junto a las del escribano y el administrador de dichos propios, daban por concluido el trámite administrativo.
El administrador de alcabalas recaudó por este concepto 1.115 reales de vellón destinados a la Real Hacienda.
Fuentes: CAYETANO MARTÍN, María del Carmen: "Introducción a las series documentales de los Archivos Municipales castellanos (s. XII-XVIII), en CAYETANO MARTÍN, María del Carmen y otros: Los archivos de la administración local, Toledo, 1994, pp. 14-92.
valdemoro.es > Archivo Municipal de Valdemoro - Documentos Singulares
La festividad del Cristo de la Salud no está asociada a una fecha concreta; se celebra el primer domingo después del 3 de mayo, cuando se conmemora la Santa Cruz.
Grabado a buril sobre cobre - Lorenzo Martín Menor, 1763
Antiguos cronistas remontaron su origen al siglo XV, pero su patronazgo sobre Valdemoro se remonta a 1650, año en el que la Cofradía de la Vera Cruz solicitó al cardenal arzobispo de Toledo el permiso para la celebración de una fiesta anual en su honor, autorización que le fue concedida, creando así una tradición que continúa.
Por
tanto, se puede decir que la hermandad de la Vera Cruz fue la precursora de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Salud, la cual canaliza hasta la actualidad la devoción de la población de Valdemoro por su patrón.
Procesión del Santísimo Cristo de la Salud,
saliendo del convento de las monjas Clarisas, año 1915
El año 1721 fue el de su fundación, fecha en que se aprobaron las ordenanzas de la actual cofradía con el propósito de honrar la imagen del Santo Cristo el primer domingo de mayo después de la Cruz y asistir en enfermedades, entierros y todo tipo de necesidades a sus cofrades. La cofradía estaría compuesta por doce sacerdotes y un número indeterminado de seglares, que se iría incrementando a través del tiempo.
Ermita del Santísimo Cristo de la Salud, sobre 1900
Se desconoce el momento de la erección ni origen de la Ermita del Santísimo Cristo de la Salud. Se sabe de su denominación inicial, Ermita del Cristo de la Sangre, del Santo de la Sangre, de la Veracruz. Su origen sería un humilladero que, según testimonios históricos, obtuvo indulgencias del Cardenal Mendoza en el siglo XV y diversos historiadores de la villa fechan su nacimiento en este momento y le asignan como la primera iglesia de Valdemoro. Seguramente a finales de este siglo o comienzos del XVI se construiría el primer santuario. A finales del siglo XVI, en 1575, recibe un legado para su "engrandecimiento" y en 1614 una herencia para su reparación, ambas realizadas por la familia Correa. La capilla actual es una construcción sufragada por la Cofradía de la Veracruz, tras la aprobación de sus ordenanzas en 1650 por el arzobispo de Toledo.
Ermita del Cristo de la Salud, antes Cristo de la Sangre, 1942
El retablo barroco-neoclásico que preside la capilla mayor, conservado con camarín y estructura de columnas salomónicas y estípites, fue restaurado recientemente por la cofradía Cristo de la Salud y alberga la imagen del Santo, reconstruida en 1939 tras su desaparición en la Guerra Civil.
Fiesta del Santísimo Cristo de la Salud
Poco a poco se fueron añadiendo elementos profanos a los actos religiosos que habían protagonizado la festividad en sus comienzos. Al final, estas celebraciones se convirtieron en las primeras fiestas patronales que se celebrarían en la Villa de Valdemoro. Más de 350 años de tradición abalan el arraigo que Valdemoro siente hacia su patrón. Junto a la procesión de la imagen que recorría las calles principales entre la Ermita y la Parroquia, sermones y misereres, iban apareciendo otros componentes paganos para engrandecer y popularizar la fiesta.
De igual forma que en las cofradías del Rosario, San José y Sacramental, fueron los juegos de cañas y de toros los primeros en formar parte de las diversiones.
En la segunda mitad del siglo XVIII serían incorporados los bailes de todo tipo, que contribuyeron a dar colorido a los actos organizados y que mermaban el presupuesto, pues por ejemplo, solamente el alquiler de los trajes para los danzantes ocasionaba un gasto de 20 reales en 1760.
Procesión por la plaza de la Constitución, 1954
A finales del siglo XIX con la instalación de la luz eléctrica en Valdemoro, en 1898, la procesión y las actividades programadas adquirirían una mayor brillantez, pues todo el recorrido fue iluminado por lámparas incandescentes.
En procesión, saliendo de la ermita, años 60
Pólvora, luminarias, enramadas y la intención de los vecinos de que su pueblo luciera radiante mediante el encalado de casas y arreglo de calles, contribuyó en buena medida a que estos festejos valdemoreños se reconocieran más allá de la comarca a través del tiempo.
Este año 2021, el Ayuntamiento de Valdemoro, siguiendo la recomendación emitida el pasado 27 de enero por la Mesa de Trabajo Covid de la localidad, ha decidido suspender por segundo año consecutivo las fiestas de mayo en honor al Santísimo Cristo de la Salud, debido a la situación sanitaria provocada por el Covid-19, en busca de “proteger la salud de la población” ante el previsible incremento del contacto social que podría producirse.
Los oficios religiosos se podrán celebrar en el interior del templo, cumpliendo las medidas anticovid, pero las cofradías de Valdemoro, en acuerdo con orden de la Diócesis de Getafe y el ayuntamiento, decidieron la suspensión de las procesiones.
Si la suspensión en el año 2020, de todos los actos, fue triste y doloroso, este año existe el añadido de que se trata de una fecha especial, principalmente para la Cofradía del Santísimo Cristo de la Salud, ya que cumple 300 años. Valdemoro no podrá celebrar, como merecería la ocasión, tal acontecimiento histórico.
A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, Valdemoro, con unos 3000 habitantes, gozaba de una animada vida cultural. En verano, la población aumentaba notablemente gracias a la llegada de una colonia veraniega anual que estaba compuesta por miembros de la burguesía y la aristocracia madrileñas. El 11 de noviembre de 1914, el periódico La Región publicaba un artículo en el que decía:
«Valdemoro, por su proximidad a la capital de España, por los Colegios de la Guardia Civil… porque fue y es albergador de hombres ilustres, por el nombre y los títulos de sus primeros contribuyentes, tanto en lo territorial como en lo urbano, por las personalidades que le visitan constantemente, no es un poblacho. Es un pueblo muy importante, digno de cabeza de más relieve, de más ilustración y mayor posición social.»
Entre 1875 y 1925 coincidieron en Valdemoro un notable grupo de personajes, de todos ellos los que mayor impronta debieron dejar en los círculos culturales del municipio, tanto por su dilatada permanencia, como por sus relaciones sociales fueron los Larra.
Dos de sus descendientes, Jesús Miranda de Larra y Onís y Paloma Barrios Gullón, pusieron a disposición de investigadores y estudiosos en general una selección documental de sus archivos personales a través de la red y gracias a la consulta de este fondo y al conservado en la Biblioteca Nacional se pudo conocer el estrecho vínculo de los Larra con Valdemoro. A partir de ese momento una profunda labor de investigación en la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional, en el Archivo Municipal, en el Registro de la Propiedad y en el Archivo Histórico de Protocolos de Madrid llevó a recopilar numerosa información.
Los Larra en un estudio fotográfico - finales del siglo XIX
De izquierda a derecha: Luis Mariano de Larra, Luis de Larra, el fotógrafo y Mariano de Larra.
El vínculo de los descendientes de Fígaro con Valdemoro se remonta a 1865 cuando su primogénito, Luis Mariano, aparece en la documentación municipal como propietario de una casa en la calle de la Salud, circunstancia que le llevó a dirigirse al Ayuntamiento para solicitar la construcción de una acometida de alcantarillado al colector general.
"Se dio cuenta de una exposición hecha con fecha primero de junio pasado presentada por D. Luis Mariano de Larra, vecino de Madrid, dueño de la casa calle de la Salud número primero para que se le permita hacer una alcantarilla para dar salida a las aguas tanto llovidas como de riego para introducirlas en la general de la calle Grande y el Ayuntamient acordó concederle el permiso en las condiciones de ser de su cuenta la construcción, teniendo tres cuartas de alto y media vara de ancho, dejando libre la calle...”. (ARCHIVO MUNICIPAL DE VALDEMORO).
Poco después, a fin de mejorar la disposición de la finca volvió a dirigirse al Consistorio para que le vendiera una parcela de terreno sobrante y alinear la propiedad. Son varios los documentos de estas características que entre 1865 y 1867 muestran una presencia en el pueblo de manera más o menos continuada.
Luis Mariano de Larra en su despacho
Luis Mariano de Larra y Wetoret escribía así en una carta a un amigo, cuando decidió venir a vivir a Valdemoro:
«Hastiado de la corte política y literaria de España hace mucho tiempo, decidí levantar mi casa y venir a sentar mis reales y a emplearlos en este rincón pacífico que no envidia por la paz y el silencio a los profundos desiertos del África. Con todo el capital que en 17 años de trabajo incesante logré reunir, lo he empleado en la para mí deliciosa posesión que he construido y la única renta que me proporciona es la tranquilidad con que vivo, la libertad con que trabajo, la quietud egoísta en que vegeto y la salud y alegría de mis hijos.»
A partir de entonces los Larra se convirtieron en visitantes asiduos y, con el devenir del tiempo, llegarían a pasar largas temporadas y estrecharían el contacto con la cultura local, como lo demuestra la donación de un buen número de obras a la Biblioteca Popular, dirigida por Matías Bravo de la Zarza, entre 1870 y 1873.
Pero pronto la familia se trasladó a otro lugar alejado del centro, casi a las afueras del caserío, quizá porque en 1876 los suegros de Luis Mariano, Rafael Ossorio Martinengo y María Romero Ortiz, decidieron adquirir una finca en la calle de las Monjas con el importe de una herencia recibida por la esposa. La vivienda, situada en uno de los lugares más atractivos del casco urbano, entre la iglesia parroquial y el convento de franciscanas fundado por el duque de Lerma, estaba “compuesta de planta baja y principal, distribuida en varias habitaciones con pozo, cueva, patio, leñera y otras dependencias, ocupando una superficie de once mil trescientos veinte pies superficiales”. Fue valorada en 45.000 reales, según aparece especificado en el Registro de la Propiedad de Valdemoro. El inmueble, que con el tiempo llegaría a tener el sobrenombre de “la casa Larra”, se convirtió en un referente familiar para la familia Larra-Ossorio.
A principios de siglo Luis Mariano compró la vivienda colindante, seguramente para acoger con más comodidad a los nuevos miembros que se iban incorporando, vástagos de sus hijos María y Luis, o para recibir a sus innumerables visitantes, no sólo los que también pasaban el verano en la villa, sino los que llegaban esporádicamente desde Madrid.
Probablemente, uno de los que con mayor frecuencia asistiera a la residencia de la calle de las Monjas fuera el compositor Manuel Fernández Caballero, colaborador de Luis Mariano en algunas de sus obras "José María" (1851) y "El atrevido en la corte" (1872), pero sobre todo su hijo, Manuel Fernández de la Puente, coautor de muchos de los libretos de Luis, también autor teatral y cuyos lazos de amistad llegaron a ser tan grandes que De la Puente fue el padrino de su nieta Felisa. Otro incondicional, Luis Cortés Suaña, taquígrafo y director del Diario de Sesiones del Senado, además de adaptador de obras de la dramaturgia francesa, debió acudir también asiduamente y tal vez participara con frecuencia en sus veladas teatrales y literarias; las relaciones entre ambas familias llegaron a ser tan fuertes que acabaron en parentesco, cuando su hijo Ricardo se convirtió en el segundo esposo de María, la única hija de Luis Mariano.
En 1918, años después de la muerte de Luis Mariano, Cristina, su viuda, decidió vender la mitad de la casa, justo aquélla que heredara de su madre, María Romero, para conservar la parte que adquiriera con Larra a principios de siglo. La segunda generación de descendientes de Fígaro, siguió frecuentando el municipio, que era elegido como lugar preferido de descanso por sus hijos Mariano y Luis; al primero le sorprendió la muerte en Valdemoro en 1926. Pero el lazo se mantuvo más allá de nuestro ámbito cronológico y, pese a que la familia debió vender la antigua residencia de veraneo quizá con motivo de los desastres de la Guerra Civil, los nietos, bisnietos y tataranietos de Luis Mariano y Cristina no quisieron perder el contacto con la localidad. Precisamente, el hijo de Luis, Carlos de Larra Gullón, afamado crítico taurino bajo el seudónimo de Curro Meloja, se casó con una valdemoreña y fue nombrado hijo adoptivo de Valdemoro, según acuerdo plenario del 30 de abril de 1955.
Luis Mariano de Larra y Wetoret
Hijo de Mariano José de Larra y Sánchez de Castro y su esposa, Josefina Wetoret Martínez, nació en Madrid el 17 de diciembre de 1830 y fue bautizado en la iglesia de San Sebastián de la calle Atocha el día 26. Fue un niño inteligente que vivió con el padre y los abuelos paternos más que con la madre. Larra no le vio cumplir los 7 años. Asistió al Real Colegio de Escuelas Pías de San Antonio Abad, como en su día lo hizo el padre, y fue un autor dramático y de libretos de zarzuela renombrado, muestra de ello su obra más conocida, "El barberillo de Lavapiés".
Luis Mariano de Larra y su mujer Cristina Ossorio - 1856
En 1856 se casó con la actriz Cristina Ossorio Romero, hija y hermana de actores. Su boda fue objeto de interés para las crónicas sociales. Los hermanos Ossorio, Fernando y Manuel, fueron acreditados intérpretes del mundo escénico. El primero también publicó algunas obras, entre ellas la compuesta con Ricardo Puente y Brañas titulada Entre Pinto y Valdemoro o La doble vista (1860), estrenada en el teatro de la Zarzuela de Madrid. Del matrimonio Larra-Ossorio nacieron tres hijos: Mariano (1858), María (1859) y Luis (1863).
Manuscrito de Luis Mariano de Larra
Antes de su matrimonio, Luis Mariano ya había empezado a trabajar con la pluma como oficial de La Gaceta de Madrid (1847) y en 1856 ocupaba el cargo de redactor jefe. Colaboró en los periódicos Las Novedades, La Iberia, La Patria, La Época, El Teatro, El Semanario Pintoresco, La Ilustración Española y Americana y otros muchos. Pero el reconocimiento le llegó a través de las más de un centenar de obras dramáticas escritas desde muy temprana edad (en 1851, con tan sólo veinte años, puso en escena en el teatro del Circo de Madrid, "Un embuste y una boda", ópera bufa en dos actos), muchas de ellas libretos de zarzuelas editadas con la participación de compositores de la talla de Barbieri, Gaztambide, Fernández Caballero y Arriola y programadas en las mejores salas de España con gran éxito de público y crítica. Sería muy prolijo para estas líneas relacionar las innumerables publicaciones que llevaron su firma, pero no se puede dejar de recordar las más conocidas, desde las obras más juveniles como La Virgen de Murillo (1854) o La oración de la tarde (1858), hasta las escritas en plena madurez, como las zarzuelas El barberillo de Lavapiés (1874), Chorizos y Polacos (1876) o Las campanas de Carrión (1888), pasando por las novelas publicadas en la última etapa de su vida: La última sonrisa (1891) o Si yo fuera rico (1896).
Su trayectoria también recibió una recompensa institucional; el 14 de diciembre de 1872 le fue otorgada la Gran Cruz de la Real Orden de Isabel la Católica. Pero la prensa se hizo eco en el momento de su muerte del olvido en que había sucumbido: “Madrid pierde con D. Luis Mariano de Larra uno de sus hijos más populares en la escena dramática durante la segunda mitad del pasado siglo XIX, a cuya generación de hombres ilustres tan mal está tratando en sus principios el siglo XX” (22 de febrero de 1901, El Liberal) . Luis Mariano murió de una angina de pecho en su casa de la calle Atocha, 122 de Madrid, el 20 de febrero de 1901.
Luis de Larra y Ossorio
El tercer hijo de Luis Mariano y Cristina nació en Madrid el 31 de mayo de 1863 y después de obtener el grado de bachiller y aprobar varios cursos de Medicina decidió dedicarse a la literatura, siguiendo la estela familiar. Sin embargo, quizá para asegurarse un futuro económico que la afición literaria presumía incierto, comenzó a trabajar en el ministerio de Hacienda donde desempeñó diferentes
puestos de responsabilidad que le llevaron a viajar por varias capitales europeas en comisión de servicios (1886) y a la isla de Cuba (1897); allí le sorprendió el desastre del 98 y debió ingresar en el cuarto batallón de voluntarios de La Habana.
A su regreso a España se dedicó por completo al mundo teatral, en 1900 ocupaba el cargo de director artístico del teatro Cómico de Madrid y al año siguiente era nombrado vocal de la Junta directiva de la Asociación de Actores, Compositores y Propietarios. Escribió casi un centenar de obras, desde que triunfara en el teatro Eslava con uno de sus primeros títulos, Salirse con la suya (1882), hasta pocos días antes de su muerte en 1914 cuando se puso en escena La catedral , escrita conjuntamente con su inseparable amigo Manuel Fernández de la Puente, como tantas otras que firmaron entre los dos. De Herodes a Pilatos o El rigor de las desdichas, Los dineros del sacristán, El fantasma de fuego, Hace falta un caballero… fueron aplaudidas por un público entregado cada vez que se ponían en escena, a tenor de los columnistas de los diarios más prestigiosos.
Luis de Larra y Osorio con su familia, nieto de Mariano José
Se casó con Felisa Gullón Fernández de Terán y tuvieron tres hijos, Carlos, conocido con el seudónimo de Curro Meloja, que continuó la tradición familiar y fue un reconocido periodista y crítico taurino y Pilar y Cristina, aficionadas a la farándula, como buenas herederas de los Ossorio y los Larra, participantes asiduas en las veladas teatrales y literarias organizadas en el municipio.
Luis de Larra y Osorio
con el maestro Manuel Fernández Caballero
Ese tipo de vida no fue obstáculo para que los intermedios entre una gira y otra y los momentos de descanso los quisiera disfrutar con sus parientes y amigos en la posesión familiar de Valdemoro. Aquí eligió retirarse una temporada para recuperarse de la enfermedad que le tenía postrado desde hacía tiempo, la tuberculosis, que le había obligado a distanciarse paulatinamente de la vida literaria. Ante la gravedad de su dolencia y desahuciado por los médicos pensó que quizá la vida tranquila y los aires sanos campestres podrían devolver a su cuerpo las fuerzas perdidas, y así, con el fin de conseguir tan ansiado objetivo, se trasladó a la casa de Valdemoro. Pero por desgracia no encontró mejoría y volvió a la capital para intentar recuperarse. Murió en Madrid el 19 de mayo de 1914 y la noticia de su fallecimiento causó tan hondo pesar en los medios periodísticos y literarios que ocupó varias columnas en los principales diarios del país.
Mariano de Larra y Ossorio
Nació en Madrid el 15 de agosto de 1858 y su infancia transcurrió entre literatura, artistas eminentes y todo cuanto con el teatro se relacionaba. Después de cursar el bachillerato en las Escuelas Pías de San Antón estudió tres cursos de Arquitectura, fue alumno de la Academia de Caballería, pero abandonó la carrera militar para ingresar en la redacción de La Época. Siguiendo la tradición literaria familiar estrenó en Madrid varias obras teatrales, algunas de ellas representadas por él mismo. Más tarde, se lanzó de lleno a la profesión de actor, debutando en el teatro de la Comedia el 25 de septiembre de 1883. A partir de entonces empezó su verdadera carrera profesional, figurando en las principales compañías y actuando como primera figura y director en los teatros de Recoletos, Maravillas y Príncipe Alfonso. Después de recorrer las ciudades españolas más importantes, entre abril y septiembre de 1893 cruzó el océano con una gira que le llevaría a actuar en las salas más afamadas de Montevideo, Buenos Aires y Rosario de Santa Fe.
Fotografía de Mariano de Larra caracterizado como actor - Museo Nacional
Volvió a España en donde permaneció cosechando éxitos hasta 1902, fecha en la que retornó a América. Cuando sus compañeros dejaron La Habana (1903) él permaneció en la capital caribeña donde recibió el encargo de reorganizar y dirigir el prestigioso teatro Albisú. Allí llegó a ser considerado el mejor director y el actor más querido y popular de cuantos habían pisado el suelo cubano desde las épocas de José Valero y Ricardo Zamacois, hasta el punto de ser nombrado profesor de declamación del Conservatorio Nacional habanero (1903). Pero el clima tropical hizo estragos en una persona de salud delicada y debió regresar a la patria en 1904.
En la Biblioteca Nacional de Madrid se conserva un documento curioso, se trata de una autobiografía escrita por Mariano de Larra y Ossorio, primogénito de Luis Mariano y Cristina; en realidad más bien resulta ser una necrológica porque, según sus propias palabras:
“Ante la posibilidad de que al ocurrir mi fallecimiento los principales diarios de Madrid y quizá alguno de provincias deseen dedicar unas líneas a mi memoria, he recopilado los principales pormenores de mi vida pública formando esta especie de autobiografía, para que la prensa, utilice de ella, lo que crea digno de publicarse…”.
Con cierta sorna añadía: “De ilustre abolengo literario y artístico procedía el célebre actor recientemente fallecido cuyas dotes, premiadas con general aplauso durante cerca de cuarenta años, son desconocidas por la presente generación…”.
El testimonio, sin fecha, debió redactarlo muy poco antes de morir (1926), quizá sospechando su inminente fin. Su vida profesional agitada, constantemente viajando de un lado para otro, no le impidió que pasara temporadas de descanso en su residencia familiar de Valdemoro, donde murió, según dejó escrito el reportero de ABC: “En su casa de Valdemoro, donde, hace algún tiempo vivía, retirado de la escena, ha fallecido, víctima de cruel dolencia, el notabilísimo actor D. Mariano de Larra y Ossorio, cuyas dotes artísticas, premiadas con general aplauso durante cerca de cuarenta años, son desconocidas por la presente generación” (9 de octubre de 1926).
"Escribir es llorar, es buscar voz sin encontrarla…” Mariano José de Larra
Fuente principal:
Los Larra y su tiempo - Ayuntamiento de Valdemoro (2010)
Textos y documentación: María Jesús López Portero Archivo Municipal Registro de la Propiedad de Valdemoro Paloma Barrios Gullón, tataranieta de Luis Mariano de Larra Biblioteca Nacional Museo Nacional del Teatro Universidad de Valencia
Música: Ruperto Chapí: Preludio de "Música clásica" (1880)
El convento de Franciscanas de Santa Clara de Valdemoro se encuentra situado en el límite sudeste del casco urbano, en la plaza de las Monjas, uno de los puntos de confluencia viaria de mayor trascendencia al coincidir en él la calle de ronda, Luis Planelles, y el importante eje del antiguo Camino Real por la calle Duquesas. Dicha ubicación atrajo un grupo de grandes casonas nobiliarias y de labor que ofrecieron sus fachadas al realce del conjunto urbano, todavía hoy sugestivo.
En la parte superior del terreno, en declive hacia mediodía, se sitúa el edificio, muy cercano al casco urbano; la iglesia se abre a la villa y el convento se adosa a su paño meridional, con dos niveles cerca del templo y tres en la zona más alejada, con la ladera sostenida mediante dos gruesos muros de contención de sillería. Se accede al templo directamente desde la vía urbana y al convento a través de un pequeño patio separado de la plaza de las Monjas por una construcción de dos plantas que conforma un angosto atrio con el crucero, hoy vallado en la portada principal del templo.
Sección, 1989. Arq. José M. González. Archivo de la Consejería de Educación.
Alzado principal, 1989. Arq. José M. González. Archivo de la Consejería de Educación.
Originariamente el conjunto tenía una traza muy compacta que sucesivas ampliaciones han desdibujado. El convento primitivo se componía, básicamente, de la iglesia, el cuerpo principal alrededor del claustro con un nivel semisótano equivalente a la planta baja que no es vaciado en su parte norte debido al desnivel existente en la parcela; en él se situaron el refectorio, cocina, lavaderos, leñeras, cámara para los alimentos y bodega con 15 sibiles o nichos para cubas excavadas bajo el claustro y sin revestir -después de la Guerra Civil sólo quedaban 11- así como dos escaleras: la principal, de tres tramos, y otra menor de servicio. Dos puertas permitían la comunicación con la huerta.
A nivel de calle, que sería la planta primera y principal, encontramos una forma prácticamente cuadrada con el claustro en posición central y la iglesia al norte, colindante con el caserío, hecho que permite su uso por los fieles de Valdemoro. El templo se adapta al conjunto del convento mediante unos pequeños ajustes entre el crucero y el claustro con la introducción del comulgatorio y confesionario de las monjas, pero la figura perfectamente regular se rompe al ser un poco mayor la longitud de la iglesia que el ancho de la crujía occidental, lo que provoca un pequeño quiebro en esa fachada. La escalera principal tiene una salida al claustro bajo en uno de sus dos ejes de simetría. En esta planta se sitúan la puerta reglar con el torno y locutorios a los pies de la iglesia, así como la sala capitular, enfermería, sacristía y otras dependencias. Desde dicha puerta reglar se accede a los tornos y locutorios y después a la iglesia en un trayecto de directriz quebrada típico de la arquitectura hispanomusulmana, comunicado a su vez con el paseo del Párroco Don Lorenzo. Desde el convento no existe comunicación directa con el piso de la iglesia. En el siguiente nivel se encuentra el coro sobre los locutorios y torno, frente al altar mayor, más las celdas de la comunidad, distribuidas alrededor del claustro alto. En la planta bajo cubierta se encuentra una cámara o desván.
Planta baja, 1989. Arq. José M. González. Archivo de la Consejería de Educación.
Planta primera, 1989. Arq. José M. González. Archivo de la Consejería de Educación.
Los componentes principales del complejo conventual son la iglesia y el claustro. La primera tiene planta de cruz latina con una sola nave y crucero en cuyo punto de encuentro se sitúa una cúpula fajeada de media naranja sobre pechinas, buen ejemplar de la carpintería de armar del siglo XVII. La nave se divide en tres tramos con bóveda de cañón y lunetos -con un solo hueco exterior en la nave, otro en el coro y uno más en el crucero-; sencillas pilastras toscanas sostienen un arquitrabe -solución, al parecer, muy usada por Francisco de Mora- que marca el arranque de la bóveda y sirve de apoyo al hueco enrejado del coro. Además de vanos retablos modernos sustituidos tras la Guerra Civil, destaca el del altar mayor, dorado y ensamblado -de estilo barroco-, que se compone de dos cuerpos más ático apoyados en el basamento de mármol y una calle, que aloja un gran lienzo de la Encarnación y otro menor de El Calvario en el ático del retablo, rematado por dos entretalles con sendas hornacinas de venera. El coro antiguo, sin uso actual, se quiere reutilizar como museo.
El claustro es cuadrado, de dos plantas y tiene cinco huecos con arcos de medio punto en cada panda y nivel, el piso alto, de menor altura, se cierra con un antepecho. Se realiza de ladrillo visto con machones de pie y medio, sencillas basas, zapatas y arco formado con piezas de medio pie a sardinel más una hilada superior, la imposta y la cornisa se hacen asimismo a sardinel, como la albardilla del antepecho. Todas las pandas se encuentran decoradas con un importante conjunto pictórico referido a la Pasión de Cristo y al santoral franciscano.
Vista interior de la iglesia hacia el altar mayor.
La simplicidad espacial se traslada al exterior directamente, cuyo volumen más característico es el de la iglesia, especialmente desde la calle del Párroco Don Lorenzo, mientras que visto el conjunto desde el valle meridional se subraya el propio convento, que en esta orientación -como ya se ha señalado- tiene tres plantas frente a las dos de la fachada contraria. El edificio se cierra con aparejo toledano, es decir, cajas de mampuesto encerradas entre rafas de ladrillo con esquinales y recercados de huecos de este material. En la iglesia destaca la portada de piedra de Colmenar, obra representativa del barroco madrileño del siglo XVII y similar a las existentes en los Monasterios de Carmelitas de Yepes (Toledo), Medina de Rioseco (Valladolid) y Lerma (Burgos), edificios donde trabajó el carmelita Fray Alberto de la Madre de Dios. Se formaliza con un gran hueco adintelado con moldura de orejas superpuesta a un orden apilastrado posterior con arquitrabe, friso y cornisa. Un frontispicio remata dicho conjunto -como señalaba el pliego de condiciones de la obra del año 1613- que alberga un nicho y estatua de Santa Clara rodeado de pilastras toscanas que sostienen un frontón curvo, acompañadas lateralmente por dos plintos con bolas en relieve y sendas volutas para unir ambos elementos. Dos escudos -uno perteneciente a la Casa de Lerma- escoltan dicho remate superior. El tratamiento de los alzados está cercano al convento de San José de Ávila, de Francisco de Mora, y al monasterio de la Encarnación de Madrid, de Juan Gómez de Mora y Fray Alberto de la Madre de Dios. Otras dos puertas menores, una a cada lado, se construyen del mismo material -piedra blanca- que el resto, compuestas simplemente de dos jambas y dintel superior con arco de descarga de ladrillo a sardinel; la occidental, cegada, se abre a la iglesia, mientras que la oriental, en uso, sirve al pasillo de acceso a la misma desde la puerta reglar .
La cabecera en la actualidad muestra el juego de volúmenes interior de la capilla mayor, los brazos del crucero y la cúpula, así como las habitaciones laterales -que albergan unas escaleras-, en fotos de principios de siglo se puede ver como la esquina nordeste crece en una planta para enrasarse prácticamente con la cornisa del templo, situación que acepta Fernández-Urosa, arquitecto restaurador del conjunto después de la Guerra Civil, pero mejora con una cubierta común a dicho elemento y capilla mayor. A los pies encontramos una sencilla espadaña encalada de dos cuerpos con un hueco de campanas de medio punto. El pequeño y alargado espacio que conforma la fachada de la iglesia, la nave del crucero y el cuerpo revestido de yeso añadido posteriormente fue cerrado con una verja de obra de fábrica y cerrajería que desmerece dentro del conjunto.
Vista interior de la iglesia hacia los píes.
El cuerpo del convento, hoy con diversos añadidos, se realiza con el mismo aparejo toledano que la iglesia, con huecos abiertos -con arcos adintelados de ladrillo a sardinel- en los machones de obra de fábrica que se suceden verticalmente. En el lado occidental se le añadió antes de mediados del siglo XIX dos alas perpendiculares: una algo retranqueada en fachada y otra que unía con el bloque principal un cuerpo de características constructivas y formales similares, pero de menor altura. En la fachada oriental, en cambio, se construyen otros dos cuerpos encalados y formalmente conectados con la arquitectura popular, paralelos a la calle del Párroco Don Lorenzo y que conforman un patio de acceso al convento; se les adosa un pequeño cuerpo en L con el ala más antiguo, abierto a dicha calle y a la plaza de las Monjas -anterior a 1851—- El otro cuerpo, que es el meridional, integra varias aulas con grandes huecos y, según sus características formales, debió erigirse en los años 40 del siglo pasado, o bien constituye una de las partes de la reconstrucción de esta fecha. Otro elemento perpendicular a éste, con fachada a la calle del Duque de Lerma, ha desaparecido.
Estructuralmente el edificio está organizado mediante dos tipos de muros de carga: los de tapial o mampuesto concertado y rafas de ladrillo, para el cerramiento exterior -al modo del aparejo toledano -, y los de fábrica de ladrillo, en el claustro, todos ellos sobre cimientos de piedra y yeso y zócalo de cantería de piedra blanca bien labrada. Los forjados de planta baja se realizan sobre bóvedas de cañón y los restantes de viguetería de madera y bovedillas de yeso y lanchas con pavimentos de ladrillo, a excepción de las habitaciones secundarias con tendidos de yeso. La escalera principal también se hace sobre bóveda de cañón y el peldañeado es de madera. La cubierta se realiza a dos aguas con armaduras de par e hilera y entablado que sostiene la teja curva árabe; sobre la cúpula del crucero de la iglesia se organizan cuatro aguas con una excelente armadura de carpintería de armar -dibujada por Cervera Vera-.
Las tres fachadas sur, este y oeste, propiamente las de la zona claustral, con tres plantas, tienen una composición autónoma respecto al alzado principal, el de la iglesia. Los huecos se ordenan en dos niveles: el inferior, en planta baja, sobre un zócalo que va perdiendo altura según ascendemos por la ladera, que se separa del superior por una imposta, cuyos huecos, pertenecientes a la planta de acceso y primera, presentan curiosos ventanucos intercalados entre ellos. La fachada principal, la septentrional, tiene un eje en la única portada y consigue movimiento dentro de su austero desarrollo gracias al brazo del crucero sobresaliente y el juego de volúmenes de las cubiertas. La unión entre este alzado tan abstracto y sobrio con los más pragmáticos y variados del resto del convento se realiza mediante la homogeneidad de los materiales, tratamiento de los paramentos y volumetría general.
Noticias de la fundación del convento
Archivo del Monasterio de la Encarnación de Valdemoro
El esquema del monasterio es el clásico de esta tipología edificatoria a primeros del siglo XVII: iglesia de cruz latina en dirección este oeste con acceso por el norte a la calle, claustro de tres crujías al sur prácticamente encajado en la fábrica de la iglesia, que constituye uno de los elementos más interesantes por su concepción y formalización de ladrillo.
En un primer momento, en 1609, se estableció el grupo fundador proveniente de las Descalza Reales de Madrid en el hospital de San Andrés de la villa, situado en la calle Grande y propiedad de la cofradía de San Sebastián, hasta la conclusión del convento en 1616 bajo el patrocinio del duque de Lerma, valido de Felipe III y hombre poderoso de la monarquía española en este momento. Precisamente el rey y la reina, Margarita de Austria, asistieron al traslado de las religiosas y las honraron con diversas dádivas. En un primer momento la comunidad se componía de ocho monjas, cuatro de ellas nobles -tres familiares del duque -.
El duque compró los terrenos para la erección del convento en las afueras de Valdemoro en el entorno de la fuente de la Villa. Para financiar la construcción negoció con la villa de Valdemoro una serie de beneficios a cambio de la exención de varios servicios, como el de carros de guía de la corte; asimismo Paulo V le permitió enajenar los bienes de la Cofradía de San Andrés a favor de la construcción.
El tratamiento de las fachadas, similares a las del convento de la Encarnación de Madrid y de las trazas de la Zarzuela y otras casas madrileñas, han hecho atribuir la autoría de las del convento de Valdemoro a Juan Gómez de Mora, al que se requirió como experto para el desarrollo de la obra, aunque es posible que continuara las realizadas por su tío Francisco de Mora -fallecido en 1610, un año después que definiera los corredores de la nueva plaza pública-, como sucedió en el resto de obras del arquitecto fallecido. La redacción de las condiciones del contrato y ejecución de la misma se realizaron por Pedro de Lizargárate, aparejador, y Fray Alberto de la Madre de Dios, técnico e incluso tracista de algunas obras del círculo del duque de Lerma. El constructor Fernández Hurtado, que no puso los materiales, firmó el contrato en 1613 y en 1616, prácticamente acabada, instaló las vidrieras de las ventanas de la iglesia, la cerrajería y las esteras de pavimentos.
Antigua vista desde el camino de lllescas. Memoria de Valdemoro I. Fotografías.
El propio duque de Lerma organizó la provisión de los materiales de construcción, entre los que reseñamos 15.000 carros de piedra de mampostería con 40 arrobas cada uno, 400.000 ladrillos, 64.000 tejas y 18.000 fanegas de cal. Procedía de canteras de Pinto la piedra blanca en sillares bien labrados, solados de ladrillo de Valdemoro y madera de Cuenca para carpintería. Encargó el duque al escultor Antonio Riera los dos escudos laterales de la portada de la iglesia, terminados en 1615, y quiso traer el agua a una fuente en la huerta desde la "fuente vieja", situada en el camino de Illescas -fuente de la Villa-, para lo que se requirieron 4.000 caños de cerámica, además de los necesarios de plomo y llaves de bronce; los trabajos duraron tres años, de 1616 a 1617, y fueron realizados por el fontanero que el duque contrató para su casa y huerta de la Carrera de San Jerónimo, Felipe González. Se localizó también en la huerta del convento un estanque y se cercó con tapia, ambas obras realizadas por Fernández Hurtado y terminadas en el año 1618.
Los Reyes inauguraron el convento y se procedió a entoldar y engalanar las calles para trasladar a las monjas en procesión. A mediados del siglo XVIII tenía 19 religiosas y una novicia.
La comunidad contaba con magníficas propiedades, entre las que se incluían casas, molino de aceite, tierras, eriales y viñas. Su patrimonio se vio mermado tras las desamortizaciones, aunque el convento se mantuvo en funcionamiento.
En 1809 los dos conventos de la villa, el de carmelitas calzados y el de franciscas descalzas, son suprimidos por orden real, pero no se hace efectivo en la comunidad religiosa que estamos tratando.
Valdemoro. Litografía de Pie de Leopold, dibujo de J. Mieg, 1851. Reales Sitios.
Desconocemos en qué fecha se amplía el núcleo de la edificación, pero a mediados del siglo XIX y en una vista meridional del convento de J. Mieg litografiada por Pic de Leopold, se puede divisar la huerta, con su muro y pequeñas edificaciones, así como el cuerpo del convento y los muros de contención laterales, tras los cuales se aprecian diversas construcciones adosadas que deformaron la imagen exterior del conjunto. El cambio más significativo es el patio de acceso desde la calle Duque de Lerma, cerrado por un cuerpo en L adosado al alzado este de la fábrica primitiva y desarrollado a escuadra al norte lindando con la plaza de las Monjas, otra edificación nueva al sur y una tapia con portalón de dos hojas protegido por un soportal. El primer cuerpo se dedicaba después de la Guerra Civil a vivienda de la demandera y huéspedes, en la planta baja, y alojamiento del capellán en la segunda, y la edificación meridional que cerraba el patio, también originariamente en L y de una planta a modo de galería sobre el denominado patio de vacas, se componía en este momento del siglo XX de diversas aulas abiertas al sur al patio de las vacas, en un nivel inferior y que daba servicio a los establos, gallineros, porquerizas y dependencias relacionadas con la actividad agropecuaria. Asimismo, en la nueva fachada a la calle Duque de Lerma se desarrollaba otra nave y en la fachada occidental del convento un grupo de habitaciones auxiliares. El tratamiento de estos nuevos edificios se intentaba adaptar a las pautas estéticas del original utilizando aparejo toledano y cubiertas de teja curva cerámica; las aulas se formalizan con muros revestidos de yeso, grandes ventanales y cubierta a dos aguas de teja cerámica curva, y el cuerpo de la plaza de las Monjas tiene una imagen similar, seguramente por ser los elementos más cercanos al casco urbano. Dicha ala norte que prolonga la fachada principal del templo es, sin duda, la construcción que ha proporcionado un mayor cambio de la imagen urbana del convento, pues si originariamente se abría al espacio creado por el ensanchamiento de la calle del Párroco Don Lorenzo para ofrecer la potente esquina nordeste de la iglesia y su espadaña a la villa, esta arista se oculta con dicha edificación añadida, que constituye la primera visión del conjunto retrasando definitivamente la fachada principal del convento a un segundo plano.
En la parte suroeste del conjunto se realizó el denominado patio del lavadero, que contaba con lavandería y fosa séptica en su plano inferior, mientras que en el superior había una enfermería asimismo abierta a otro patio septentrional, el de la ropa, con unos cobertizos; en un tercer nivel de dicho cuerpo se introdujeron varios roperos y los retretes, según la distribución de la centuria anterior, pero en 1851 los volúmenes principales ya estaban construidos
Sección longitudinal de la iglesia. Reconstrucción de L. Cervera Vera. Boletín de la Sociedad Española de Excursionistas
Desde 1900 establecieron las monjas Clarisas una escuela femenina gratuita con unas cien alumnas anuales hasta la Guerra Civil, atendidas en las aulas del patio de acceso nororiental.
Durante la Guerra Civil fue saqueado el convento y posteriormente sufrió la cercanía del frente y su habilitación como cuartel de las fuerzas nacionales hasta después de acabada la guerra, lo que supuso la destrucción de la mayor parte de sus solados por permitir la entrada de las caballerías, que llegaron a alojarse en el desván subiendo por la escalera principal, que quedó prácticamente derruida. Toda la madera fue utilizada por las tropas, por lo que desaparecieron gran parte de los forjados, armaduras de cubierta, carpinterías y solados. Además, el claustro central perdió parte de los tímpanos de fábrica entre las pilastras, se derruyó la galería del noviciado y su cubierta y la iglesia fue alcanzada por un proyectil en la cúpula. El estado del edificio, en general, era lamentable, razón por la que Dirección General de Regiones Devastadas encarga al arquitecto Luis Fernández-Urosa el proyecto de reconstrucción del mismo, presentado en 1940 y centrado principalmente en la parte escolar, que se tuvo prácticamente que reconstruir, aunque se intervino en todo el conjunto.
En este momento el edificio tenía casi 2.000m. divididos en sótano, plantas baja y principal y desván. La distribución era la siguiente: en los sótanos se instaló el Refectorio, cocina, claustro, lavadero y dependencias de servicio con almacén y acceso a las cuevas, patios y huerta con gallinero, establo, porqueriza, etc.; en planta baja, la iglesia, pabellón de clases, ropero de la escuela, Sala Capitular, enfermería y anexos. Sacristía, claustro, coro bajo y vivienda de la demandera y huéspedes, con el patio central a nivel de esta planta y otro de servicio; en la planta principal o primera se encontraba el noviciado con su capilla y galería, celdas de la comunidad, segunda altura de la Iglesia, antecoro y coro alto, claustro con diversas capillas y sala de labor, locales, vivienda del capellán, ropero general y retretes; en la cubierta, la Tribuna de Vistas y la cámara o desván con acceso al campanario. Los tres niveles se comunicaban mediante una escalera principal y varias secundarias.
La construcción que reseñó Fernández-Urosa, describiéndola como muy cuidada, es similar a la original del siglo XVII con algunos cambios mínimos: documentó fábrica de ladrillo con entramados de madera, seguramente en muros de partición; algunas escaleras menores se reconstruyeron a la catalana, así como varios solados, rehechos con mosaico, baldosa, entarimados y cemento continuo; asimismo, al exterior algunos revestimientos se sustituyeron por enfoscados de cemento.
En el año 2000 fue aprobada la reforma de la cubierta por la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid.
El Convento de las Clarisas está incluido dentro del Bien de Interés Cultural del conjunto de Valdemoro.
Música:
Concierto de Villancicos Clarisas Valdemoro - 27 de diciembre de 2016 (IV Centenario convento de las Clarisas de Valdemoro 1616-2016)
Documentación Archivo General de la Administración. Regiones Devastadas, sigs. 2.734 y 20.123. Proyecto de reconstrucción del edificio de la Iglesia, Colegio y Convento Rds. Madres Clarisas Religiosas Franciscanas de la Villa de Valdemoro, 1940. Arqto.: Luis Fernández-Urosa.
Bibliografía AYUNTAMIENTO DE VALDEMORO. Plan General de Ordenación Urbana. Memoria. Valdemoro: Ayuntamiento de Valdemoro, 1999, págs.30-35. - Valdemoro. Conózcalo paso a paso. Guía descriptiva. Madrid: B.P. EDITORES, 1991. AZCÁRATE, J. M. Inventario artístico de la provincia de Madrid. Valencia: Ministerio de Educación y Ciencia, Dirección General de Bellas Artes, 1970.
BAÍLLO, R. Valdemoro. Madrid: Rubiños, 1891. CERVERA VERA, L. "El Señorío de Valdemoro y el convento de Franciscanas fundado por el duque de Lerma", Boletín de la Sociedad Española de Excursionistas, 1954, págs. 27-89. FEO PARRONDO, F. Fincas rústicas desamortizadas en la Provincia de Madrid (inédito). Madrid: Consejería de Ordenación del Territorio, Medio Ambiente y Vivienda, 1984. MARÍN PÉREZ, A. Guía de Madrid y su provincia (tomo 2). Madrid: Escuela Tipográfica del Hospicio, 1888-89.
MUÑOZ JIMÉNEZ, J. M. Fray Alberto de la Madre de Dios, arquitecto (1575-1635) Santander: Ediciones Tantin, 1990.